• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Zona de confort o la “barbarie ritornata”

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La historia más reciente de Venezuela podría resumirse con una aguda y muy significativa expresión que se puede leer en la Scienza Nuova, la obra fundamental del gran filósofo italiano Giambattista Vico: la barbarie ritornata, lo que podría traducirse, en buen criollo, como “el retorno de la barbarie”. Resultado de los corsi e ricorsi –es decir, de los “cursos” y “re-cursos”– históricos, Vico sostenía que las etapas que caracterizan el curso “natural” de las naciones se repetían con la misma modalidad cada cierto tiempo y a cada cierta distancia la una de la otra. Todo ello no por mera casualidad, sino con base en un preciso diseño providencial, lo que hoy en día recibiría el nombre de objetividad. A fin de cuentas, los pueblos labran su propio destino.

Era por eso mismo que su antecesor florentino Nicolás Maquiavelo recomendaba estudiar el pasado, precisamente por el hecho de que, en la historia, los pueblos asisten y protagonizan circunstancias que re-cuerdan experiencias políticas, económicas, sociales y culturales del pasado, las cuales, y a pesar de que se produjeron en condiciones históricas distintas, resultan en extremo similares, y, en sustancia, idénticas, una vez que son comprendidas debidamente, siempre a la luz de los fundamentos conceptuales y hermenéuticos adecuados. El pasado se revela así como la gran enseñanza que permite comprender el presente. Pero, como decía Hegel, comprender algo, hasta la com-penetración, quiere decir superarlo. La barbarie no es tan solo una forma establecida por los pueblos de la antigüedad. La barbarie retorna, y se enclava en el espíritu de un pueblo con tal fuerza que corroe su ser entero. Y hasta sus más decididos adversarios terminan siendo infectados por fuerza de la práctica cotidiana, que termina por convertirse, finalmente, en costumbre y modo de vida. De nuevo –será necesario repetirlo–: comprender es superar.

Hasta hace poco tiempo, para todo estudioso serio y sin sospecha de la historia ni de la sociedad –lo cual necesariamente obliga a excluir el positivismo rabioso y, todavía más, a quienes lo asumen sin tan siquiera tener conciencia de serlo– un “proceso revolucionario”, o más simplemente, una revolución, significaba que una determinada formación social había entrado en un período de crisis orgánica, de insalvable tensión y confrontación entre una manera –un modo– de ser y de hacer que llegaba a su fin y una nueva, que apenas estaba naciendo. El llamado “modo de producción feudal”, por ejemplo, ya exhausto, dio lugar al surgimiento de nuevas fuerzas productivas en los más diversos ámbitos de la vida, así como también a nuevas –y concomitantes– formas sociales y políticas de relacionarse. Fuerzas y relaciones que, por cierto, ya habían nacido en las entrañas mismas de la moribunda formación social que le había precedido. Se trata de un estallido que, si bien conserva el pasado modo de vida, lo supera. Una semilla muere para que pueda crecer una planta. Esto fueron la Revolución Francesa o la Revolución Industrial. O las revoluciones de Independencia en América.

Pero después de estas grandes revoluciones, que llevaron, sin duda, progreso histórico a la humanidad, en Venezuela, como en otros países de Latinoamérica, surgieron las llamadas “revoluciones” posindependentistas, en realidad, vulgares montoneras, es decir, grupos armados o pelotones de “gente a caballo” que, cegados por el resentimiento y la sed de venganza, iban asesinando y destruyendo todo a su paso, y cuyo único objetivo consistía en tomar el poder con propósitos absolutamente personalistas, motivados por el ego, el poder y la riqueza. Montonera o barbarie ritornata, diría Vico. El período de las llamadas “revoluciones” decimonónicas venezolanas está lleno de diminutos tachones de Genghis Khan. Este ha sido el real propósito de esos caudillos, ruines y mediocres, a los que se les rinde tributo en la actualidad. Con ellos, el árbol ya no sustituyó a la semilla. El árbol fue convertido en leña para el gran festín. No crece la grama por donde pasa una montonera, tenga esta banderas azules o rojas. Confundir la idea de revolución, que han cambiado para bien la faz de la tierra, por estos tumultos violentos que terminan en regímenes despóticos, cuyos resultados más evidentes son la represión y la miseria, solo se le puede ocurrir al trasnocho positivista, o para quienes siguen repitiendo como loros, o sea, sin saber lo que dicen, que “el tiempo de Dios es perfecto”. 

No sin peligro, la sociedad venezolana ha vuelto –ri-tornato– a los tiempos de una “multitud” que, como dice Hegel, “ha perdido la virtud pública” y “yace tirada bajo la opresión”, víctima, por lo demás, de “una miseria que no puede osar disminuir”. Eso sí: con las correspondientes modificaciones de rigor, propias de la benefactora distancia que la tecnología va dejando a su paso. Acaso, ¿no han sustituido los innovadores instrumentos y procedimientos industriales del presente la “gente a caballo” por los “colectivos motorizados”, los sables y los mosquetes por las potentes “glock” o los fusiles de asalto AK-47? Y todavía: ¿de dónde proviene la llamada “guerra económica”, de los productores o de quienes han venido modificando de manera sustantiva pero, por ello mismo aterradora, el ser y la conciencia de la sociedad, en todos sus estratos? Hacer “funcionar” el ser social según sus reglas, con el claro objetivo de perpetuar el dominio sobre la multitud, mientras se amasan ingentes ganancias, a sangre y fuego, si es necesario. Entre tanto, se proyecta sobre “el enemigo” lo que se hace. La figura del “chivo expiatorio” adquiere dimensiones extraordinarias y da la impresión de que se lleva adelante una auténtica “gesta heroica”.

Pero, como dice Heidegger, “la cosa se pone seria” cuando, en medio de esta “lucha titánica” que libera “el patriotismo” en contra de los “apátridas”, va surgiendo, a mitad de camino, entre la menesterosa necesidad impuesta y la costumbre, un consenso cómplice, un sentimiento de resignación, una franja de miedo y esperanza, a la cual los psicólogos suelen calificar como la “zona de confort”, esto es: un estado de comportamiento en el que los individuos son sometidos a la “ansiedad neutral”, sin poseer “sentido del riesgo”. Un acomodo por parte de las personas que termina obligándolas a renunciar a su propia vida, a tomar iniciativas que les permitan decidir libre y autónomamente a fin de gobernar su existencia. La zona de confort es, además, la zona de la confusión de lo mínimo con lo máximo. Si se consigue un litro de leche o un paquete de papel higiénico, después de hacer una larga cola, durante horas que pudieron haber sido mucho más productivas o provechosas, entonces se ha tenido una gran conquista: ¡todo un éxito! Si se posee un “cupo” de dólares para comprar por Internet, ¿por qué quejarse? Si el hábito hace al monje, como dice el adagio, pronto Venezuela será un monasterio de la barbarie ritornata. La gente no está “en la calle”, ni hacer colas en automercados y farmacias es “una forma de protestar”. Solo se trata de la creación de una cada vez más ancha, triste y preocupante zona de confort.