• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Trescientos años de luz

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Decía Isócrates, político y educador de la antigua Grecia, que “según sea la sabiduría del jefe del Estado así serán la gloria y prosperidad de su pueblo”. Los venezolanos, por cierto, hemos desatendido la conseja de esta contundente frase del versado heleno. Los resultados están a la vista. El país arde en una creciente descomposición social, en medio de una auténtica crisis orgánica, como llama Gramsci, en sus Quaderni, a esos momentos en los cuales el poder político se hace cada vez más coercitivo y se aleja sustancialmente del consenso civil, generándose una dolorosa escisión del “bloque histórico” que, en sus orígenes, lo había constituido. Semejante a un puño que aprieta con todas sus fuerzas una bola de masa, la sociedad se escurre entre los dedos de la mano que la oprime, generando los llamados “caminos verdes” y, por supuesto, las más diversas formas de anarquía. La ley férrea se transmuta en trampa. Los controles extremos generan, como respuesta, iniciativas extremas. La sombra de la ignorancia y de la consecuente barbarie se ha hecho carne y sangre del actual estado de cosas del país. El consenso, la forma propiamente dicha de toda democracia, hace tiempo llegó a su fin para dar rienda suelta al reino de la violencia, promovida desde esa “cosa” hostil en la que han convertido al Estado. Solo queda en pie la universidad autónoma, como último bastión de la libre civilidad.

No sin coraje, le corresponde a la institución universitaria asumir, una vez más, la responsabilidad de arrojar luz sobre las tinieblas que acechan dramáticamente por doquier. Estrangulada presupuestariamente y asediada por dentro y por fuera, despreciada y sometida a las descalificaciones de quienes hacen ver la ignorancia como una gran virtud, guarda en sus entrañas, sin embargo, la inteligencia y la paciencia necesarias para propiciar un cambio de rumbo en el país, siempre sobre la base de las ideas y los valores. Porque no se trata de hacer algo distinto de lo que, desde hace 300 años, viene haciendo, día a día. Ni mucho menos de convertirse en una suerte de partido político. La universidad autónoma, plural y democrática, es una institución del Estado y su papel consiste, precisamente, en ser la conciencia, crítica e histórica, del Estado. No necesita, en consecuencia, asumir una función especial o particular, distinta a la que es, de suyo, su responsabilidad.

Ciertamente, épocas de igual o mayor tristeza ha tenido Venezuela a lo largo de su historia. Pero esta institución la ha acompañado a cada momento, tanto en los momentos de gloria como en los de desasosiego y pesar. La universidad autónoma, y particularmente la UCV –si se le permite a quien escribe expresar el honor de ser uno de sus afortunados hijos– no es, como se dice, “el reflejo” sino el alma del país. De hecho, antes de que existiera la Venezuela republicana ya existía la UCV.

La labor de la universidad autónoma es, pues, la de construir, la de crear saberes, la de generar el conocimiento que se requiere para el progreso, garantizando, además, el clima propicio para la paz, la convivencia y la tolerancia de los más diversos enfoques y puntos de vista, siempre en adecuación con lo verdadero, lo bueno y lo bello. Y está obligada a ello, no solo por la ley, sino por su profunda vocación. Ahora, ¿en qué consiste esta labor que, a pesar de las mezquindades propias de las “montoneras” decimonónicas y los autócratas de oficio, lleva indeteniblemente a cabo la universidad? Ella es la máxima exponente de la educación integral de los ciudadanos, es decir, la premisa para la formación de la inteligencia de la sociedad. Una universidad autónoma no solo forma profesionales de primer orden, técnicos o especialistas en las diferentes áreas de su competencia. Los forma, sin duda. Pero comprende que educarse para la autonomía significa asumir con criterio y responsabilidad sus inclinaciones. Ser autónomo no es el ejercicio de la irresponsabilidad, del “hacer lo que me venga en gana”. Todo lo contrario, ser autónomo quiere decir ser portador de la madurez necesaria para pensar, decir y actuar en consecuencia. Por eso mismo, la promoción de la formación cultural forma parte constitutiva de la vida de la universidad autónoma.

La cultura perfecciona la enseñanza universitaria, haciéndola más fluida, más activa, más concreta. Es el “supremo bien”, para decirlo con Spinoza, de la vida universitaria. Ella ni es un adorno ni un divertimento. Todo lo contrario, permite dar a la existencia de los individuos un contenido más noble, más humano, más útil, cuando su contenido es auténtico, cuando es el resultado directo de la propia producción del espíritu, cuando es el resultado del cultivo del propio aprendizaje y de la propia experiencia de vida, capaz de beneficiar, directamente, al resto de la población. Una sociedad se mide por la calidad intelectual y moral de su ciudadanía. Y es eso, justamente, la delicada labor de la formación cultural universitaria. Y es en esto que consiste su genuina “acción comunicativa”.

Enseñar quiere decir aprender dos veces. Cuando la universidad autónoma educa de manera integral robustece su propio aprendizaje. Como decía Marx, en contra del empirismo ramplón, propio de ciertos personajes de actualidad: “El educador mismo debe ser educado” de continuo. Crescit et concrescit, apuntaban sabiamente los antiguos. Es por eso que, en la medida en que la universidad cumple con la función de educar integralmente a su estudiantado, libera de las torpezas que tipifican al imperio tiránico. Los pueblos en los cuales las universidades promueven la acción cultural, más allá de la simple instrucción mecanicista, son aquellos en los que la luz del pensamiento preside las grandes conquistas. Son las sociedades que se preparan para la realización de fines claros y distintos, no sin serenidad y constancia, hasta obtener el bienestar público, la cooperación recíproca y la consciencia de la libertad y del derecho.

Nadie dijo que lidiar con la barbarie fuese una labor fácil. Gente para la que, como decía Cervantes, “las cosas del comer y del beber” constituyen el leitmotiv y la mayor de sus inquietudes, la única razón de su existencia. Son los que desprecian la formación cultural, a cambio de que el déspota de turno les garantice el sustento de su necesidad primitiva, al menos en la cola para adquirir harina, leche o aceite. El Imperio romano –Maquiavelo dixit– llegó a la decadencia justo en el momento en el cual las necesidades espirituales se hicieron a un lado para dar supremacía a las necesidades básicas.

Mientras exista la universidad autónoma existirá no solo el conocimiento científico, técnico y humanístico, sino también la formación cultural, la música, el teatro, la danza, las artes visuales en general; en fin, existirá el cultivo del juicio y, por ende, de los valores fundamentales de la humanidad. Mientras haya universidad autónoma siempre habrá “un canto infinito de paz” y una puerta para la libertad. Lo demuestran los últimos trescientos años de luz, sin contar los que aún quedan.