• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Tóxico

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Una atmósfera densa, pesada y viscosa, que irrita los sentidos, que nubla la razón y enferma la voluntad, se ha ido apoderando en los últimos tiempos de toda la sociedad venezolana y, especialmente, de lo que aún queda en pie de sus instituciones. Es un “algo” maloliente, putrefacto, corrompido. Un “algo”, una cosa, a la que no pocos terminan acostumbrándose, aceptándola, como si fuese una entidad natural. La verdad es que envenena, dada su condición altamente tóxica. Como se sabe, lo tóxico se define como la capacidad que posee una determinada sustancia para producir efectos perjudiciales sobre lo vivo, al entrar en contacto directo con ella. Lo tóxico es, en consecuencia, un “poner”, un pre-su-puesto, una presuposición.

Tanto la ausencia de salud integral como la criminalidad –ese soberbio y prepotente intento por querer ubicarse más allá de todo y de todos mediante la agresión– son, en tal sentido, tóxicas, como lo son también la indolencia, la incapacidad o la ruindad. De igual modo, son tóxicos –o más bien, podría decirse que son altamente tóxicos– los prejuicios, tanto como lo es su primogénita: la mala educación, entendida como la ausencia absoluta de luz, ese “lado oscuro” de “la fuerza”, y no precisamente de la luna. Los pueblos en los que la buena educación desaparece, de hecho, son pueblos tóxicos, porque en ellos desaparecen las virtudes clásicas, entre las cuales se encuentra, por cierto, la moderación, es decir, la serena capacidad de equilibrio, o como la definían los filósofos de la antigüedad clásica: la “areté”. De una moderación ausente o mínima –por falta de educación estética– pronto surgirán el resentimiento, la violencia, el robo y el asesinato, la corrupción administrativa, el despotismo y el atropello, el mal trato, las intrigas y hasta el mal gusto. En fin, surge todo lo que hoy día se concentra en una sola expresión oficial: “el buen vivir”, o sea, la inversión especular, abstractamente negativa, de la realidad. Claro que depende de la cantidad devenida cualidad, porque, y a fin de cuentas, siempre es “la dosis la que hace al veneno”, como bien apuntaba Paracelso. De hecho, todas las cosas pueden llegar a ser tóxicas, incluso el agua. Pero lo que determina sus niveles de toxicidad siempre se halla en relación directa con la capacidad –la adequatio– que se tenga para moderarlos.

Es, pues, muy probable que la razón que explique la presencia de semejante plaga esté relacionada con cuestiones relativas, más que al uso, al abuso con la dosis empleada por una parte importante de la población. Habrá que hacer un estudio detallado acerca del desbordamiento de los excesos en tiempos de miseria material y espiritual. Pero, en todo caso, la serpiente se muerde la cola: en la misma medida en que crece la ignorancia crece el odio social. En la medida en que se acentúa el odio social se sustenta con más fuerza el despotismo. Y a mayor grado de despotismo van incrementándose las toxinas que enrarecen el ambiente social. La “Weltanshauung” es, de este modo, sustituida por la “Hostingshauung”: una concepción integral del mundo trasmutada en una concepción de hospedaje de “El Silencio”. Malandritud a “paso de vencedores”. Pobreza y nada más que pobreza de espíritu.

La situación no resulta para nada fácil. Las complicaciones surgen de las pestilentes emanaciones que son el resumen de la “memoria y cuenta” del presente modo de ser impuesto, que ha ido transformando la estafa en decencia y el temor ante la gavilla en “colectivo”. Quien pretenda hacerse una imagen de la vileza que brota de este triste y muy grisáceo espectáculo, encontrará sugerencias suficientes en el film Ágora (2009), de Alejandro Amenábar. Particularmente, en dicho film, hay una escena aérea en la que la autodenominada ortodoxia “cristiana” copta, liderada por el obispo Cirilo, invade la Biblioteca de Alejandría por todas partes. Las hordas, vestidas de negro, cual estampida de hormigas hambrientas, va destrozando a su paso el magnífico complejo que guardaba en su seno, hasta ese momento, nada menos que las obras completas de la historia del pensamiento occidental. Todo se va oscureciendo, se va tornando negro, tóxico. La barahúnda de “hormigas” se junta finalmente, hasta que las enormes bibliotecas son destruidas para ser convertidas en auténticos “gallineros verticales”. La “Misión Vivienda” ha triunfado: ha expropiado el otrora majestuoso edificio. Se sabe que hay hormigas negras. Se sabe que también las hay rojas. A fin de cuentas, da lo mismo. No es ficción: Hipatia, la filósofa, astrónoma y matemática griega, natural de Egipto (370-416 d. C.) fue acusada de “hereje” y, condenada por la “justicia popular”, asesinada, descuartizada e incinerada.

La sociedad regida por el “pranato” es el resultado, justamente, de la toxicidad. Las instituciones del Estado y el cuerpo de la sociedad civil van siendo “tomados por asalto”. El modelo que rige en la actualidad dentro de las cárceles, controladas por delincuentes en las que las ni las “autoridades penales” ni los contingentes militares pueden ingresar, precisamente porque en ellas “manda el pueblo armado” –con ametralladoras antiaéreas, granadas y fusiles automáticos–, ha devenido patrón ontológico que se reproduce en casi todo el resto del país: barriadas enteras, hospitales, centros de “enseñanza”, industrias “estratégicas”, universidades y hasta en algunos territorios “liberados”, para no decir que en ciertos estacionamientos expropiados del centro de la ciudad capital. La atmósfera se enrarece cada vez más. Entre tanto, promovido por el lumpen-fascismo –responsable directo de la consolidación de la “cultura” del rentismo parasitario y de la consecuente bancarrota de las fuerzas productivas de la sociedad– el pranato exige sus derechos, mientras obvia sus deberes. El Estado y su razón (la “razón de Estado”) se han transformado en meras representaciones publicitarias, sin realidad ni consistencia, en pura formalidad. El clima social se llena cada vez más de terror (terrorismo de Estado). Los gases, las emanaciones, confirman la presencia de lo tóxico que terminará asfixiando a la población decente y productiva, esa que exige, porque merece, vivir mejor, libre y en sana paz, con un futuro que se ha ganado con esfuerzo y mucho sacrificio.