• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Spinoza

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Desde la Antigüedad clásica, la filosofía concentró sus esfuerzos en el establecimiento de una firme e inescindible unidad de la verdad, la belleza y el bien. “Dices bella, buena y verdaderamente”, afirma Sócrates de modo continuo en los Diálogos platónicos, para referirse, no sin énfasis, al hecho de que lo verdadero coincide con lo bello y lo bueno, al punto de que alcanzar el saber no es posible sino como el resultado de una conquista estética y ética. Ser bueno, en consecuencia, implica el haber alcanzado la belleza y, a la vez, la verdad. Y, de igual modo, más allá del maquillaje, las prótesis y las refacciones, existe una belleza mucho más delicada y envolvente, más cercana a Eros y Afrodita, una belleza que no caduca, más misteriosa y atrayente, que consiste en dar cumplimiento al oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, porque a medida que más se profundiza en el conocimiento crece el atractivo y el bien se acrecienta.

No hay mejor confirmación de esta “unidad-distinción” de estos tres elementos orgánicos y correlativos que el hecho de que mientras mayor es la ignorancia mayores son la maldad y fealdad de quienes la comportan. ¿No es, bajo las actuales circunstancias del presente nacional, más fea, más vulgar, es decir, de sorprendente “mal gusto”, extraordinariamente mal hablada así como presta a las “bajas pasiones” y a la “vendetta”, o simplemente al odio y al resentimiento, una parte importante de la población que, por lo demás, tiende peligrosamente hacia un acelerado crecimiento estadístico? ¿Existirá, pues, alguna relación entre la mal llamada “música” de moda, los lamentables programas de televisión que se transmiten a diario –los de mayor sintonía, por cierto–, el mal uso del lenguaje –que no excluye el lenguaje del odio– y los ya naturales –en realidad, de una extrema crueldad– asesinatos de los fines de semana? En suma: ¿alguien podrá negar, en esta Venezuela que se desangra, las vinculaciones existentes entre la cada vez más preocupante ignorancia colectiva, la repugnante idea de belleza implantada, la criminalidad desatada y la acelerada violencia colectiva?

En idioma italiano la fealdad lleva el sugerente nombre de “bruttezza” y su acepción incluye, además, lo que ha sido mal hecho. Tan fea es la prostitución del cuerpo social como la de su espíritu. Decía Spinoza que “el orden y la conexión de las cosas es idéntico con el orden y la conexión de las ideas”. Pero, y dada la circularidad de la expresión, también se podría argumentar exactamente lo opuesto, cabe decir, la inversión especular de dicha expresión, sobre todo en el ambiente propio de una sociedad descompuesta: “El desorden y la desconexión de las ideas es idéntico con el desorden y la desconexión de las cosas”. Quien escribe está convencido de ello: cuando las “ideas” no son ni claras ni “distintas”, cuando carecen de “orden y conexión” o, más pura y simplemente, cuando ya no hay ideas, la realidad se transforma en un auténtico desastre, en una desgracia que afecta a todo el organismo social y lo conduce a la autodestrucción. De hecho, en estos días que transcurren, no muy distantes están de la prostitución las finanzas y el poder (las “riquezas” y los “honores” a los que se refiere Spinoza en sus Tratados), percibida esta –la prostitución– como algo “natural” y, por ello mismo, como cosa “buena” y hasta envidiable. ¿Qué otra cosa es la corrupción sino la prostitución misma devenida norma de vida?

No obstante, y volviendo al tema de fondo del cual estas líneas se proponen discurrir, históricamente el “punto de quiebre” de la estrecha conexión de la verdad, la belleza y la bondad, se produjo, después del imperio de la noche barbárica de la “teología filosofante” –con sus “verdades de razón” y sus “verdades de fe”–, a partir de Descartes y de su “moral provisional”. El conocimiento, según Descartes, es un instrumento –un método– que da cuenta de la certeza del mundo, de la intelección de la existencia material. Su propósito consiste –según el autor del Discurso del método– en trazar las leyes de interpretación de los fenómenos. La creencia, la fe, la moralidad, en cambio, nada tienen que ver con el ámbito cognoscitivo. Esas son “cuestiones del corazón”, no de “la razón”. El cartesianismo, de hecho, impuso a la cultura moderna el camino de la “metódica” separación de conocer y creer, de certeza y moralidad. Y en ello, a pesar de las más diversas perspectivas teoréticas, lo siguieron casi todas las cabezas pensantes de su tiempo y muchas otras después, hasta convertirse en la ley que rige el modo de ser y de pensar actuales, con una única excepción: Baruch Spinoza.

Fue Spinoza quien escribió un Tratado de la reforma del entendimiento para demostrar que solo se puede conquistar el bien enmendando el modo como los hombres asumen el conocimiento, lo cual solo es posible superando el modelo propio de la racionalidad instrumental, la cual presupone que la verdad es cosa diversa del bien y que en nada se relaciona con lo bello. Conocer no es una premisa sino un resultado. Y ese resultado culmina en el re-conocimiento, esto es, en una relación que supera las formas abstractas del conocimiento y las comprende –las conserva– en ella, conquistando, así, el “sumo bien”.

Son los prejuicios la causa de los grandes conflictos personales, sociales y políticos. Una sociedad sustentada en la instrumentalización del conocimiento es una sociedad mecanicista, desafecta, atiborrada por la confrontación que su propia ignorancia genera. El mecanicismo propio de la razón instrumental acostumbra preguntar cómo se hace, pero no por qué se hace. No basta con la masificación de los centros educativos y su progresiva transformación en fábricas generadoras de instrumentistas, mal llamados “especialistas”. Un ingeniero, un odontólogo, un administrador o un abogado que no ha sido formado plenamente, de forma universal, carente de una formación cultural plena, de una “Bildung”, termina siendo un buen técnico de la ingeniería, la odontología, la administración o el derecho, pero permanecerá siendo un hombre inculto y, por ello mismo, no puede ser considerado como un hombre de bien y con valores estéticos.

El conocimiento, sea este el de “oídas” o el que transcurre desde las causas a los efectos, tiene que enmendarse a sí mismo, tiene que superar el entendimiento por la comprensión y el conocimiento por el reconocimiento. Una tarea pendiente en un presente menesteroso, que ha decidido dar como respuesta a sus miserias el prejuicio, la confrontación y la ausencia de sentido estético. El gran Spinoza, autor de una metafísica que lleva por título el nombre de Ética, excomulgado y acusado de “ateo” y “anti-Cristo”, proscrito y prohibido, desde la distancia y frente a la crisis actual mantiene su plena vigencia.