• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Rectora valiente

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Tuve el honor de conocer a Cecilia García-Arocha Márquez hace unos veinte años, cuando me tocó ejercer por primera vez la Dirección de Cultura de la UCV, bajo la figura de “director encargado”, dada la renuncia del entonces director, el siempre querido y bien recordado Luis Cipriano Rodriguez. En esa época ella ejercía la función de decana de la Facultad de Odontología de la UCV. Fue en una reunión extraordinaria del Consejo Universitario, convocada por el entonces rector Trino Alcides Díaz, con el fin de definir asuntos presupuestarios en los que las dependencias centrales universitarias se veían obligadas a traspasar una parte importante de sus fondos en beneficio del funcionamiento de las facultades. Cuando ella entró al salón de sesiones del consejo, pude sentir la fuerza espiritual que porta y transmite. Era la única decana, pero podía apreciarse que era “la voz cantante”, la condottieri, la líder de aquel núcleo de decanos. Y así se evidenció durante el desarrollo de la reunión, en medio de un tenso y alambicado clima de argumentaciones que, al final, terminó inclinando la balanza a favor de las facultades.

Recuerdo que, cuando ella entró a la reunión, con su manojo de carpetas bajo el brazo, siempre elegante e impecable, el coordinador del Rectorado, no sin cierto toque de sorna maliciosa, la invitó a sentarse en la silla del rector. La respuesta de la decana de la Facultad de Odontología fue instantáneamente elaborada con fina ironía y énfasis premonitorio: “Gracias, profesor, pero no. Todavía no. Ya llegará el momento”.

Fue durante ese período que la Facultad de Odontología de la UCV comenzó un acelerado y continuo proceso de modernización profesional y tecnológico sin precedentes, como nunca antes en su historia, al punto de convertirse en la referencia obligada de todas las facultades de Odontología de las universidades nacionales, así como de innumerables universidades latinoamericanas. Cecilia García-Arocha convirtió la Facultad de Odontología, y nadie lo podrá objetar, en una auténtica “tacita de plata”, como se dice en criollo. Las labores docentes, de investigación y extensión marcaron la pauta de lo que bien podría calificarse como de excelencia académica.

Poco tiempo después, me tocó ejercer el Rectorado de la Universidad Rómulo Gallegos, en San Juan de Los Morros, durante dos largos y tormentosos años. Allí volví a encontrarme con Cecilia García-Arocha. A la entonces decana le correspondía asistir a la reunión del núcleo de decanos de Odontología de las universidades nacionales. Visitó el Consejo Universitario, que se hallaba en sesión ordinaria y, luego, pude conversar un rato con aquella enérgica, pero siempre respetuosa y educada profesora. Ese segundo encuentro me permitió valorarla no solo bajo los términos de la formalidad, sino como persona, y fue entonces cuando pude comprender que ella era mucho más revolucionaria y progresista que muchos de los que se trajeaban de rojo para ganar prebendas.

Comenzaban los años de la siembra del odio y la cosecha del resentimiento, de la intolerancia y la violencia desatadas. Fui, en efecto, testigo de excepción del incipiente cultivo de “el huevo de la serpiente”, como diría Ingmar Bergman, porque pude experimentar en carne y sangre, allá en la Rómulo Gallegos, lo que más tarde experimentaría todo el país. La saña que padecí pronto se trasladaría a todas las universidades y particularmente a la UCV, cuya toma del edificio rectoral dio cuenta de la inminente llegada de la consagración de la barbarie. Al rector Gianetto le tocaron aciagos días. Pero entre los decanos que con valentía se enfrentaron a la situación, defendiendo sin descanso la autonomía universitaria, tuvo siempre el brazo firme de una mujer, de una Decana.

Ya de vuelta a la UCV, obtuve el consenso necesario para ejercer la dirección de la Escuela de Filosofía. Participé en la elección de las nuevas autoridades universitarias. Fue la primera vez que voté por Cecilia García-Arocha, quien aspiraba a la Secretaría General de la UCV. No me decepcionó: su trabajo en la secretaría se convirtió en modelo de gestión universitaria. Y estando ella en la secretaría y yo en la dirección de mi escuela, se inició una recíproca y fructífera cooperación que daría como resultado el surgimiento de una cada vez más sólida empatía, que terminaría por convertirse en fraterna amistad.

Fue otro buen amigo, Eleazar Narváez, quien terminó exhortándome para que apoyara la candidatura de Cecilia al Rectorado de la UCV. Lo hice, y no me arrepiento de haberla apoyado y de haber compartido, junto con ella y Nicolás Bianco, los años más difíciles que le han tocado vivir a la UCV en la defensa de su autonomía. Una universidad que ha sido constantemente asediada por la violencia y asfixiada presupuestariamente; que ha sido víctima de ataques premeditados, alevosos, continuos y sistemáticos en contra de los miembros de su comunidad, en contra de su invalorable patrimonio artístico y cultural y en contra de su herencia intelectual y moral: la de institución más antigua del país.

En medio de esta tormenta política que, desde los más diversos flancos, se ha desatado contra las ideas y valores que promueve la UCV, Cecilia García-Arocha ha sabido, una y otra vez, encontrar el modo de conducir nuestra institución a puerto, evitando el naufragio de una universidad que es, en realidad, un proyecto de nación signado por la inteligencia y la decencia.

A “doña Ceci”, como la llamamos sus amigos, le quiero ratificar públicamente mi firme respaldo y solidaridad con una frase tomada de El Quijote: “¡Vamos bien, Sancho, los perros están ladrando!”.