• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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El Profetariado

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Fue Herbert Marcuse, filósofo, cofundador de la Escuela de Frankfurt y teórico crítico de la sociedad industrial avanzada, quien por vez primera se atrevió a desafiar los chantajes característicos del fanatismo ideológico, inherente a toda doctrina pretendidamente científica, “pura” y “verdadera”. El hecho de presentar una determinada forma de pensar, prescindiendo absolutamente de sus razones históricas, políticas, sociales y culturales, oculta, más que una sospecha, un gran fraude. Como dice Hegel -haciendo alusión a la fábula del mentiroso de Rodas, el cual afirmaba haber superado a todos sus contrincantes en el salto de garrocha durante los juegos olímpicos-: “Aquí está Rodas, salta aquí”. Nadie puede saltar por encima de su tiempo. Una ideología que se presume eterna, sólo existe en la inconsistencia de la imaginación y el fanatismo. En este sentido, puede afirmarse que Marcuse fue, al igual que el resto de los miembros de la Escuela de Frankfurt, un seguidor del historicismo filosófico de Hegel.

Fueron dos, según Marcuse, los objetivos trazados por el socialismo soviético: la conquista de una sociedad altamente industrializada y la concreción de la sociedad comunista, en la cual, finalmente, desaparecería el Estado y todas las formas de dominio político y de represión. Este segundo objetivo dependía del primero, siendo su conditio sine qua non. Sólo que, al no alcanzarse el primer objetivo -por cierto, el mismo que el de los países capitalistas-, el medio terminó por transformarse en el fin “en sí mismo”. Y sin embargo, una cosa era la realidad, las llamadas “condiciones materiales de existencia”, y otra era el discurso, la mera fraseología dogmática y ortodoxa, repetida una y otra vez, abstraída, por supuesto, de toda determinación histórica. Transmutada la filosofía marxista en un mero discurso ideológico, ritual, ésta se fue transformando en una forma vaciada de contenido, en una lejana promesa,  en un mero acto de fe y esperanza (inalcanzable), tal como lo es el fascismo. El divorcio entre la vida real y la doctrina se había consumado.

Envuelto por la ilusión, por la esperanza y el temor, el antiguo agente del cambio social, el llamado por Marx “sujeto-objeto” de la transformación de una sociedad enajenada en una sociedad justa y libre, es decir, el proletariado, de pronto abandonó su función como “clase liberadora”, su energía dialéctica, para devenir parte integrante, adaptada y sistematizada, de uno de los Estados más represivos, autoritarios y criminales que haya existido en el siglo veinte. La clase trabajadora, ahora pacientemente resignada y autorreprimida, quedaba, así, definitivamente desplazada de su antiguo papel en el teatro de la historia. Y lo peor: ni siquiera pudo alcanzar -a diferencia de las sociedades occidentales- el welfare State que le fuera ofrecido.

Las cosas cambian. Si algo comprendió Marx, siguiendo a Hegel, es que la realidad no es estática, que lo fijo, lo inamovible, es profundamente reaccionario y, por eso mismo, es lo muerto. El sacrificio del individuo frente al supuesto interés de las mayorías, de los así llamados “colectivos”, pone en evidencia el sometimiento brutal ante la posibilidad del cambio. Es, en el fondo, la nueva fe de una inmensa maquinaria represiva y asfixiante que se propone aplastar la diferencia en función de supuestos “intereses superiores” que son, en realidad, los intereses de una camarilla. No se trata de un sistema político y social de la clase “en sí y para sí”, sino del régimen de lo muerto y para lo muerto, en el que los niveles de extrañamiento llegan a colmar todas las expectativas. Esa ideología “socialista”, que se autodefine como la “primera fase” o el primer objetivo es, según Marcuse, una ficción, detrás de la cual se ocultan poderosos intereses. El proletariado, con ello, perdió definitivamente la fuerza de su historicidad, para quedar expuesto como la “cabeza de turco” de un léxico permeado por el vacío, una abstracta fraseología hueca y reiterativa, que sólo llega a generar el entusiasmo a lo Pavlov entre los menos advertidos y más enajenados.

Hace algunos años, un grupo de profesores universitarios conformó un comité editorial con el fin de publicar una revista. Dada la creciente y sostenida depauperación del profesorado universitario a nivel nacional, con salarios cada vez menos atractivos y con reivindicaciones gremiales cada vez más exiguas, los profesores en cuestión adoptaron el sugerente nombre de “el profetariado”, con el cual daban a entender que el profesorado había sido reducido a la condición de proletario, pero, además, que ahora, bajo esas tristes condiciones materiales, los profesores iban, directamente, a formar parte integrante de la ya definida clase “en sí y para sí”, que se iban convirtiendo en agentes para el cambio social y político en dirección al “inevitable” proceso revolucionario que, “más temprano que tarde”, confirmaría -“una vez más”- la inexorabilidad de la doctrina.

Da pena: en su mayoría, aquel grupo de profesores forma parte, en la actualidad, de un régimen que ha calcado al carbón lo peor del socialismo soviético y especialmente su hueca fraseología, en momentos en los cuales el gremio profesoral universitario vive la peor de sus circunstancias materiales, como nunca antes. De hecho, y contraviniendo todos los acuerdos federativos rigurosamente reconocidos y aprobados, un profesor Doctor y Titular percibe, en la actualidad dos salarios mínimos, en medio de una de las peores crisis económicas existentes, con índices inflacionarios absolutamente abrumadores y con una cada vez mayor escasez. Pero los intereses de “las mayorías” están primero. Entiéndase por “mayorías” quienes forman parte de esa aberración a la que se le suele dar el nombre de “proceso de cambios”, como los ya citados “profetarios” de otro tiempo, o quienes, resignados, han hecho trueque con su dignidad, han disimulado unidimensionalmente su supervivencia o han enajenado su derecho a decir que no. “Y si no les gusta que se vayan”, dice algún patán, que ha transmutado su antigua condición de proletario por la de propietario de un país secuestrado.

Quizá el nombre tenga, sin embargo, alguna vigencia, después de todo. Quizá convenga desempolvar la condición de profetariado, pero sin mesianismos vacuos y sin la soberbia de una 'clase' que se siente poseída por “el espíritu del pueblo”, es decir, una clase “destinada”. Más sensato es pensar en el hecho de que, con Marcuse, conviene reconocer que el proletariado dejó de ser, hace rato, una clase social efectivamente revolucionaria y que -uno nunca sabe- los profesores universitarios sean parte importante de aquella “chispa que enciende la pradera”, no en nombre de lo muerto sino de la adecuación de la palabra con la vida.     

@jrherreraucv