• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Ocaso, o la vindicación de la filosofía

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Por estas fechas, de finales de año, se celebra “el Día Mundial de la Filosofía”, quizá sin tener clara conciencia de que, con ello, se le rinde tributo a la conocida frase de Hegel: “El búho de Minerva inicia su vuelo con el ocaso”. El ocaso del año llega y dispone el ambiente propicio para que el pensamiento voltee la mirada hacia el fragor de lo hecho por el “viejo topo” shakespereano en el interior de sus galeras, justo en medio de su ciego accionar cotidiano. Solo al final del camino llega el momento de dar cuenta de las acciones humanas. Es el viejo quien, al final del trayecto, puede dar perfecta cuenta del resultado de lo que fueron su niñez, su adolescencia y su madurez. Como dice Hegel: “No nos contentamos con que se nos enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros es un roble”. La filosofía es, justamente, ese resultado concebido en su totalidad crítica e histórica.

Algo de nostalgia hay, sin lugar a dudas, en esta mirada retrospectiva. Como dice Novalis, en la filosofía está presente el deseo ilimitado –precisamente, nostálgico– de tener el hogar en todas partes. Y la filosofía se sustenta en ese doloroso desprenderse, en ese desgarramiento de vida viviente y vida vivida, de lo externo y lo interno, de lo finito y lo infinito, siendo ella, precisamente, el signo de la diversidad esencial de mundo y yo, el signo de la incongruencia de acción y reflexión. Por eso mismo, la filosofía no es para los tiempos felices. La crisis es el caldo de cultivo de toda filosofía que se asuma en sentido enfático. La nostalgia es un pathos que aparece cuando se sufre una pérdida. De ahí que su aparición –la de la filosofía– se presente, a un tiempo, como el intento de comprensión de esa separación, de esa crisis, y como la posibilidad de reencontrar la unidad perdida. En su propia composición gramatical se encuentra registrado su propósito esencial, a mitad de camino entre no ser saber y serlo, entre el amor, concebido como afectación filial (filo) y la concreta totalidad del saber (sofía): “Y entonces –se pregunta Platón–, ¿quiénes filosofan, si no son los sabios ni los ignorantes? Pues los intermedios entre los unos y los otros, entre los cuales está también el Amor, de suerte que es necesario que el Amor sea filósofo, el intermediario entre el sabio y el ignorante”.

La filosofía, en suma, es una de las disciplinas o, como diría el querido Ezra Heymann, uno de los “oficios” constitutivos e imprescindibles de la historia de la humanidad. Nada más estimulante que la (de)construcción filosófica cuando las sociedades parecen haber perdido su rumbo, su eticidad y su destino. Y es esta, por cierto, su función principal: elevar la conciencia social a la necesidad de reconstruir la armonía desgarrada, siendo ella misma la más acabada manifestación de esa determinada forma asumida por el desgarramiento. De nuevo, la escisión, el desgarramiento, es el manantial de donde brota la necesidad de la filosofía. Por eso resulta incómoda. Por eso causa tanto escozor entre los resentidos y prejuiciosos, cultores de la ignorancia, que sustentan los hilos del poder y que prefieren la obediencia ciega a la duda que enciende en los hombres el pensamiento y, con él, la transformación de la sociedad. Las sociedades sin filosofía son, de hecho, templos con múltiples ornamentos, pero carentes de sanctasanctórum. Apariencias sin esencia, formas sin contenido. En ellos, pueblos de dogmas y consignas, de iluminados profetas y de sátrapas corruptos, pronto comienzan a surgir las “telarañas cerebrales”, el sicariato contra la inteligencia y el igualitarismo propio de la malandritud.

El carácter estrictamente reaccionario, a-histórico de semejantes supuestos, revestidos de un cientificismo cuartelero, se pone de relieve en el hecho de favorecer de continuo la manipulación de la realidad, de querer tapar el sol con el dedo hasta el absurdo. Una divulgación enfermiza, absolutamente fantasiosa, de una felicidad, de un progreso, de una solvencia, que en la cruda realidad se traducen en tristeza, retroceso y pobreza. En un conocido cuento –“El traje nuevo del emperador”– Hans Christian Andersen ha definido con sorprendente exactitud este asfixiante y tupido tejido de arañas que tuerce la verdad: “El rey está desnudo”. La filosofía de nuestro tiempo tiene la obligación, el compromiso lógico, ético y estético de hacer suya la frase de Andersen.       

“Transformación social y diálogo intercultural” fue, no por mera casualidad, el tema seleccionado por la Unesco para este año 2014. ¿Qué decir, desde nuestro respetable y –para sorpresa de muchos– sólido medio filosófico venezolano, en medio de un año que amaneció de barricadas, de masivas protestas sociales y políticas, diseminadas por la mayor parte del territorio nacional? Protestas que terminaron en el mediodía de la represión, en atropello sistemático de la diferencia y en la más brutal violación de los derechos humanos. Y, ¿qué decir de un año en el cual, finalmente, se puso en evidencia el rotundo fracaso económico y social de un régimen que, en nombre de las mayorías, ha depauperado a todos; que se ha ensañado contra las universidades y las instituciones de investigación científica; que ha literalmente destrozado el aparato productivo; que ha incrementado los niveles de corrupción hasta la insaciable saciedad; que dejó desplomar el sistema de salud, de educación y de seguridad ciudadana; que ha hecho de la desconfianza su “santo y seña”, de la violencia su mejor aliado y de la injusticia su más preciada fuente ideológica? Ese es nuestro atardecer, y aún la noche no llega. ¿Es posible disertar acerca de la “transformación social” y del “diálogo intercultural” en una sociedad que ha terminado por acostumbrarse a hacer colas para comprar los artículos de primera necesidad? Primum vivere deinde philosophari. Ciertamente, lo “extraordinario” se ha hecho “cotidiano”, lo anormal se ha vuelto normal. Como nunca antes, el diminutivo y despectivo de Venezia se ha hecho más definitorio y fiel a su objeto.

Y, sin embargo, la filosofía anuncia el ocaso. Es tiempo de reconocimiento. El silencio decretado por Wittgenstein se ha roto y, justo por amor, es momento de decir lo que no se puede decir. Si “transformación” y “diálogo” constituyen los grandes problemas en virtud de los cuales la filosofía cobra vigencia para el presente, entonces cabe romper el develamiento, mostrar la verdad desgarrando el velo de las apariencias. Los ojos del búho de Minerva imponen la tarea de transformar y dialogar sobre los fundamentos mismos de una conciencia social inadecuada respecto de su ser social, roto, extraviado y carente de Logos.