• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

Mutilatio o el hábito hace al monje

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“La falsedad –escribe Spinoza en la Ethica– consiste en una privación del conocimiento que envuelve las ideas inadecuadas, es decir, incompletas, mutiladas”. Por mutilatio Spinoza comprende la pérdida –precisamente, el desgarramiento– del “todo vivo”, es decir, de la necesaria adecuación de la unidad del ser y la consciencia, del sujeto y del objeto, del hacer y del pensar. Mutilar ideas –cortarlas, hacerlas inadecuadas, falsas– es condición esencial, característica, de la superstición, del prejuicio, de las presuposiciones, que son el caldo de cultivo de la servidumbre humana, cuyo mejor exponente es el régimen fascista. De hecho, el supremo propósito del fascismo consiste en la mayor mutilación: la “feliz” esclavitud que cuelga sobre los hombros de una determinada sociedad. Y es que la mutilación sustenta la confusión, la exaltación de las “pasiones tristes”, el odio, la envidia, el resentimiento, la segregación, la venganza, etc. Son las pasiones que hacen de los individuos presas fáciles de la mayor ignorancia, el sometimiento y la consecuente pérdida de la civil libertad.

Bajo las premisas impuestas por la mutilatio, los individuos imaginan ser libres, dado que son conscientes de sus voliciones y deseos, sin pensar, por un momento, en las causas que les disponen a apetecer o a querer, con base en el hecho de que las ignoran. La ideología es el resultado de la mutilación que nunca se sostiene sobre ideas verdaderas, precisamente porque las ideas verdaderas implican la libertad de los ciudadanos, en virtud de que comprenden la cabal adecuación del hacer y del pensar. Las ideologías son, en efecto, ficciones que terminan por invertir el orden y la conexión de las ideas y las cosas –Ordo et conectio idearum idem est ac ordo et conectio rerun–, haciendo que lo posterior devenga en anterior y viceversa. Piénsese, por ejemplo, en la aberración de “la guerra económica”: ¡Ahora el frasquito de mayonesa es más grande, no se consigue el pequeño, y desapareció el envase de margarina de “paquetico”, por culpa de unos “ricachones” perversos, inmisericordes y “apátridas”! No vaya a pensar el lector que es por la falta de productividad, por estar apegados, desde el inicio, a la mutilación de las ideas, a una ideología, a un espíritu religioso infame, que tiene necesariamente que coincidir con la “lógica” de la corrupción, porque toda mutilación es, en los términos del orden y la coherencia de las ideas, corrupta.

Desde “la montaña”, allá donde se ha instaurado el templo del fascismo, ese “asilo de la ignorancia”, el mayor de los hábitos –entre muchos otros– manifiesta ser la corrupción: el “pan nuestro de cada día”, siempre seguido muy de cerca por los achinados ojos amenazantes del “gigante”, el “eterno” Big-Brother. Este es el combustible de la barbarie y de la humana esclavitud, gratamente admitidas y ya, a estas alturas, interiorizadas. Hemos aceptado la mutilatio como supervivencia, a duras penas, de ser y no-pensar. Esa es nuestra actual fuerza productiva, nuestra mayor industria y comercio. Durante los últimos dieciocho años, hemos devenido “orgullosos” productores –quizá los primeros a nivel mundial– de miseria material y espiritual.

Alguien se queja porque en su urbanización no hay electricidad. La persona en cuestión no entiende que hay “ahorro energético”, ni logra captar que existe un fenómeno “natural” llamado “el Niño”. Un enfermo trata desesperadamente de conseguir los medicamentos que le han sido indicados en el récipe. Su vida corre peligro si no inicia de inmediato el tratamiento, pero no los encuentra por ninguna parte. El paciente en cuestión –y, ciertamente, el pobre se haya armado de una infinita paciencia–, no llega a entender que “el hombre y la mujer nuevo y nueva” tienen que modificar sustancialmente sus hábitos, tienen que volver a “la medicina ancestral”. Los extraordinarios “avances” que el régimen viene implementando con las “bolsas CLAP”, son todo un acontecimiento, que promete poner fin al “sabotaje” de quienes han pretendido generar una crisis artificial en un país que, según informa su flamante cancillera, tiene capacidad suficiente como para alimentar a tres países a la vez. Las colas son, en realidad, auténticos lugares de encuentro, para compartir alegría y felicidad. La cuestión estriba, a fin de cuentas, en lograr que el empresariado golpista capte el mensaje: la margarina y la mayonesa tienen que envasarse en presentaciones más pequeñas. ¡Eso es todo!

Hasta hace poco, la naturaleza –a consecuencia de los crímenes ecológicos propiciados por el Imperio– intentó también conspirar contra la “patria buena”: una tremenda sequía puso en guardia al régimen, el cual, tomando las medidas de rigor, decidió, conscientemente, actuar, o sea, esperar que comenzaran las lluvias. Una vez más, la resistencia “revolucionaria” se puso a prueba. El resultado no pudo ser mejor: ¡llovió! Y, con las lluvias, el agua comenzó a fluir, solo que con un extraño “aspecto” verdoso y un “dulce” aroma putrefacto. En esto último, sin duda, debe tener también metidas las manos el Imperio –¡y no es improbable que también Ramos Allup y “el pelucón”!–. El Imperio, siempre el Imperio. Siempre “el otro”. Pero no importa: después de la pandemia que se avecina, nuestro gran timonel, nuestro primer conductor, quien por experiencia propia conoce bien el trabajo, con su acostumbrada sabiduría, tomará las medidas de rigor: “¡Dios proveerá!”.

Un viejo profesor, Federico Brito Figueroa, solía afirmar que, ciertamente, “el hábito no hace al monje.., ¡pero cómo ayuda!”. Era su forma particular de afirmar todo lo contrario. Bien vale la pena detenerse un momento en esta arguciosa picardía suya: la mutilación provee de un aroma de fanatismo –o de agua podrida, es igual– que termina por convertir la desdicha en hábito, en costumbre. Al final, el hábito termina haciendo al monje. Prueba del nueve: los venezolanos –y, en especial, los más humildes– han terminado por asumir este pesado fardo de mutilación de la sustancia como “normal” modo de vida. La hora de “colgar los hábitos” se aproxima. Pero la nueva sociedad que está por nacer amerita de un cambio radical del Ethos, capaz de vencer la sombra, y sus múltiples mutilaciones, hasta compenetrarse en la construcción de una realidad superior. Quod est in votis.