• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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Legu-leius, o el todo y las partes

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A Carlos Paván

 

La expresión latina que sirve de título a las presentes líneas es harto conocida entre las buenas personas, y todavía forma parte del llamado lenguaje coloquial, a pesar de que, cada vez más tristemente, este se ha ido reduciendo no sin celeridad, en la misma medida y proporción en la que va aumentando, de un modo vertiginoso, la pobreza espiritual de los venezolanos. Se trata, en efecto, del pícaro leguleyo, al cual se le suelen atribuir toda clase de malabarismos jurídicos y –¿por qué no?– políticos e ideológicos. Sociólogos que dirigen construcciones de ingeniería civil; matemáticos que se hacen pasar por expertos en economía política; sargentones que, literalmente, comandan parlamentos; conductores que –¡oh, ciega fortuna!– llegan a ser condottieri; y, ¿qué decir de oficiales formados para la guerra que están al frente de la industria eléctrica? En fin, las metamorfosis más sorprendentes y, sin duda, más sorpresivas.

Más que uso, se trata del abuso de la expresión “intelectuales orgánicos” acuñada por Gramsci, porque, en realidad, no son ni lo uno ni lo otro, sino –philosophus paramensis dixit– “todo lo contrario”. Los leguleyos, de hecho, son saltimbanquis profesionales, de oficio, y suelen actuar en los tribunales, en las cortes, y fuera de ellas, como auténticos acróbatas de circo de feria. El problema no estriba únicamente en que, tarde o temprano, caigan de “la cuerda floja”, sino que terminen hundiendo “la carpa” entera, ocasionando una tragedia de dolorosas magnitudes. No pocas veces, la osadía termina mostrando las costuras de la irresponsabilidad.

Como casi todas las palabras de origen latino, también el atrevido legu-leius proviene del campo. Con el tiempo, se hizo, primero, marginal en la urbe, para devenir, aunque mucho después, ciudadano romano. En consecuencia, Lego es quien prende –o a-prende–, recoge –expolia– y elige –juzga–. Labores, pues, de campo, transustanciadas en oficio urbano. Y de ahí que lego sea también quien suela leer (legere), aprender la lección (lectio) para recitarla en versos “de memoria”. Todo lo cual no basta, todavía, para ser un auténtico leguleyo. Hay, en efecto, una diferencia sustantiva entre el simple lego y el leguleyo. El lego es, de suyo, un aprendiz. El leguleyo, en cambio, es quien ha convertido la condición de aprendiz eterno en habilidosa profesión y garantía de su sustento. Es la personificación, la objetivación, del como va viniendo vamos viendo. Y, en este sentido, es mucho más que un sofista, porque el sofista, después de todo, aún conserva cierta dignidad. El leguleyo carece de ella y, cual tiro de gracia, es un descarado promotor de la más crasa, abierta y directa, piratería. Su alma, seca por el resentimiento, solo alberga una pasión –tristísima– que lo motiva: la corrupción. ¿Alguien en Venezuela llegó a pensar que, alguna vez, le faltarían el agua, la luz, el pan, la leche o las aspirinas en casa?

La pregunta acerca de si las partes son anteriores al todo o si el todo es anterior a las partes es materia clásica, y tiene sus fundamentos sistemáticos en las filosofías de Platón y Aristóteles respectivamente. En el caso de Platón, bastará con revisar el diálogo Parménides. En el de Aristóteles, el Libro VII de Metafísica. De las conclusiones de este último, vale la pena extraer una en particular, que quizá contribuya a la comprensión de los esquemas fijos que el leguleyato insiste en imponer como si se tratase de la “verdad revelada”. Dice Aristóteles que “todos los universales residen en los individuos” y que “la sustancia no es cierta cosa universal”, sino un conjunto, un compuesto, de tal forma y de tal materia: “La materia y la forma son universales; pero el individuo es un conjunto de forma y materia”. En pocas palabras, Aristóteles advierte que el todo, lo universal, está presente en lo particular, tanto como lo particular en lo universal.

Pero el leguleyo prefiere mantener los términos separados, escindidos. Nada sabe de unidad de lo uno y lo múltiple, ni de su recíproco Anerkennung o reconocimiento, solo de “meter cizaña”, para promover la división, de la cual, por cierto, se nutre. Por ejemplo, dirá que la totalidad de la industria eléctrica está por encima de toda particularidad específica, por lo cual no puede estar en manos de unas –o de muchas– empresas privadas, sino del Estado, el cual, sea dicho de paso, es el modo como en la realidad concreta, en la teoría y praxis políticas, reside la totalidad. Para él, el todo –en este caso, el Estado– está, pues, no solo separado sino por encima de las partes, cabe decir, de la sociedad civil. Lo importante es el todo, no las partes. Lo fundamental es el Estado, no los individuos que lo constituyen. El todo es “lo bueno”. Las partes son “lo malo”. El maniqueísmo vertido sobre una caricaturesca conducción de la Res-pública. Todo ello hasta el momento en el cual ya no puedan ocultar más la crisis eléctrica, ni echarle la culpa a las iguanas. Llegado el momento objetivo de la crisis, con los primeros chispazos de los fusibles del “deber ser”, el leguleyo voltea el argumento: cada ente privado tendrá que buscar el modo de producir su propia electricidad. Cuestiones, como podrá observarse, de “pura dialéctica”.

Y creen –porque, después de todo, se trata de un problema de ciega fe, mas no de razón– que la justificación doctrinaria de semejante bodrio está en un tal “materialismo dialéctico”, también llamado diamat. Solo que, de nuevo, no solo han leído –si es que acaso lo han intentado– a Marx con los gruesos lentes de manuales de triste procedencia, cargados de vacíos esquemas y ciegas consignas, sino que, justamente por ello, han confundido la Aufheben dialéctica, la “superación que conserva”, con las tosquedades de la Vercshwiden lassen, la aniquilación. Por fortuna, hay noticias, en este caso, provenientes de la seriedad y el rigor conceptual de la auténtica relación dialéctica e histórica de theoria y praxis: ni el diamat existe, más allá de la leguleya propaganda totalitarista, ni el régimen que se pretende sustentar sobre ese montón de falsedades puede sostenerse por más tiempo. Ni narcos, ni pranes, ni lumpen pueden detener la fuerza material e intelectual del Espíritu de un pueblo decidido a redimirse y cambiar. Como dicen las Escrituras –y cita Hegel–: “Los pies de quienes te van a enterrar ya están ante tu puerta”.