• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

Formas sin contenido

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Dice Maquiavelo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, que una multitud –una muchedumbre– corrompida, que vive bajo el dominio de un tirano, no puede llegar a ser libre, aunque este –el tirano en cuestión– y toda su estirpe desaparezcan. Tarde o temprano, ese tirano termina siendo derrocado por otro tirano. Como siervos, las muchedumbres corrompidas solo pueden vivir a sus anchas bajo el dominio de un señor. Hay gente que al mirar la luna enrojecida llega a sentir la presencia, en ella, de algún “tiranuelo de turno” fallecido. Y, en este sentido, conviene reiterar, una vez más, el hecho de que ni el miedo ni la ignorancia son libres, y que, más bien, son la consecuencia directa del servilismo y el sometimiento. Las multitudes son, por su propia condición, individuos aislados, extraños entre sí y autoextrañados, que han perdido toda formación, todo vestigio de virtud pública, de eticidad. Ciegas y enajenadas, son incapaces de percibir por sí mismas el yugo que pende sobre sus cuellos.

Hay pueblos “sanos”, como los denomina Maquiavelo. Esos pueblos viven en y para la libertad, tendencialmente inclinados, por ende, al bien común. Pero hay pueblos que, a diferencia de los anteriores, han sido objeto sistemático de las vilezas propias de resentidos manipuladores de oficio, expertos “pescadores en río revuelto”, que, con el único propósito de “saquear” para satisfacer sus propios intereses, los van conduciendo a una creciente y cada vez más preocupante condición de corrupción generalizada, ese mal que se alimenta y crece en las fétidas charcas de la desigualdad y la injusticia social. Ese es, por demás, el ambiente propicio dentro del cual se manifiesta y, poco a poco, se consolida el desgarramiento, la escisión de ser y pensar, el imperio de las formas vaciadas de todo contenido. Alocuciones y discursos que en nada se adecuan a la realidad de verdad; leyes, reglamentos y normativas –piénsese, por ejemplo, en las llamadas “leyes habilitantes”– que se traducen como el extremo opuesto de sí mismas. Constituciones que son, exactamente, la imagen invertida de lo real.            

Como dice Maquiavelo –siempre en los Discursos–, “la Constitución y las leyes hechas al organizar una república, cuando los hombres son buenos, carecen de eficacia en tiempos de corrupción. Las leyes cambian con arreglo a las circunstancias y los sucesos; pero no varía, o rara vez sucede que varíe, la Constitución, lo que ocasiona que las nuevas leyes sean ineficaces, por no ajustarse a la Constitución primitiva o contrariarla”. El discurso, ahora vacío, no solo se cierra en sí mismo, sino que se independiza respecto de la objetividad del ser social, hasta someterla y sustituirla por completo. Una “objetividad” que no lo es, un ser otro, una “otredad”, ajena, ficticia, meramente formal, que oculta y sustituye la vida propiamente dicha, o que, en última instancia, representa la concreción de su des-dicha. “Más quieto que una foto”, se diría en el lenguaje malandro, tan afín al régimen. Bajo semejantes presupuestos, el país ha llegado a concebirse como una maqueta, una pantalla, un gigantesco gráfico, condimentado por la bochornosa comparsa en la que han convertido los desfiles de las “fechas patrias”, o el modo –ridículo, por lo demás– de representar el país en unos medios de comunicación que han sido secuestrados, como si en realidad se viviese en la muy feliz aldea de los pitufos, o en la mina de diamantes de los enanitos de Blanca Nieves. ¡Ay, jo! El haber pasado tres lustros cultivando palabras huecas es el mayor ultraje a la inteligencia.

No se le puede prohibir al sol ocultarse. No hay decreto ni tribunal, por más “superior” que se considere, que le obligue a ello. Pero más interesante todavía es el hecho de que, al final, tampoco se pueda llegar a “controlar” indefinidamente la vida social y política de los pueblos mediante delirios de coerción nominalista, formas rígidas, prohibiciones, amenazas o expresiones de violencia. Ni siquiera a punta de granadas. Las sociedades –por lo menos las que, después de la Grecia clásica, surgieron como respuesta sustantiva frente al despotismo oriental– son el resultado del consenso más que de la coerción. Es la cultura –concebida como Bildung y no como Kultur– la que genera efectivamente cambios y modificaciones en el ser social, porque, justamente, el nervio central del ser social y de su conciencia es la cultura. Nihil novi sub sole, diría Hegel. A lo que habría que agregar: nihil novi nisi commune consensu: nada nuevo sin consenso. Decía Sócrates que una muchedumbre se parece tanto a un ejército como un montón de ladrillos a un edificio.

Se cree que “el orden de las cosas” no es más que el producto del concepto, de la mera forma, que se tiene de ellas, acuñado subjetivamente, estampado sobre los contenidos. En el acontecer de la sociedad hay, sin duda, algo conceptual presente. Pero ese “algo” tiene mucho menos que ver con lo que se cree conocer que con la “cosa misma”, con su devenir, es decir, con su proceso de cambio continuo. El principio objetivo de cambio que determina los procesos sociales no tiene mucho que ver con la rigidez de las formas estáticas en general, ni con la positividad jurídica y política. El cambio surge de la propia objetividad de la vida que ya ha sido mediada por el sujeto. A esa mediación se le denomina trabajo. Es en el intercambio productivo, en la producción social de la existencia, tanto la material como la espiritual, que se genera la realidad de verdad, no en las ficciones de un formalismo ideológico, fanático, que ya a nadie convence, porque hace tiempo que perdió su encanto original. Sorprendido en sus propias falsedades, en sus inconsistencias, en la insostenibilidad de cada nuevo argumento y de cada nueva “medida”, el burdo tarantín puesto sobre la realidad se les viene encima, ya no se sostiene.

Al final, las formas impuestas son sorprendidas en el ocultamiento de sus auténticos propósitos. La tarea que surge el día después de su ocaso consiste en apuntalar los fundamentos de un cuerpo social capaz de superar los morbos de la corrupción, a través de una política que tenga como eje central una auténtica revolución educativa, moral e intelectual, a objeto de establecer una sociedad de gente transparente y abierta, en la que sus formas políticas y jurídicas coincidan con su hacer y su pensar. Se trata de una sociedad –y no de una multitud– empeñada más en el saber que en el conocimiento, más en el reconocimiento y la prosperidad que en el odio y el resentimiento. Pero, sobre todo, se trata de reconstruir la sociedad, a la luz de una auténtica cultura de paz.