• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Félix

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A Mauricio Navia

En 1978 se produjo, en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, el cambio del pensum de estudios que, en buena medida, se transformó en una de las contribuciones más importantes que se hayan hecho dentro –y fuera– del ámbito de los estudios de filosofía en Venezuela. Una referencia, sin duda, para quien conciba la formación filosófica universitaria como expresión de la autonomía, la libertad de pensamiento y la indispensable irreverencia que porta todo espíritu crítico, toda inteligencia. Fue el resultado del debate intenso de nuestros maestros, de los mismos que no solo nos enseñaron acerca de Aristóteles, Platón, Kant, Hegel o Marx, sino, sobre todo, de quienes nos enseñaron a pensar y a actuar en consecuencia: Juan Nuño, Federico Riu, Núñez Tenorio, Giulio F. Pagallo, Ernesto Batistella, entre otros.

Ya para 1979 el nuevo programa de estudios era una “realidad concreta”. Nuevos aspirantes a licenciarse en Filosofía ingresaban a la UCV dentro de aquella extraordinaria labor conceptual, producto del consenso y la tolerancia de quienes sostenían líneas de interpretación filosófica diversas y, muchas veces, irreconciliables. Pero el espíritu filosófico enseña, por cierto, que solo mediante el diálogo –y no pocas veces “diálogo” puede traducirse en agria disputa– es posible conquistar la unidad en la diversidad y la diversidad en la unidad. La rigidez había cedido el paso a la libertad, concebida, al decir de Spinoza, como “conciencia de la necesidad”. Y, así, los nuevos aspirantes ingresaron a una academia concebida en y para la democracia.

Pero no fue ese el caso de Félix, como tampoco de algunos de sus más cercanos seguidores, quienes no se sabe bien cómo llegaron a parar a la Escuela de Filosofía, ni con qué intención. Rara ave en un medio, de hecho, plural y tolerante, aunque evidentemente diseñado para pensar en sentido enfático. No siempre la audacia es sinónimo de inteligencia. Félix era, sin duda, un personaje dotado de una suprema audacia. Por ejemplo, por aquellos años, Althusser había promovido la idea de que la filosofía era nada menos que “el arma de la revolución”. Félix fue uno de los primeros en cavilar detenidamente sobre el asunto, para después concluir no tanto en la posibilidad de que la filosofía estuviese al servicio de la revolución, sino más bien para establecer el principio de la absoluta identidad de la filosofía con las armas. Ahora la filosofía podía ser un revólver o una pistola. Y más aún: las pistolas y los revólveres eran, para él, pura filosofía.
Audacia y nada más que audacia, en consecuencia, que imponía la tarea de desechar el inicial fantasma de Marx para buscar figuras mucho más temibles y explosivas.

En sus manos, y al son de las perturbadoras tumbas y bongoes que se concentraban en el Centro de Estudiantes, del que ya se habían literalmente apoderado, se alambicaba un indigesto cóctel “Molotov”, compuesto de unas cuantas gotas de Nietzsche, un tanto de Freud y mucho de Bakunin. No resulta difícil sospechar que Félix, a mitad de camino entre la ignorancia y el desbordamiento de una imaginación de gheto, típica de los “Juancito Alimaña” y de los “Pedro Navaja”, casi delirante, motivada además por ciertas sustancias exóticas, se hallara convencido de que el auténtico idealismo de Platón o el ateísmo radical de Spinoza eran el resultado del consumo masivo de estupefacientes muy potentes. Sin duda que Platón y Spinoza, revolviéndose en sus cenizas, quedarían boquiabiertos frente al atrevimiento de semejante argumentación.

El fetichismo de la mercancía, de Marx, devenido “cachifismo de la mercancía” y, en una de sus últimas incursiones por el pasillo de la escuela, en su “inversión dialéctica”, o sea, “la mercancía del cachifismo”. Casi se podría concluir en el hecho de que Félix fuera uno de los primeros ideólogos de la actual ideología de la malandritud, plenado por el odio y la venganza social que lo tipifica. Todo un prócer “revolucionario”, un prohombre del llamado “Estado malandro”.

No era un mal tipo, después de todo. Más bien, fue víctima, al igual que muchos, de un “mundo ambiente”, de una subcultura no deseable para la civilidad. Era la expresión fiel del barrio, de la violencia y, en fin, de la barbarie que lucha desesperadamente por hacerse autoconsciente, por explicarse a sí misma, mientras se apodera de las instituciones a través del único camino que sabe transitar y conoce bien: la imposición del miedo, del “psicoterror”, como hábito o modo de vida. “¿Qué hora tienes, Herrera...?”. “¿Y por qué me preguntas la hora, Félix, si tienes un reloj...?”. “¡Porque no quiero que se me desgaste la vista!”.

Al tiempo, la democracia del plan pautado por los maestros se fue imponiendo lentamente, y la astucia de la razón filosófica, no sin paciencia, plantó su logos, a pesar de que nuevos Félix han seguido transitando por nuestro pasillo, y frente a los cuales el propio Félix parece un niño de pecho. Pero el modelo Félix, de hecho, pronto se hizo país. Un prototipo que hoy circunda y asfixia, como circunda y asfixia el cinturón de miseria que estrangula a la ciudad: “El orden y la conexión de las ideas –dice Spinoza– es idéntico al orden y la conexión de las cosas”.

Todos quedamos sorprendidos al enterarnos de que Félix había sido abaleado en el intento de robo a una joyería. Algunos dicen que fue emboscado por sus propios secuaces. Conservo, con mucho afecto, un libro de Peter Weis titulado Hölderlin que me obsequiara el amigo Félix. Un recuerdo, más que una memoria, de lo que pudo haber sido y no fue.

No es raro que la malandritud pueda hacerse del poder e intentar someter por la fuerza el pensamiento creador, diverso, múltiple. Solo que al final la sinrazón pone de manifiesto su condición autodestructiva. Entre tanto, el pensamiento se impone. Y, poco a poco, va abriéndole paso a la libertad.