• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

Cultura y formación cultural universitaria

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Muchas aguas han corrido bajo los puentes desde que, en sus Disputationes, Cicerón definiera la cultura como la acción de “cultivar el alma”. Todo fluye, todo cambia de continuo. Los regímenes no son la excepción, por cierto. Lo que se niega a cambiar, lo rígido, lo que se ha endurecido, es, de suyo, un algo muerto, carente de vida. En efecto, y para decirlo en los términos de uno de los grandes del pensamiento universal –el oscuro Heráclito–, “otras y otras aguas sobrefluyen” continuamente. No obstante, el hecho de que no sea posible sumergirse dos veces “en los mismos ríos”, no significa que el cambio niegue la presencia efectiva de la permanencia. Parménides complementa a Heráclito, porque en todo gran árbol vive, de muchas maneras, la semilla que le dio su origen. Lo que se supera se conserva. El ser es.

De tal modo que si el concepto de la acción de cultivar el alma se ha hecho hoy anacrónico y, precisamente por ello, tan impreciso como en extremo genérico –a los fines de dar respuesta a la pregunta que interroga por la cultura–, no menos cierto es el hecho de que en la historia de la comprensión de la creación cultural la idea misma de “cultivo” sigue estando presente. No hay, pues, cambio sin permanencia. Por eso mismo, comprender la relación existente entre cultura y formación cultural depende, en buena medida, de la capacidad de saber esta sutil, pero esencial, relación de oposición y correlatividad.

Más allá de los múltiples puntos de vista, conviene tener presente esta tensión que hace posible la propia existencia de la civilidad: la cultura como concepto es, más que una definición, un hacer, un producir, una creación continua, desde las formas primitivas del folklore hasta la haute culture. La diferencia se encuentra en la ruptura de los esquemas, de la estaticidad con la cual se le juzgue y defina. Quizá sea por eso que, después de todo, no resulte ser incierta aquella vieja y mordaz expresión: “La cultura ofende”. Pero, ¿cuál es la cultura que “ofende”? Es la que propicia cambios, la que estremece la consciencia y modifica sustancialmente la situación de cristalización del ser social. No la que reproduce, la que solo se limita a generar ganancias para la industria del entretenimiento. Tampoco ofende la “cultura” de los “bingos bailables” o las “ferias”, la del ritmo “pegajoso” –o “contagioso”– y las formas vaciadas de contenido. Esa es la “cultura” no culta, la misma que, no sin razón, Hegel acusaba de ser responsable nada menos que de “la muerte del arte”. Y si es verdad que para el mundo contemporáneo su reinado es absoluto, no menos cierto es el hecho de que las aguas crecidas del originario “cultivo del alma” no han dicho todavía la última palabra. Por eso mismo, la cultura propiamente dicha tiene la obligación moral e intelectual de trascender, de remontar los despropósitos de semejante banalidad, que confunde la creación cultural con las cadenas de montaje y la publicidad. Como advertía el viejo Kant, un detalle hace la diferencia: la facultad de juzgar.

Y es justo en este punto donde interviene la diferencia entre la “cultura especializada” y la formación cultural. Hay, sin duda, especialistas en el estudio y la promoción de la cultura. Se trata de respetables académicos, de auténticos técnicos y profesionales, de un campo de trabajo que se abre paso a través, precisamente, de la industria cultural, y cuya solidez, seriedad y rigor nada tienen que envidiarles a los de otras profesiones. Cuestión de entendimiento y cantidad, de proporciones, medida, precisión y, sobre todo, de “sistema”. Es, como casi todas las demás, una profesión necesaria, de notoria ratio tecnica, resultado de la reflexión y característica del entendimiento abstracto. Con ella, la música, el teatro, la danza o la pintura devienen instrumentos y medios. En este nivel de las cosas, el divertimento, propio del “arte” ligero, como mera “recreación”, desaparece por completo, para dar cabida a la disciplina. Y, sin embargo, dentro de estas determinaciones sigue faltando la kantiana facultad de juicio.

En las universidades autónomas no solo se forman, sobre la base del estudio disciplinado y el mérito, los mejores profesionales de un país. En ellas es indispensable la formación integral de su estudiantado. Su finalidad no consiste exclusivamente en la preparación técnica y cada vez más especializada de sus estudiantes. Hay en ellas, además, una característica fundamental: la formación cultural de los futuros profesionales. Un médico, un arquitecto o un farmacéutico egresado de una universidad autónoma no solamente será un profesional competente en su área de conocimientos. Será también un hombre con formación cultural, es decir, con criterios firmes, con capacidad para juzgar por sí mismo, comprometido con su realidad. Sensible a las diversas manifestaciones del horizonte problemático de la cultura y del arte; conocedor de los temas y planteamientos esenciales de su tiempo; con firmes ideas y valores que son el resultado de su formación en y para la vida en democracia, en autonomía, en libertad.

El propósito de una dirección cultural universitaria no se limita a la presentación de grandes espectáculos. Tampoco consiste en la organización de eventos para la distracción y el ocio improductivo de sus comunidades. Su labor es mucho más orgánica. Permite que, por ejemplo, estudiantes de las más diversas áreas cognoscitivas puedan representar en el Modelo de Naciones Unidas a su universidad y cosechar éxitos en sus propuestas para la construcción de un mundo más humano, más tolerante, más comprehensivo de la diversidad. La cultura “ofende”, especialmente a la ignorancia y a la barbarie, al analfabetismo funcional, a los mediocres revestidos de lo que no son. Ella, la Bildung, es la que contribuye, como decía Spinoza, con la formación de hombres de bien.

@jrherreraucv