• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

Consideraciones sobre la crisis del Estado

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Al Círculo Historicista de Caracas

 

La profunda crisis política y social que vive Venezuela se traduce, a la luz de las ideas, en una de las más profundas expresiones de escisión material y espiritual de su ser y de su conciencia sociales. Venezuela padece de un doloroso –abismal– desgarramiento del que, al parecer, no posee clara conciencia y, por ende, no pareciera tener la necesaria capacidad de poder superar. Da la impresión de que los daños causados adquieren las tonalidades de la irreversibilidad. Se observan las diversas, y no pocas veces antagónicas, figuras fenoménicas de lo ajeno, de lo extraño en sí mismo, que requieren de un esfuerzo capaz de vencer la mera pasividad. Generar voluntad –Virtud–, hambre y sed de ser y pensar; propiciar el ambiente para el resurgimiento de la racionalidad política, de las ideas, pero también de arrojo y logros, en medio de una realidad caracterizada por la pérdida de la libertad y de la justicia, la maraña demagógica, la crueldad del populismo, el engaño y la trapisonda, es tarea prioritaria. Se trata, nada menos, que de la lucha por la conquista de la reivindicación de la humana dignidad.

El empacho, la indigestión del pensamiento pensado, luego de una larga noche de rondas y francachelas, ha terminado en la creación de ideales –no de ideas– de pelos y uñas, de un abominable espantajo, conducido de la mano por la crasa ignorancia, el resentimiento, los consecuentes resabios y las lecturas desenfocadas, que siempre terminan inclinándose por el prejuicio y la ausencia de sobriedad. Aquello de “se le secó el cerebro” –diagnóstico y a la vez sentencia del “manco de Lepanto”– ha devenido, entre nosotros, patología de perturbadas lecturas de folletines, pasquines y panfletos, en medio de la ociosa soledad del cuartel, donde se fraguó la afrenta contra la totalidad del ser social y de su conciencia, sobre las cuales el tan cacareado “honor” terminó develando su vergonzosa existencia. Mejor hubiese sido promover la lectura de Cecilio Acosta; o el haber tomado más en serio las advertencias de Laureano Vallenilla Lanz; o quizá –y en primera instancia– el haber prestado atención a la descripción de i bestioni hecha por Vico, que perder el tiempo en rimbombantes desfiles comandados por potenciales tiranos, movidos por la ciega ambición.

Este menesteroso presente ha terminado beatificando lo político en su versión más empírica, abstracta e inmediatista, sometiendo el quehacer social, por la fuerza, a la arbitrariedad de sus “antojos” y “ocurrencias” –“se me ocurre”, habituaba decir el portavoz principal de la actual consumación de la miserable irracionalidad–. Con ello, el Estado se hizo ajeno a la ciudadanía, a sus necesidades reales, dado que los “funcionarios” en cuestión las conciben como simples factores que entorpecen la “soberanía” del Estado. Y, así, los ciudadanos, percibidos como individuos aislados o, lo que es igual, como “pueblo” –en realidad, como “multitud”– solo deben “seguir las órdenes” y, por supuesto, los “lineamientos ideológicos” que da el cuerpo político. La unidad del Estado se degrada, para terminar siendo uniformidad. La creación de la sociedad pre-política, al frente de la cual se ponen “los más fuertes”, ha quedado fraguada. El Estado es representado como el modo de apropiación del poder político que somete a todas las instituciones y, por supuesto, a la sociedad civil. Ya no hay consenso, sino el imperio de la coerción. Es el cuerpo supresor de toda posible libertad, de toda expresión de civilidad.

De la construcción de un “Estado malandro” tiene que derivar, necesariamente, la cartelización de la sociedad, los “narco-familiares”, el “pranato”, el “bachaqueo”, los “colectivos armados”, entre otras expresiones de malandritud, porque, plena de esperanzas y temores, la sociedad civil –o lo que queda de ella– deja de ser un todo orgánico, vivo, concreto, para convertirse en una “masa” de individuos aislados, cada vez más necesitados y urgidos de “órdenes superiores”. Como dice Hegel, “el tirano es también este Espíritu cierto de sí mismo que, cual Dios, obra en sí y para sí”. Cuando se cristaliza el ser social, cuando pierde no solo la capacidad de producir (y de autoproducirse) sino, con ello, la conciencia de sí mismo, solo le queda la ciega impotencia y la oración vacía. El aplastamiento de “lo otro”, de lo distinto, de lo no-idéntico, ya se ha consumado. El carácter autocrático del régimen ya no es más un deseo, ni una meta: es el “aquí y ahora” contra el cual no basta la resistencia. Rebelarse, incluso por encima de las rígidas formalidades impuestas, del chantaje y la amenaza, es el punto de masa esencial para la reconstrucción del Estado, de su eticidad perdida.

En el momento en el cual los hacedores de la vida social desconocen su condición creadora, el objeto de su creación se impone ante ellos como “elemento autónomo”. Los términos se invierten. La creación –el “parapeto”– hecha por hombres cobra vida propia, independiente y libre, para devenir, precisamente y a un tiempo, mundo material y espiritual. Un mundo ajeno y hostil, perverso y corrupto. La unidad termina en múltiples partes inconexas. Pero es justo en el momento en el cual se genera el máximo desgarramiento, el más alto grado de escisión, que surge la necesidad de re-conocerse. Este es el más auténtico significado del llamado socrático a “conocerse a sí mismo”. Solo la más plena conciencia de la escisión puede motivar la protesta masiva contra la barbarie y la recuperación de la libertad, sobre la base del compromiso ético. De los tiempos de crisis orgánica resurge, como el Ave Fénix, la feliz completitud: llega el abrazo de todos aquellos que se reencuentran como hermanos.