• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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Los Bandidos

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Las grandes obras literarias no son, como se acostumbra decir, el resultado de la mera imaginación o de la fértil inventiva de sus creadores. Como tampoco son, exclusivamente, el producto de sus particulares o especiales “recursos psicológicos” o de una cierta “genialidad”. No es que no posean estas o aquellas características. De hecho, es muy probable que ciertos rasgos de la personalidad, ciertas inclinaciones específicas o, incluso, ciertas maneras propias, contribuyan de un modo decisivo a la culminación de determinadas composiciones literarias. Esto es, obviamente, innegable. Pero no es suficiente. Uno de los más grandes y auténticos artistas plásticos de todos los tiempos dijo, alguna vez, no saber si era o no famoso, y que si se le llegara a presentar la fama en persona lo encontraría, como siempre, trabajando en su taller. El artista en cuestión se llamaba Pablo Picaso. Y lo dicho, por cierto, vale no solo para las artes plásticas.

La verdad es que no hay escritor o artista sin tiempo, es decir, sin las circunstancias sociales, políticas e  históricas, dentro de las cuales –y solo dentro de las cuales– su labor se puede producir. No hay creación sin historia, sin hic et nunc. Cuando en 1781 el ex cadete y, poco más tarde, estudiante de medicina Friedrich von Schiller compuso Los bandidos –Die Räuber–, es probable que en él hubiese algo más que inclinaciones geniales o “recursos psicológicos”: había conciencia del “espíritu del tiempo”. Como dice Marx, los hombres hacen las circunstancias en la misma medida en la que las circunstancias hacen a los hombres. Fue Shakespeare, a fin de cuentas, quien afirmó que toda auténtica obra de arte es, en el fondo, una expresión estética de la política.

No por casualidad, la primera edición de Los bandidos fue publicada en forma anónima. Se trata de una obra compuesta por un joven rebelde dirigida a su generación, una generación ansiosa de libertad, justicia y reconocimiento. Karl y Franz, hijos del conde Maximilian, son los polos opuestos antagónicos de esta obra de Schiller, ambientada en el siglo XV alemán. Representan los términos de una cultura que se debate entre el progreso de la sociedad, su superación material y espiritual, y las viles formas propias del malandraje como modo de vida: el resentimiento, la traición, la tropelía, el parasitismo militante, la canalla militarista, la corrupción. Es verdad que Karl, decepcionado, acepta dirigir un grupo de bandidos para combatir a quienes concibe como los auténticos bandidos que usurpan el poder. Se propone enfrentar así la tiranía política y la injusticia social. Pero, finalmente, se convence de que la violencia no es el camino a seguir, pues a medida que la lucha se hace más cruenta la propia confrontación le va mostrando su mismidad con los otros. Luchar contra el malandraje usando sus mismos criterios de lucha, implica que la malandritud, como figura representativa del ser y de la conciencia, ya ha triunfado, porque ha terminado contaminando, incluso, los nobles ideales de quienes pretendían vencerla. Solo que ya es tarde: la violencia y la sangre terminan dictado sus agrios designios. En efecto, la obra termina en una espantosa tragedia. Al final, la única gran triunfadora es la muerte.

Tal es, en breve síntesis, la lección que Schiller nos deja para la reconstrucción del presente. Las sociedades pueden atravesar por crisis orgánicas de la mayor gravedad. Pero las crisis no son artificios ajenos al propio conjunto social, no se quitan y se ponen al antojo de algo o de alguien. Y, por eso mismo, no hay un “instrumento metodológico”, ni un “manual del usuario”, ni una receta, capaces de poder hacer “el milagro”, de ponerle fin, de liberarnos de ellas de modo instantáneo, como si se le aplicara a una alfombra, sobre la cual se ha derramado un recipiente de tinta, un “quitamanchas” y ¡listo! Las crisis son orgánicas porque no hay crisis económica, política o moral que no sea el resultado de una crisis sustancial, tanto del cuerpo como del espíritu de la entera sociedad.

¿Quiénes son “los bandidos”? Un “Estado malandro” no es tan solo un modelo político impuesto: es un modo de actuar y de pensar, una manera de ser, que no solo involucra o, más bien, envuelve, a quienes gobiernan sino también a quienes son gobernados. Vale la pena repetir esta frase de Hegel: los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Se trata, en suma, de toda una cultura. Y cabe reconocer que el “Sturm und Drang” –la tormenta y el ímpetu– que promovió el chavismo originario –en el que tanta gente sinceramente creyó y depositó su confianza–, tan lleno de propósitos sublimes, similares a los objetivos de Karl contra “los bandidos” en el poder, terminó mostrando su rostro más terrorífico y repugnante: el mismo rostro –solo que potenciado a su máxima expresión histórica– de sus adversarios u opositores, “más temprano que tarde” devenidos “enemigos”. Un rostro carcomido y pútrido, marcado por la lepra de la tiranía, la infamia y la corrupción. Después de todo, el “camino de ladrillos amarillos” que conduce al infierno está lleno de las mejores intenciones.

No hay un Karl sin su correspondiente –su correlativo– Franz. La cuestión consiste en poder “superarlo y conservarlo”. Es cierto que por algún lugar debe comenzarse la lucha contra esta crisis que azota cada vez con mayor intensidad a la población entera. Pero, justamente, conviene insistir en el hecho de que no será posible superar la crisis sin superarnos a nosotros mismos. Solo que no existe la posibilidad de superar sin comprender. En este caso, se trata de comprender lo que se ha sido y de asumir la consecuente responsabilidad; de atreverse a iniciar, con madurez, paciencia y constancia, la labor de reconstruir el tejido de un país roto, fragmentado, autoenajenado y autodestructivo; abandonar las ilusiones mesiánicas y la esperanza en lo fortuito. Quizá sea esta –cabe decir, la formación integral y no la instrumentalización “cognitiva”– la clave no solo para superar la corrupción y, con ella, la crisis de la sustancia, sino para poder ingresar con buen pie –¡finalmente!– al Ethos del siglo XXI.