• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

Babel o el lenguaje de la libertad

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Uno de los grandes problemas que caracteriza a la sociedad contemporánea, y que bien valdría el esfuerzo de estudiar en detalle, a los fines de su comprensión y superación, es la cada vez más diseminada inconsistencia del lenguaje, cuya sorprendente liviandad da cuenta de lo que Heidegger, filósofo de la crisis del ser y del tiempo, sentenciaba, ya desde mediados del siglo pasado, como la prueba irrefutable de “la disolución del ser”.

En efecto, al ritmo de las presuposiciones, la vida cotidiana y sus costumbres han terminado por desgastar –¿des-hilachar?– el sentido de las palabras, cuyos significados de origen van siendo progresivamente suspendidos en una suerte de limbo sombrío, en el que el uso de la razón se vuelve menos que contorno. Palabras como belleza, justicia, verdad, paz o libertad, se desvanecen y pierden en la oscura “noche de vacas pardas”, gaseosa, ingrávida e intangible. En fin, palabras sin autenticidad, cuya erosión refleja el desvanecimiento del propio sentido de la vida de quienes las pronuncian. Se corrompen las palabras y, con ellas, se corrompen las cosas, como apuntaba Foucault. En este caso, “las cosas” son los hombres, sus relaciones materiales y espirituales, sociales y políticas, el espíritu entero de una nación, o de muchas. En una expresión, se trata nada menos que de la descomposición –o, en todo caso, de la inadecuación– de la sintonía del ser social y de su consciencia.

El mundo clásico antiguo se caracterizó por la presencia de la sólida constitución de la reciprocidad de la palabra y la cosa. Y en eso consistía la verdad. Precisamente, la no reciprocidad de lo uno y de lo otro es lo falso, en el sentido opuesto a la virtud, es decir, en el sentido de lo resbaladizo y flojo, de lo cobarde y pusilánime. Y es ese otro, ese extremo opuesto, la mezcla con la cual fue construida la mítica Babel: la torre de la infinita confusión de las lenguas, el centro de una civilización que logra vaciar de sentido y significado las palabras y, con ellas, la propia existencia humana. Babel es el triunfo de la trastada, de la violencia y la barbarie, plena de cualidades y excelencias ficticias y de una realidad carente de realidad.

Libertad es, al decir de Spinoza, “consciencia de la necesidad”, porque implica madurez, compromiso, responsabilidad. Libre es quien asume a cabalidad las consecuencias de sus actos y responde ante ellos. Libertad no es ni el mero querer por el querer ni la acción irresponsable, ni es el infantil hacer “lo que me venga en gana”. Tampoco bastan las proclamas o los discursos que exhortan a “conquistar la libertad” mediante una labor de suprema sumisión, de entrega de la propia voluntad a un “ser supremo” y, mucho menos, enajenar (hipotecar) la libre voluntad ante el inmediatismo del cálculo del beneficio personal, la conveniencia que impone tragar grueso, doblar la cerviz y terminar inclinándose –“rodilla en tierra”– ante el poder político, religioso o financiero. No hay peor esclavitud que la del miedo. El miedo es, a pesar de lo que con frecuencia se dice sin que medie pensamiento alguno, y por cierto, sin adecuación al ser, la antítesis de la libertad.

Lo cierto es que el significado concreto del término libertad ha sido manipulado, para devenir trastocamiento e inversión de sí mismo. Las más variadas formas de militarismo, los regímenes de fuerza, las autocracias que subsisten mediante el aplastamiento, con sus sables y sus botas, de la voluntad de los ciudadanos, son los primeros en enarbolar la bandera de la libertad. Y quizá sea eso lo que explique el hecho de que en el presente, en su nombre, se cometan los peores crímenes, los más repugnantes atropellos contra la propia libertad, las más viles atrocidades contra su indomable espíritu.
La historia de la filosofía moderna es la historia de la lucha contra el autoritarismo despótico. Desde Voltaire y Montesquieu hasta Rousseau y Kant, desde Fichte y Hegel hasta Marx, la libertad comprende, bajo sus diversos enfoques y determinaciones específicas, un proyecto continuo de renovación de la cultura humana. No se trata tan solo de conquistar la emancipación. Se trata, además, de la realización objetiva de la razón como fundamento de la construcción de una mejor y cada vez más civilizada (educada) humanidad. No solo es el lenguaje del progreso tecnológico y de las libertades económicas, sino del desarrollo pleno de la madurez inherente a la autonomía. Es esto lo que, justamente, se ha estrellado contra la torre de Babel representada por la abstracta y pragmática cotidianidad político-ideológica del presente. Puesto en el cuarto de los espejos de la reflexión, es la imagen de la no-caída del World Trade Center neoyorquino. Invertidos los términos, el reflejo especular cobra un registro de lectura o-puesto: en este caso, no caen las torres. Son estas las que derriban los aviones.

La libertad que se dice pero no se piensa. La libertad como inconsistencia o la inconsistencia de la libertad: una libertad de “la letra”, no del espíritu. Libertad impresa en una carta constitucional ausente de la vida cotidiana. Libertad de ciertos monopolios financieros del Caribe, cuya acumulación de riquezas es la consecuencia de la peor generación de pobreza. Libertad de las mafias transnacionales, del hamponato revestido de política revolucionaria, de sus intereses y de sus privilegios. La libertad como expresión del abuso de poder. Letra muerta, palabra deshilachada, carente de concepto.

El “cierre del universo discursivo” es una expresión acuñada por los grandes pensadores de la Escuela de Frankfurt, T. W. Adorno y Max Horkheimer. Recuperar el lenguaje de la libertad solo puede ser el resultado del esfuerzo de restituir la sustancia, por medio de la decidida y persistente acción de realizarla en la práctica.