• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

Los Anti (“sin sombra no hay luz”)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:


En una nota de cárcel de sus célebres Quaderni, dedicada a la comprensión de la filosofía historicista que le precede, Antonio Gramsci se detiene sobre un punto que llama poderosamente la atención. Se trata del significado de fondo del así llamado “Anti”, cabe decir, de la negación a partir de la cual se establece un dique, un rígido criterio de demarcación, entre un término y el otro, bien sea de contenido religioso, ideológico, político o de cualquier otro objeto de estudio. Se habla, por ejemplo, del “Anti-Cristo”, de la “Anti-tesis”, del “Anti-comunismo” o del “Anti-chavismo” para marcar distancia respecto de tal tendencia, manifestando así la convicción de hallarse ubicado del lado opuesto, en el puesto extremo respecto de aquella, devenida “otro de ese otro”. Lo que Gramsci, pues, advierte –sin duda, siguiendo a Hegel–, es el hecho de que, más allá de las simples representaciones, la idea de todo aquello que se califica de Anti oculta un significado mucho más profundo de lo que la mera apariencia puede llegar a creer.

Dos grandes filósofos italianos son los interlocutores de Gramsci en la citada nota: Benedetto Croce y Giovanni Gentile, es decir, los máximos exponentes del neohegelismo en la Italia de la primera mitad del siglo XX. El primero, pensador liberal y creador de la filosofía del espíritu; el segundo, padre del actualismo, un curioso caso de lúcida inteligencia juvenil que terminará, en su madurez, abrazando nada menos que la ideología fascista. En un primer momento, dos extraordinarios amigos, que hicieron posible el resurgimiento de la filosofía en Italia. Más tarde, separados cada vez más por el advenimiento del fascismo al poder, dos adversarios irreconciliables. No obstante, se podría afirmar que Gramsci los tuvo como referencia continua y, tal vez, como sus auténticos maestros o mentores ideales.

En la mohosa y oscura soledad de la prisión fascista, Gramsci escribe: “Trazos de la filosofía de la praxis pueden encontrarse especialmente en la solución que Croce ha dado a problemas particulares. Pero la filosofía de Croce no puede ser examinada con independencia de la de Gentile. Un Anti-Croce debe ser también un Anti-Gentile; el actualismo gentiliano da los efectos de claroscuro en el cuadro, que son necesarios para un mayor relieve”.

No se puede pensar en Croce sin Gentile y a la inversa, porque todo Anti-Croce es necesariamente un Anti-Gentile. La patente luz del “lienzo” croceano recibe necesariamente los “claroscuros” de Gentile. “Sin sombra no hay luz”, como dice la canción. No se trata de que Gramsci, pensador dialéctico, sostenga una posición abstractamente antagonista respecto de estas dos filosofías, de modo tal que resultaría ser el “Anti” de Croce y Gentile. Ese tipo de “razonomiento” sería, lo menos, incompatible con la inteligencia dialéctica. El autor de los Quaderni se detiene –como recomendaba Hegel– a observar detenidamente la obra: nota la reciprocidad, la complementariedad, el correlato, presente en los términos opuestos.

Cuando se asume fanática e irracionalmente un determinado antagonismo, que pretende hacer desaparecer del “lienzo” de la realidad al otro elemento presente, se termina por asumir exactamente la lógica de lo que se rechaza. No comprende al otro como su referente, como al interlocutor que lo determina y define, sino como aquel enemigo al que tiene que anular, que hacer desaparecer, sin detenerse a pensar que con su desaparición él mismo desaparece, porque para que su propia existencia tenga sentido y significado necesita de ese “otro”, de su referente. Empero, como el sentido común no puede ver las bacterias, entonces concluye que no existen. Ese parece ser el tipo de atmósfera fanática e intolerante que, bajo ciertas circunstancias históricas, se ha posado, y gana terreno, sobre la mayor parte de la sociedad en este atribulado comienzo de siglo. Esa es la auténtica plaga del presente.

Así, el exacerbado fanatismo chavista –que ha penetrado hasta los tuétanos, enfermándonos–, se corresponde cabalmente, y por eso mismo, con el exacerbado fanatismo anti-chavista: dos caras de la misma moneda, un “otro del otro” que es “sí mismo”.  La agresión recíproca muestra la misma intensidad, el mismo odio y resentimiento. En términos estrictamente ontológicos, los deseos de aplastamiento de toda cultura diversa, por parte de un Donald Trump o del Estado Islámico, no son muy disímiles de los esfuerzos del chavismo por aplastar toda disidencia. Lo diferente es percibido como “malo”, como “el demonio”. Pero, más aún, esos mismos esfuerzos anti se han apoderado, pasional e impulsivamente, de un preocupante sector de la oposición “democrática”, que tiene perentoriamente que revisarse. Todo intento de conducción de la oposición a través de la larga carretera de obstáculos que, día tras día, debe transitar es inmediatamente percibido como una “traición”, como una “entrega”. Si tanto se desconfía de la manera de conducirse por “el medio de la calle real”, ¿por qué no se debería llegar a sentir desconfianza por esa desconfianza?

Muchos son, hoy día, los detractores de Marx. La mayoría de ellos desconoce por completo su obra y, por supuesto, su pensamiento. Para ello, se basan en prejuicios y formulaciones propias de la propaganda de guerra, de origen red neck o bolchevique, da lo mismo. Muchas de las cosas que dijo Marx ya han perdido su vigencia histórica. Pero, así como sucede con los grandes clásicos, lo que nunca podrá perder vigencia en él es el pensamiento mismo. Que se sepa, ni Platón o Aristóteles, ni Cervantes, Shakespeare o Goethe, la han perdido hasta ahora. Lo mismo pasa con Maquiavelo, Spinoza, Vico, Hegel o Marx.

Como Spinoza, Marx se negaba a ser considerado como un anti religioso, es decir, como un a-teo, porque –afirmaba– para ser ateo hay que profesar la creencia de no creer en Dios, de tal manera que el no-creyente es tan creyente en su negación de Dios –en su anti– como el que cree en su afirmación. Cosa genial la razón dialéctica. No se puede superar si no se conserva. De nuevo: sin sombra no hay luz.