• Caracas (Venezuela)

José Rafael Avendaño Timaury

Al instante

Sindéresis

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La mayoría de la gente opina consuetudinariamente acerca de lo que debe hacerse de acuerdo con las facultades subjetivas que la simple imaginación les pueda aportar. Para ello el espectro reinante no presenta ninguna dificultad y la mayoría de las veces no se discierne, ni con el modo, ni con las formas apropiadas; menos con la necesaria claridad meridiana producto de la objetividad. La explicación crítica; el sopesar lo oportuno y lo viable, sin pecar de apresuramientos y mucho menos de retardos; adaptar los recursos a los fines, escogiendo los idóneos; determinarlos fríamente, de acuerdo con la situación apremiante que se presenta; es decir, ponderar, descartar y actuar. Además de la situación fáctica –cualesquiera que fuese–, se hace necesario percibir, con fino olfato de explorador, la llamada “opinión pública”. Esta última es ocasionalmente manipulada por factores que detentan intereses fríamente preconcebidos, que generan fantasías de ávida figuración, particular y/o grupal. Usualmente el precario discernimiento impide el asentamiento de un fundamental criterio reflexivo, por estar diseñado exclusivamente para complacer a un cautivo público de galería; exhibiendo ruidosamente, de manera repetitiva, la casi siempre equivocada y excluyente opción escogida.

Tan nocivos son los hombres de actividad desequilibrada, por carecer de horizontes claros y de utilizar los medios idóneos para lograrlos, como los denominados comúnmente “hombres de acción”. El contraste lo constituye el “hombre de carácter”, apercibido de conocimiento y mente clara, con aprestos de valor, constancia, paciencia y determinación. Al contrastar estas conductas, la historia nos ha enseñado lo funesto que suelen resultar las facultades meramente imaginativas, sin concierto alguno, para que triunfen sobre la capacidad analítica, aportando el éxito pírrico de la superficialidad adornada con apariencia difusa supuestamente efectista. La mayoría de los problemas políticos se interpretan a través de la pura imaginación. Esta, casi siempre, corre desbocada haciendo uso de las generalizaciones más hermosas y sublimes, aunque muy simples. No se advierte el irrecuperable tiempo perdido, ni el mal que se causa; ni abochorna el resultado como una prueba de incapacidad. Cuando se es simplemente imaginativo y no analítico, se está a la deriva, sujeto al azar, a lo imponderable; aunque de alguna manera, en ocasiones, puede ser previsto inadecuadamente. El análisis objetivo, por lo contrario, es prudente y a menudo escéptico; constituye un preludio para la acción certera. La simple imaginación es insaciable, casi ciega e irracionalmente crédula.

La imaginación integradora –también necesaria– concatenada con el frío análisis, nos otorga la potestad de trazar una “línea imaginaria”, como una especie de deslinde, entre la “política”, en su acepción más diáfana, con los modos de “administración”, consecuencia de la primera. Para ser realmente satisfactoria, debe estar regida por una determinación política establecida de manera coherente. Lo que algunos llaman estrategia. El ejemplo palpable son las contradicciones actuales. La administración pública instaurada por la política del régimen no podrá cambiar jamás, porque su suerte está indisolublemente atada e indivisible a la estrategia gubernamental establecida.

Abandonó el país Felipe González –a quien le debemos gratitud por su solidaridad con la causa democrática venezolana–, luego de entregar el Premio José Ortega y Gasset, muy merecido, a Teodoro Petkoff; de visitar en su lecho de enfermo y cárcel ad hoc domiciliaria a Antonio Ledezma; de reunirse con la MUD; con las cónyuges más representativas de los secuestrados políticos;  y de acatar sin chistar la decisión gubernamental que le impidió su participación como “asesor” de la defensa, en la charada de juicio incoado a  Leopoldo López; padecer la necia negativa gubernamental de permitirle visitar, en las ergástulas, a los secuestrados López y Ceballos. También exhibió no estar debidamente informado, con los precisos detalles necesarios –por el círculo que le rodeó–, al señalar que la crisis nacional es derivada de la falta de diálogo. Lo que es rigurosamente incierto, producto de  un argumento simplista, por decir lo menos.

Boxeo de sombras en el ring, con fintas de adorno. El gobierno demostró una vez más su carencia de humanidad, incapacidad y miopía crónica para interpretar y armonizar debidamente la política nacional con la geopolítica; de manera proactiva, con valores humanísticos y realistas. Se quedó en el simple escarceo, vacío de contenido; usando latiguillos para demostrar una rigurosa autoridad desproporcionada que no es tal, con visos descalificadores. La autocracia totalitaria y dictatorial campea sin complejos en Venezuela. Ya  es apercibida por la comunidad internacional. El gobierno, irresponsablemente, procura una confrontación cruenta a nivel nacional, y acaso internacional, de magnitudes insospechadas y peligrosísimas para la paz republicana y el futuro democrático del país.

Sectores no gubernamentales insisten en jugar la partida de póquer con barajas marcadas. Por un lado procuran que el régimen rectifique el modelo de administración pública a través de peticiones utópicas, casi infantiles –por lo ingenuas– para enmendar el manejo de la economía (1 kg de papas –alrededor de 10 pequeñas– a 250 bolívares); de la seguridad personal y jurídica; y de la implementación adecuada de todos los servicios cónsonos para el buen funcionamiento del Estado. Persisten en solicitar diálogo –¿entre sordos?– y se muestran dispuestos a firmar acuerdos –que ningún notario se atrevería a apostillar– garantes de un resultado sin mácula en el futuro e incierto proceso electoral; condicionándolo a la sola presencia de observadores internacionales calificados. Todos los demás factores que inciden en el proceso electoral –de manera global, como un todo– no les preocupa para nada. Engolosinados se encuentran ante la expectativa cierta, por ser palpable, del desagrado y repudio nacional ante la gestión gubernamental que ya sobrepasa 80%. Machaconamente predican, creando falsas expectativas, que todo se solucionará con la probable mayoría parlamentaria a conquistar.

La camarilla gobernante sabe a conciencia, por estar persuadida, de que aceptar democráticamente las reglas de juego, ajustadas a las normas constitucionales, le conduce inexorablemente a  la infeliz frase vertida hace décadas: a un “autosuicidio”. Para evitarlo, conserva incólume el control totalitario de todos los poderes públicos nacionales. Sin embargo, esta estrategia burdamente elaborada y paladinamente establecida en los últimos años, se ve ahora reforzada con nuevos elementos sobrevenidos. Ignoro aún si estos han sido debidamente cultivados por mentes perversas. Me refiero fundamentalmente al deterioro galopante de la relación bilateral con el gobierno guyanés. La gestión oficial en los últimos diez años ha demostrado un incalificable descuido –¿culposo o doloso?– en el manejo de las relaciones internacionales y la disputa territorial con el vecino país. Nuestro dadivoso barril petrolero caminante por el Caribe y Suramérica no logró la instauración de una geopolítica favorecedora a los intereses nacionales. Lo que ha prevalecido es el concubinato, sumiso e infecundo, con el régimen cubano. Este es nuestro real enemigo, porque favorece y apuntala la pretensión guyanesa. Ya nos endilgó en el pasado el absurdo adjetivo de ser “nación expansionista” casi “imperialista”. El bloque caribeño, tutelado pragmáticamente por la dinastía castrista, es inocultablemente adverso a nuestras justas aspiraciones de reivindicación territorial desde hace muchos años, derivadas del despojo acometido por el imperialismo británico finalizando el siglo XIX y las posteriores consecuencias, heredadas y endosadas a la nueva república fundada en el siglo XX.

Decíamos que esta escalada –hechos consumados con retórica verbal incendiaria– por parte de las autoridades guyanesas al señalar, de modo jaquetón, que su ejército está debidamente preparado para afrontar la “agresión militar venezolana”; luego de conceder, con “patente de corso”, la exploración con expectativa cierta –por lógica– de explotación de las riquezas ocultas en el territorio en reclamación. Esto no es gratuito ni espontáneo. Debemos ponderarlo con frialdad de catedrático. Quizás algunas mentes calenturientas aúpan esa especie del redivivo “bonapartismo milico criollo” para desempolvar expectativas de viejas glorias patrióticas, cuando teníamos un ejército serio; jugando cínicamente no a procurar el restablecimiento de la frontera original venezolana (fundamentada en el Uti possidetis iuris, luego de la anexión de Trinidad al reino unido) establecida antes del irrito Laudo arbitral firmado en París el 2 de febrero de 1897, en el sur este del país.

Agotada –casi de hecho, por los actos unilaterales guyaneses– la vía diplomática (al fin y al cabo, las fuerzas armadas sirven, entre otras cosas, para asumir la defensa de la integridad territorial y de los altos intereses nacionales), algunos imaginan la eventual confrontación bélica como solución del problema. Por aquello de que la guerra es la política por otros medios. Por su mente ronda la burda maniobra demagógica de generar un sentimiento nacional de unidad patriótica que eventualmente les atornille indefinidamente en el ya esquivo poder que se les escurre a cuentagotas de las manos. Quizás, de presentarse el no deseado conflicto, nuevamente el ejército venezolano tendrá que combatir al eje militar Guyana-Cuba. Si estos son fieles al compromiso adquirido desde hace décadas y se atreven a contrariar, o a ¿confabularse, por qué no?, disponiéndose a farisaicamente jugar –con el realismo perverso estalinista que los caracteriza– a “tres bandas” con el gobierno norteamericano.

Los milicos argentinos “se jugaron a Rosalinda” en las Malvinas. Perdieron no solamente la guerra, también el poder. Guyana no es la “pérfida Albión” y lo que está en juego, en su totalidad, se disputaría en un escenario multifacético; con aristas insólitas, cuyas resultas –intuyo– no están suficientemente claras y las consecuencias son impredecibles (la compañía Exxon Mobil  es de capital norteamericano). El dilema de Shakespeare, plasmado en Hamlet, tiene una vigencia dramática: “To be or not to be”.

 

cheye@cantv.net

@CheyeJR