• Caracas (Venezuela)

José Rafael Avendaño Timaury

Al instante

¿Saludo a la bandera?

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El pasado 11 de febrero los señores Antonio Ledezma, Leopoldo López y María Corina Machado suscribieron un documento que denominaron “Llamado a los venezolanos a un acuerdo nacional para la transición”. Pensé que ya era hora de que algunos de los que fungen como dirigentes en esta dramática crisis nacional hicieran un llamado concreto a superarla, con proposiciones puntuales y alejadas de todo tipo de intereses subalternos y electoreros. Así que me dispuse a leer, con fruición, el denominado llamado. Al concluir la lectura quedé frustrado, porque más que un llamado fue una especie de proclama, con ligeros tintes de promesa electoral. No critico, de ninguna manera, los propósitos enunciados y el llamamiento a un acuerdo nacional. Eso es rigurosamente necesario para rescatar a Venezuela de donde se encuentra. El problema, a mi modo de ver, reside en que esa proposición está conjugada en tiempo futuro, es decir, que su aplicabilidad cohabita en la premisa de que para hacerla realidad debe existir un nuevo gobierno. Pienso que el triunvirato firmante practica la sublimidad y la ilusión con el deseo de que el gobierno efectúe y/o propicie la instrumentación de esta especie de plan de la nación. Creo, y me atrevo a pensar por ellos, que la instauración de esas modalidades administrativas será efectuada, casualmente, por un nuevo gobierno, cosa que comparten a plenitud más de 80% de los venezolanos que padecemos el infortunio de ser gobernados por una gerencia cantinflesca. Lo que nos deja en el “limbo” es que la proclama no enuncia la manera ni los modos en que los venezolanos debemos proceder para que las condiciones objetivas hagan propicias el cambio deseado. Abono a su favor, por ahora, que no están propiciando, como la MUD y los nuevos aspirantes golosos que constituyen nuevos grupos para ocupar sillas en este inútil parlamento, quienes esperan que la solución a la crisis existencial venezolana será a través del resultado del proceso electoral en ciernes, procurador de canonjías parlamentarias. Si así fuese, las diferencias de los tres con la MUD y los nuevos grupos electoreros serían de forma, diversidad de personajes y nunca de fondo.

Abono en favor de los convocantes que los tres han sido víctimas de la curiosa modalidad neodictatorial que aplica el régimen. Es decir, que al asumir los cinco poderes constitucionales en uno solo, el Ejecutivo se ha permitido, se permite y se permitirá continuar la farsa republicana por intermedio de una ilegitimidad e ilegalidad manifiesta. Antonio Ledezma fue agredido a “mandarriazos” constitucionales cuando a la brava se despojó, a la Alcaldía Metropolitana, de las facultades y recursos establecidos en la carta magna. Desvalijado de atribuciones necesarias para el cabal desempeño de sus funciones, ha transcurrido su mandato. Sobre Leopoldo López recae una especie de “maldición gitana” para escarmentar la disidencia y a todas las figuras emergentes desde hace años. Con juicios y decisiones ilegales, se le ha impedido participar en eventos electorales por el temor gubernamental de facilitar el despliegue normal en la vida pública de cualquier persona con expectativa de proyección política. María Corina Machado fue objeto de una de las decisiones más arteras, ilegales y antidemocráticas por parte del poder Ejecutivo, Legislativo, Judicial y de la FGR. Todos, en cayapa infame, arremetieron contra ella para atemorizar a toda la ciudadanía en general, con usos conductuales de guapetones pretorianos. Por lo anterior infiero que los tres están vacunados contra las intenciones aviesas y reiteradas del gobierno nacional, que hace gala de escaso respeto por las normas constitucionales.

A quienes ejercen el liderazgo se les reconocen como líderes. Estos son auténticos cuando superan la mera práctica de política de gabinete, confrontan los caminos tortuosos, evaden las conductas complacientes antiéticas y retan los riesgos. Toda conducta humana, la política entre ellas, presenta alternativas. Muchas veces requieren, para asumir posiciones correctas, de la gozosa audacia de vencer el miedo. El miedo es connatural, una sensación que padecemos todos. Decir que no se tiene significa apenas dos cosas: miente, o es anormal.

Los voceros civiles y milicos del régimen manifiestan que no permitirán ningún cambio que signifique el desmontaje del parapeto inconstitucional que nos rige. Para demolerlo y tirarlo al cesto de la basura, es condición sine qua non que deben dejar de mangonear. La calle espera para que los compatriotas reclamemos, de manera desafiante si se quiere, que consigamos comida en los anaqueles, medicinas en las farmacias, justicia, depurando los tribunales y las policías corruptas,  metiendo a los milicos nuevamente a los cuarteles –de donde no han debido de salir jamás– aplicándoles cursos intensivos de ciudadanía, para que se conviertan en militares dignos y fieles cumplidores de sus funciones constitucionales específicas, instaurar políticas económicas y sociales que reivindiquen a plenitud el concepto del derecho de propiedad establecido en la carta magna, con sus limitaciones legales. Todo esto se logrará con presión de calle. No queremos nuevos e infecundos estados “mayores milico-civiles” para apaciguar lo indetenible con “pañitos calientes”. Bajo un certero liderazgo, en cualquiera de sus formas, se puede desarrollar todo lo concerniente –con cabal sentido del deber ciudadano– para procurar la reconstrucción de la nueva sociedad, expurgando todo lo nocivo que practica el actual régimen, e impidiendo la repetición de lo pernicioso de los regímenes anteriores. La transición que se propone, una vez obtenido el cambio constitucional del gobierno –“El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación y autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”– debe ser producto de un acuerdo amplio y objetivo de unidad nacional, sin distingos de ideologías, para ordenar la república. Organizada cabalmente esta, con las instituciones funcionando de acuerdo con la Constitución y en normalidad republicana plena, serán valederas todas las opciones políticas e ideológicas pertinentes. Lo demás es “cruzar el puente sin pasarlo” o “vender la piel del tigre sin haberlo cazado”. ¡Es la hora de darlo todo, sin pedir nada a cambio!