• Caracas (Venezuela)

José Rafael Avendaño Timaury

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Mujiquitas

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En días pasados una gentil lectora, mediante un correo electrónico –inestimable medio creado por la tecnología para facilitar la pronta comunicación interpersonal–, se preguntaba si Venezuela es un país donde la sórdida conducta servil, delineada por Rómulo Gallegos en Doña Bárbara, representada por el leguleyo secretario cuyo nombre ha trascendido y simboliza la indignidad de la obsecuencia ante la barbarie del poder asentado y personificado por caudillos milicos, sigue ejerciendo un papel de primer orden en nuestra vida política y social y económica.

Debo confesar que respeto y admiro la obra literaria y política de nuestro más insigne novelista. Es comúnmente aceptado por la casi totalidad de los compatriotas que su densa obra ejerció un papel importantísimo en las luchas políticas y sociales, en época cuando se contrastaba dramáticamente la controversia existencial entre el atraso y la modernidad; entre la civilidad y el bronco militarismo, en las tres primeras décadas del siglo XX. La alternativa y proyección política en la obra fue delineada en tres personajes fundamentales, en el capítulo III de la tercera parte, “Ño Pernalete y otras calamidades más”: Mujiquita, Ño Pernalete y Santos Luzardo; es decir, el ignaro milico gobernante, el civil rastrero con cierta formación intelectual, porque pasó por la universidad, pero esta no pasó por él, y la señera civilidad. Luego del advenimiento de la democracia en 1958, y especialmente a partir de los años setenta, el mensaje político y ético de Gallegos se fue desdibujando en la lejanía de los tiempos idos porque se pensó que jamás se repetiría en nuestro país un estado político, social y económico como el de aquella pretérita época. El correo recibido me indujo entonces a desempolvar viejos textos relacionados a su vida y obra.

“Gallegos, para darle relieve a sus héroes principales, se detiene con mayor minuciosidad en describir a los que ocupan un puesto inferior. Estos, con sus actos, les dan proyección a los que aquellos realizan. Se le ve con una mayor altura. Lo psicológico en este novelista juega un papel central. Como sus novelas tienen exceso de acción por los lugares en los cuales se desarrollan, cada quien posee una dosis de sobrecarga vital. Es de la única manera que sobreviven. De resto son arrastrados por sus compañeros o por la naturaleza. Van apareciendo los vicios que él combate: la justicia mañosa, que juega con los principios de la verdad, acomodándose maliciosamente al engaño, al interés político, a la imposición del gamonal. Es una justicia torticera. Esa picardía viene del desarreglo del Poder Judicial, que se hace tragedia jurídica hasta el final: en la medida mínima en que se manifiesta la equidad. El politicastro local realiza combinaciones enderezadas a desconocer la organización institucional del Estado. A traficar, con pequeñas venalidades, con aquello que se relacione con las sutilezas del Ejecutivo. De allí que, de pronto, entendamos que estos son caricaturescos en su manera de actuar…” (1).

La crisis nacional latente que nos sacude brutalmente me hizo releer dos libros que estudian parte de su legado. (Los escogí obviando a otros calificados escritores conocedores de la obra y del personaje. Con algunos compartí amistad y militancia política, ya lejana, como Manuel Alfredo Rodríguez, Mario Torrealba Lossi y Orlando Araujo). Sin pretender ahondar puntualmente en los aspectos objetivos y subjetivos desarrollados por los autores. En el primero, reseñado en el párrafo anterior, está parcialmente transcrito un bosquejo general de sus personajes. El segundo aborda la interpretación libre de un ensayista venezolano, publicado en 1939, con motivo de la Primera Exposición del Libro Venezolano. Dicho trabajo está incluido en el libro La luz y el espejo de Augusto Mijares, bajo el nombre “El Libro de Mujiquita” (2). El autor posee una densa obra escrita (ejerció la cartera de ministro de Educación bajo el oprobioso régimen dictatorial milico de MPJ, en pleno auge represivo). Allí planteó aspectos novedosos; con interrogantes, se esté o no de acuerdo con los mismos. En lo personal, muchas de sus apreciaciones no las avalo; pero desde que las leí por primera vez, hace mucho tiempo, las he ponderado con especial atención.

“… ¿Es cierto que no existirían Pernaletes si no existieran Mujiquitas?… Cuando Santos Luzardo le reclama a Mujiquita por qué este olvida su función de administrar justicia, el vencido responde: ‘Yo estoy aquí para completarles la arepa a mis hijos’… Mujiquita se convierte en acusador: Santos Luzardo –joven rico, poderoso– representa la sociedad, la sociedad culta que pide justicia. ¿Por qué no se llegó hasta Mujiquita sino cuando necesitó de él? ¿Y antes? ¿Por qué no pensó nunca en libertarlo? … ¡Qué enorme brecha abriría este miedo del Jefe Civil para que los Luzardo llegaran a los verdaderos problemas del país, en lugar de detenerse, egoístamente, en la defensa de sus propios intereses!... Los Pernaletes se ríen de las ideas y de la moral; pero respetan las alfombras y los sillones acojinados donde no encuentran cómoda posición. Y una ostentosa lámpara de rutilantes luces tiene que pegar en los ojos del trepador obtuso como no pueden hacerlo la virtud ni el talento… Y la opinión pública, formada en el servilismo, es tan cruel como Pernalete. Si a Mujiquita lo ven en una antesala de palacio dicen que es un adulador; pero si ven a Luzardo dicen que es ‘un político’. Luzardo es, muy a menudo, el que organiza los chanchullos junto a Pernalete, pero permanece en la sombra... Y quiero insistir en que para mí lo esencial de Luzardo no es tampoco su riqueza, sino su posibilidad de acción; y la falta de sentido social y la imprevisión que, por contraste, lo reducen a ser el símbolo del egoísmo y de la frivolidad. Así como tampoco pretendo que la pobreza de Mujiquita le conceda una absolución definitiva, ¡porque bien sabemos que son muchos los Mujiquitas que logran ascender a la categoría de Luzardo, y hasta a la de Pernalete!”.

El autor citado se permite señalar (¿osadía?) que Andrés Bello, Juan Vicente González y Cecilio Acosta fueron Mujiquitas. También que todo escritor venezolano, algo más, o algo menos, tiene algo de Mujiquita.

En la novela Canaima –en 1935 se prohibió su circulación en Venezuela– hay un párrafo que mantiene una actualidad incuestionable. Manuel Ladera, ante el espectáculo de una res atada a la cola de un burrito que la conduce al matadero, le dice a Marcos Vargas:

“Ahí tiene usted la historia de nuestra patria: Un toro bravo, tapojeado y nariceado, conducido al matadero por un burrito bellaco” (3).

En estas horas aciagas para la república –un presidente, civil inculto, del Ejecutivo que indebidamente legisla, además de ejercer la magistratura; y un presidente milico, de rango subalterno, del Legislativo que no legisla ni controla, pero que sí mangonea– donde, por ahora, no hay acción contundente, por parte de quienes dirigen el descontento, para cambiar las cosas. ¿Cuántos Mujiquitas pululan en la administración pública, en el TSJ y demás tribunales del país? La reflexión profunda es pertinente para que en el futuro, ya muy cercano, se erradiquen definitivamente las conductas y los usos perniciosos en el manejo de la política, la justicia, la economía, y en la conducción cabal del Estado. Para no seguir girando, sin rumbo y sin concierto, en un nocivo círculo vicioso.

 

Notas:

1)                Otto Morales Benítez. Rómulo Gallegos. Identidad del escritor y del político. Página 52. Ediciones del Congreso de la República. Caracas. 1993.

2)                Augusto Mijares. La luz y el espejo. El Libro de Mujiquita. Páginas 69 a 79. Ediciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura y Bellas Artes. Caracas 1955.

3)                Otto Morales Benítez. Obra citada. Página 57.

 

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