• Caracas (Venezuela)

José Rafael Avendaño Timaury

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Huelgas

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Todos sabemos que la huelga es un modo de presión para obtener determinados objetivos de carácter políticos, reivindicativos, etc. Existe diversidad de huelgas que pueden ser catalogadas en estricto orden jerárquico. Dos son extremas: la de hambre y el paro general indefinido. La primera es de estricto orden personal, puesto que quien la acomete lo hace a conciencia y sabe que una vez comenzada tiene dos finales. La muerte o la suspensión de la misma. La huelga indefinida tiene que ver con el colectivo; y sus ribetes son incuestionablemente políticos. A su vez confronta dos finales: se suspende una vez obtenido el triunfo o se interrumpe, o es reprimida a sangre y fuego sin que se obtenga el objetivo. En este caso, constituye la premisa para ahondar otros métodos de lucha hasta obtener la victoria final.

Estas reflexiones vienen a mi mente cuando observo una tendencia bordada apresuradamente, por parte de algunos dirigentes y activistas, con la utilización de la huelga  de hambre (1) como casi única forma de protesta ante los desafueros del régimen. Iniciar una huelga de estas características –individual o colectiva– requiere ponderar objetivamente las causas con los probables efectos que la originan; la oportunidad y la valentía para asumir las consecuencias ya conocidas. Consideraciones parecidas se pueden asignar a la huelga general indefinida. Efectuarlas sin mesura, casi banalizándolas; saltando etapas, es un error político que tarde o temprano pasa la debida factura. La consecuencia más simple se relaciona con que la secuela de presión ejercida sobre el gobierno y la opinión pública hace factible el riesgo de que se diluya –en una especie de cotidianidad bucólica– por su uso indiscriminado, casi exclusivo, obviando otros. La fábula del lobo y de los tres cochinitos es aleccionadora al respecto.

En este punto es absolutamente necesario recordar y puntualizar la pundonorosa ofrenda efectuada por Franklin Brito –casi olvidado, inmerecidamente, en la conciencia colectiva–, quien asumió virilmente el riesgo de perder la vida si sus derechos legítimos, vilmente conculcados por el gobierno, no le eran restituidos. Murió estando muy lúcido; y consciente a cabalidad de ello. Sabía con claridad meridiana que era difícil que se le aplicara la justicia; por su convicción –muchos le acompañamos en su apreciación– de que no tenemos un Poder Judicial confiable y menos independiente para aplicar rectamente la ley. La carencia de jueces probos y con testosterona dispuestos a contrariar los deseos del Ejecutivo, o de cualquier poder, instituciones o personas, cuando estén desasistidos de la legalidad necesaria es notoria. Por estas razones, el sacrificio de Franklin Brito debe trascender en la conciencia nacional –casi como un faro– elevándolo al sitial de los héroes patrios que han ofrendado su vida en aras de un ideal colectivo. Efectivamente, su gesto de rebeldía y de valentía inconmensurable se elevó sobre los iniciales intereses particulares, convirtiéndolos en colectivos. (2).

Venezuela tiene diversos escenarios y modalidades propicios para efectuar protestas pacíficas y constitucionales con la finalidad de enfrentar los arbitrarios e ilegales procederes gubernamentales. A nivel de huelgas, de protesta cívica u otras formas, podemos y debemos promoverlas, concientizándolas, e iniciarlas –de manera metódica y limitada en el tiempo y en el espacio– en las fábricas y centros de trabajo, exigiendo ajustes salariales para solventar la hambruna en ciernes, la seguridad personal y jurídica, además del desabastecimiento general crónico. En las universidades y otras instituciones educativas solicitar lo mismo; de igual manera, en los hospitales públicos y privados, agregando la exigencia de dotación de medicinas e insumos ante la dramática carencia. En los mercados privados y públicos exigiendo la dotación plena de los artículos de primera necesidad, la derogación de las captahuellas y de la alcabala infame y discriminadora de acceso a estos comercios de acuerdo con el terminal del  número de la cédula para adquirir, si se consiguen, determinados alimentos y artículos. En las calles y plazas públicas de barrios y urbanizaciones; hilvanadas o individuales. En fin, protestar racionalmente donde sea menester y por las causas conocidas así como las que sobrevengan. En, o en los alrededores, de las dependencias oficiales –responsables del caos reinante– a escala nacional, regional y municipal. A todas las manifestaciones se les debe incorporar las peticiones y todas las consignas de carácter político: libertad de los presos y el retorno de los exilados, cese a los medios coercitivos que limitan la libertad de prensa, retorno de los militares a los cuarteles, fecha de elecciones –para votar nulo a quien le apetezca, o por quien le parezca– y la recomposición de todos los poderes públicos de acuerdo con la carta magna. (3). La lucha en la calle; pacífica y constitucional, repito, debe estar armonizada con todas las reivindicaciones de carácter económico, social y político, sin permitir que ninguna prevalezca sobre las otras, puesto que todas forman parte indivisa de la crisis nacional. La resolución de esta debe ser global, no parcializada o en estancos, sujetas a esperas utópicas suspendidas en el tiempo y en el espacio, esperando un futuro incierto de manera pasiva, meramente defensiva.

Así las cosas, debemos estar preparados –mentalmente, anímicamente, valientemente, con el debido diseño estratégico consensuado y solidario– para incrementar, con orden, concierto y escalonadamente, todas las formas de lucha permisibles, obviando el predominio de subjetivismos e individualismos. (4). Si llegare el caso, derivado por la tozudez o represión indebida gubernamental, distanciada hace tiempo del texto constitucional, intentar la huelga de hambre personal y/o colectiva al alimón con una huelga o paro general indefinido. Estas extremas medidas, además de otros componentes de la desobediencia civil, pueden usarse si se hace factible la aplicación del artículo 350 constitucional: “El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación y autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.

 

Notas:

(1)             Debo agradecer la invitación del profesor Agustín Blanco Muñoz para participar como ponente en la Cátedra “Pío Tamayo”, del Centro de Estudios de Historia Actual de la UCV, en el foro realizado el pasado 8 de junio, sobre la premisa: ¿Tiene sentido y procedencia la protesta de la huelga de hambre en una dictadura-militar-policial-civil? a la cual, lamentablemente, no pude asistir por encontrarme fuera de la ciudad.

(2)             Si el gobierno facilitó su injusta muerte, no existen elementos para presumir que en esta oportunidad varíe su conducta. Esto hay que ponderarlo y asumirlo.

(3)             Se demostró una vez más la ignominiosa confabulación, con entera impunidad y en armonía plena, entre el gobierno y sus satélites: (milicos, policía nacional y colectivos armados –todos agavillados– con el espaldarazo del “defensor del pueblo” etc.) para cerrar vías públicas y agredir a los parlamentarios brasileños la semana pasada.

(4)             El pasado jueves la señora Tintori, unilateralmente, convocó una marcha para el sábado. Entiendo su preocupación ciudadana y personal. Soy solidario con su lucha, que es la de casi todos. Los arranques emocionales, por más justos que sean, no son los mejores consejeros porque obnubilan el juicio y nos ubican en falsos dilemas. ¡Libertad plena para todos los presos políticos!

 

cheye@cantv.net

@CheyeJR