• Caracas (Venezuela)

José Nicolás Briceño

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José Nicolás Briceño

Iglesias y su “revolución”

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El último barómetro del CIS español (octubre 2014) revela el llamativo aumento, para sorpresa de propios y extraños, de la popularidad con que irrumpe en la carrera electoral el novedoso partido Podemos. Este hecho, que se ha venido vaticinando por distintas vías, surge a la par del creciente descontento hacia las organizaciones tradicionales de la política española, la grave crisis económica que atraviesa el país y la abrumadora incapacidad y falta de credibilidad que estas organizaciones poseen actualmente para conectar con las masas; con un electorado apático, cansado y cada vez más descontento.

Lo que se avecina es un horizonte poco alentador. Este fenómeno no puede ser visto como una situación coyuntural dentro de un sistema político como el español que ha sido considerado, hasta el momento, como una democracia consolidada. Si las aspiraciones de este emergente sector político se concretan en un respaldo popular y mayoritario, se convertirá en “algo más” y se puede avizorar el quiebre del sistema.

Para estas corrientes, revertir el sistema se hace indispensable. Indispensable para “atender los reclamos” de las grandes masas desfavorecidas. Indispensable para poner el Estado “al servicio de los ciudadanos”. Indispensable como único camino viable de obtener “más y mejor democracia”. Indispensable para frenar a ese pequeño grupo de arriba que “oprime” a los de abajo. O, por lo menos, eso es lo que se ofrece. Este es el discurso y su punta de lanza en una campaña electoral es la lucha contra la corrupción.

La corrupción se transforma en la bandera social y política para estos nuevos tiempos de cambio y revolución. Un mal que solamente se podrá vencer si se aniquila el sistema perverso que la hace posible. Se trata, en síntesis, de acabar con el antiguo régimen para instaurar el nuevo. En esto consisten los tiempos revolucionarios, arrasar con “lo malo” arrastrando lo bueno. Es un discurso que fluye y se cuela con facilidad, pero es un discurso engañoso. Por eso la pregunta que trasciende es clave y nada superflua: ¿es democracia lo que se está ofreciendo?

El asunto es práctico. La apatía se convierte en cambio y el cambio, en revolución. El mayor insumo que tienen estos nuevos movimientos políticos para hacerse con un insospechado número de seguidores, y lograr conformar una mayoría, es el descontento generalizado hacia “lo presente” que inflama una vocación de cambio. La batalla no se plantea contra un gobierno ineficaz y corrupto, sino contra el sistema que ha sostenido un modelo político que se percibe devaluado y en quiebra. Un modelo que podría quedarse sin respuestas ni propuestas oportunas ante lo que se define como la crisis de su propia legitimidad.

Si lo que parece es cierto, el cambio será democrático pero solo en parte. Se iniciará en las urnas para luego continuar con la progresiva e indetenible profundización de un proyecto político que tocará las fibras más sensibles de la democracia, aquellas que no se deberían manosear porque son el fundamento de su viabilidad y el muro de contención contra los abusos del poder.

Elementos que se suponen lógicos y estables cuando se habla de democracia constitucional como el Estado de Derecho, la separación de poderes, la protección de los derechos individuales y la representatividad parecieran perder vigencia en este tipo de crisis, se ponen en tela de juicio y se duda de su eficacia. Se propone, en cambio, la superación de estos principios a partir de conceptos aparentemente más congruentes con una realidad actual y más democrática: Estado social, derechos sociales, cooperación de los poderes, participación; pero diseñados y aplicados desde la óptica de una hegemonía política predominante que va surgiendo, cristalizando e informando las nuevas instituciones que sustentarán “el cambio”.

Iglesias y la dirección política de Podemos no están improvisando en absoluto. Su discurso y planteamientos están muy bien argumentados y su estrategia, hasta ahora, impecablemente trazada para conseguir el poder. Un discurso de cambio condimentado con atractivas promesas: más igualdad, más derechos sociales, más participación… Pero al que no le faltará la consolidación de un Estado fuerte (y con tintes autoritarios) que impulse y haga posible la drástica transformación. Y es que este “experimento” español, que va tomando fuerza día a día, ha tenido su laboratorio previo en las debilitadas democracias latinoamericanas del siglo XXI. Ahora le toca a España. Si los ciudadanos españoles quieren entender lo que les está ocurriendo, deben “bajar la mirada” y detenerse a considerar la ruta que han transitado países como Venezuela.

Chávez no improvisó. Y sus asesores, algunos vinculados a la marca Podemos aunque ahora se desmarquen, tampoco. Creer lo contrario ha sido un error que todavía padece la oposición venezolana. En Venezuela, a partir de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, cambió el sistema. La ruptura se materializó y la ruta fue “muy simple” y dramática. Junto a una acentuada crisis de legitimidad y el quiebre del sistema anterior, se accedió al poder democráticamente para cambiar la Constitución y servir la mesa para que todos los poderes públicos llegaran a manos de una sola parcialidad política, y eso no ha variado en quince años. La estatización, el control de casi todos los medios de producción, una dirección voraz y centralizada de la economía, las expropiaciones o el ahogamiento de la empresa privada, el control y la hegemonía de los medios de comunicación, la censura previa de la información y la opinión, la detención de dirigentes políticos de oposición o de estudiantes por protestar… Todo eso ha venido después, progresivamente.

El panorama político de estas democracias débiles, que en situación de crisis se muestran poco institucionalizadas y con escasos elementos de contrapeso, es ceder ante un sistema plebiscitario y populista en la práctica, con una visión hegemónica y total del poder del Estado sobre la sociedad. Es el nacimiento de modelos deficitarios e iliberales de democracia. Nuevos modelos que se constituyen en formas de conquista y ejercicio del poder, y que se hace vital descifrarlos para entender su contenido y finalidad real.

El discurso se mantiene. La prédica constante de una aparente apertura y amplitud democrática tiene una acogida favorable en los anhelos de ingentes mayorías que aspiran a que las instituciones de su país funcionen, que los dirigentes sean responsables y que se resuelvan sus problemas cotidianos. Pero sucumbir ante este tipo de modelos es pagar un precio muy alto y su resultado, por la experiencia latinoamericana, una estafa social y política que solo el tiempo podrá evaluar.

La apatía se convierte en cambio, el cambio en revolución y la revolución en una incógnita. Quedará en manos de los ciudadanos tomar decisiones cruciales para perseverar en el camino democrático. La gran interrogante será descifrar si la cultura política de un país, y su mayor o menor grado de institucionalización, son capaces de frenar estos ímpetus revolucionarios que no se detendrán.