• Caracas (Venezuela)

José Miguel Insulza

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La Cumbre de las Américas: un triunfo del diálogo

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La  VII Cumbre de las Américas cumplió con todas nuestras expectativas: por primera vez estuvieron en estas citas hemisféricas, sentados y dialogando en la misma mesa, los Jefes de Estado y de Gobierno de  los 35 países de América. Un hecho histórico que tuvo también un gran corolario: por primera vez, desde hace más de medio siglo, los Presidentes de Cuba y Estados Unidos, dos países separados por menos de cien millas, tuvieron una conversación directa. 

Fue una Cumbre con  grandes momentos de armonía y entendimiento, pero también de agitada retórica y a veces, como lo dijo el Presidente Obama, pareció que algunos querían hablar más del pasado  que del futuro. Pero, en cualquier caso, si hablamos de historia:  ¡qué lejos  estuvieron del clima de esta Cumbre, los tiempos en que invitar al Presidente de Cuba a una  reunión a la que concurría el Presidente  de Estados Unidos, suponía tomar medidas logísticas para evitar que se encontraran, aun por casualidad!

Los tiempos han cambiado en favor del diálogo y no solamente en la VII Cumbre. Hoy se dialoga para que haya paz en Colombia, después de más de medio siglo de conflicto armado; se sientan a la mesa Belice y Guatemala para resolver un problema que siempre ha acompañado su relación bilateral; las fuerzas políticas de El Salvador firman un acuerdo para trabajar en conjunto, después del ciclo electoral más reñido de la historia de ese país; en Haití, se alcanza un acuerdo para realizar elecciones y alejar los riesgos de un gobierno de facto. En los últimos diez años, la OEA ha observado más de 100 elecciones en una región que antes tenía muy pocas y, mejor aún, hemos visto como el poder cambia de manos en numerosos países, sin que esto provoque convulsiones mayores.

Parece que finalmente nos hemos dado cuenta de que el diálogo y la conciliación dan mejores resultados que la confrontación y la exclusión. Por eso los rostros de satisfacción en Panamá, sin vencedores ni vencidos.

Todo lo anterior nos invita a pensar que la VII Cumbre es el gran comienzo para una nueva era en las relaciones interamericanas: una era que se caracterice de manera creciente por el respeto a   la inclusión de todos, por el respeto a la soberanía de todos y por el respeto irrestricto a la democracia y los derechos humanos. Como dije en mi discurso ante la Cumbre, estos son principios esenciales que no siempre se muestran compatibles. Todavía tenemos democracias imperfectas y casos de evidente retroceso. La democracia no sólo se construye; también puede desconstruirse por el abuso, la arbitrariedad, la violación de los derechos humanos, el irrespeto del estado de derecho.

Eso no significa, sin embargo, que debamos volver a recurrir a la intervención o la exclusión para imponer principios por la fuerza  y desde fuera. Nadie quiere eso ya como un camino para este hemisferio. El único camino posible es el que predominó en Panamá: la disposición al diálogo y al acuerdo deben reemplazar a la diatriba, la exclusión y la imposición.

Hubo otro breve encuentro en Panamá, entre los Presidentes de Estados Unidos y Venezuela. Ojalá a partir de el se llegue también a un mejor entendimiento entre ellos. Y ojalá también que el espíritu que reinó en la VII Cumbre ayude a todos los actores políticos y sociales de Venezuela para encontrar, por la vía del diálogo, acuerdos que permitan la libertad de las personas detenidas por razones políticas, un proceso electoral inclusivo y transparente y los compromisos necesarios para alcanzar, soberanamente, un camino democrático, apegado a su Constitución y con respeto de los derechos de cada uno sus ciudadanos.