• Caracas (Venezuela)

José Luis Ávila

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José Luis Ávila

El subsidio tiene la culpa

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Caminar o pedalear se ha convertido más que en una tendencia, en una forma expedita para mejorar la calidad de vida, el rendimiento laboral y la autonomía frente al caos urbano. Según datos del Instituto Metropolitano de Transporte, reflejados en el Plan Caracas 2020, cerca de 20% de los viajes en la capital son enteramente peatonales. Aunque usted no lo crea, más de 700.000 personas se movilizan completamente a pie por Caracas sin usar transporte público.

En este sentido, la Fundación Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires calculó hasta cuántas cuadras se puede considerar una distancia caminable. El resultado fue que hasta diez cuadras hay que caminar; hasta 30, usar la bicicleta; y para distancias más largas, lo recomendable es tomar el Metro o transporte superficial y dejar el auto sólo para desplazamientos que no generen congestión.

Claro, Buenos Aires es una ciudad plana y urbanizada con mezcla de usos, no como Caracas que está rodeada de colinas, atravesada por un río y llena de suburbios en el sur. Lo cierto es que el vehículo como paradigma de comodidad y control del tiempo está cambiando, pero aquí nadie se baja del carro por nada. Datos del Inmetra revelan que los habitantes de los polos de la capital pueden llegar  a perder hasta 60 días al año en el tráfico.

El subsidio otorgado a la gasolina en Venezuela es ya un absurdo histórico porque indemniza al segmento de mayor ingreso de la población. Alcanza los 16.000 millones de dólares anuales y supera a todo el presupuesto nacional en salud y educación.

Como si fuera poco, el transporte público de Caracas está privatizado. Los conductores se lucran por prestar el servicio. Hoy un caraqueño paga 7,5 bolívares por un viaje en una camioneta por puesto mientras un conductor paga en promedio 3 bolívares por llenar su tanque una vez a la semana.

La inequidad se incrementa cuando conocemos que la edad promedio del transporte superficial es de 20 años y presta un pésimo servicio.

Este sinsentido también tiene que ver con nuestra falta de ciudadanía. ¿Cómo es posible que de los 3,5 millones de caraqueños, sólo 20% se traslade en carro, pero ocupa las tres cuartas partes de las vías, obstruyendo el traslado del otro 80% de la población, que paga el doble por montarse en una buseta?

Construimos una ciudadanía en torno al consumo y hoy estamos pagando las consecuencias. No se trata de expulsar al carro de la vida urbana sino de parar su uso indiscriminado. Acabar hoy con el subsidio a la gasolina le permitiría al Estado adquirir un sistema de transporte moderno, integrado y para todos.

El nuevo lujo urbano es caminar y decenas de ciudad en el mundo ya lo saben. En Caracas la situación no cambiará hasta que pagar por la gasolina nos duela. Es así.