• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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La violencia

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Lo humano es lo ambicioso: todo lo que ha sido marcado por el hombre es en pos de su propio beneficio. Los comportamientos autodestructivos, son, por lo general, vistos con malos ojos. Desviaciones, psicopatías, porque lo que importa en la vasta mayoría de las culturas es el progreso.

Sam Harris, neurólogo y filósofo ateo, racionalizó que la única manera de que aceptaría la tortura sería en casos de extrema gravedad. Como dijo Slavoj Zizek con sorna: No vas a torturar a un niño por robarse un chocolate, ¿o sí? Hay también una franela que vi por Internet: tenía unas pirámides y una frase debajo: Slavery gets shit done. La esclavitud hace que las vainas funcionen, pues.

La violencia permea toda nuestra sociedad. Walter Benjamin lo parafraseó de este modo: No existe monumento en la civilización que también documente la barbarie que lo rodea.

Se supone que lo civil es la mesura, el autocontrol, la sociabilidad, la humanidad, en suma. Lo barbárico es el desorden, el caos, la suciedad, el descontrol. La violencia.

En la dicotomía barbarie-civilización, a la violencia se le ha desdeñado como inhumana y contraria a lo normal. Pero la historia no parece dar virtud de ello. Nuestra historia es un cuento de violencia y fuego. Guerras y conquistas. Liberaciones también.

Con la llegada de la tecnología en el siglo XIX no solo prosperó la vida: también floreció la muerte. Su automatización, con más armas químicas y de destrucción masiva, concluyó con los campos de exterminio nazi en la Segunda Guerra Mundial: la muerte, la violencia como fábrica.

¿Es lo violento un impulso netamente humano? La violencia gratuita al parecer es monopolio exclusivo nuestro, una parte mala de nuestra conciencia. Somos los únicos que sabemos que podemos –y estamos– causando daño. No es solo por defensa o supervivencia. Es por diversas razones. Placer. Psicopatía.

Y en nuestro mundo de hoy: supremacía ideológica. La violencia ha encontrado su cauce más versátil en un arma política sin precedentes, que no necesita ni instituciones, ni votos: el terrorismo.

El terror se apodera de Beirut. De Níger. De Aleppo y de París. Las calles se llenan de violencia. El Estado de Derecho se desborda ante lo barbárico. ¿Qué hacer? Racionalizar el ataque y encontrar una respuesta acorde.

Sanitar la violencia y mandarla no en la barbárica forma del terrorismo, sino en la solemne respuesta de venganza. ¿Es la violencia la respuesta? ¿Es la violencia civilizatoria, o barbárica?

La respuesta militar contra la supremacía ideológica que propone establecer el Estado Islámico es necesaria. Pero no es lo único. La derrota es también intelectual. Es social. Es acabando de una vez con la espiral de violencia que acorrala a nuestro planeta.

¿Pero cómo se deshace uno de un impulso tan humano, que permea el discurso, el habla, los gestos y nuestra mismísima conciencia?