• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

La violencia en Andrei Rublev: de cómo la barbarie se filtra en la civilización

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Es común ubicar el inicio de la violencia –al menos la literaria– del hombre contra el hombre cuando Caín mató a su hermano Abel en tiempos bíblicos. Desde ese momento, tanto en la literatura como en los acontecimientos reales, numerosos acontecimientos han marcado el compás histórico que acompaña a la humanidad desde sus inicios.

A medida que se ha avanzado en la civilización, mejor se han vuelto las armas para aniquilar hombres. John Zerzan, un filósofo estadounidense, apunta en su ensayo Contra la civilización que el ápice de la civilización ha sido el holocausto nazi. Esto es, la automatización de la muerte.

Sin duda, esta es una lectura muy freudiana y psicoanalíticamente ortodoxa de la situación. Un pulso de muerte, Tánatos, que siempre está debajo de la pulsión de la vida, Eros.

Otra lectura que se le da al siempre presente de la violencia, que muchas veces arrastra consigo a la muerte, es la que el filósofo francés Michel Foucault le da en su libro Vigilar y castigar: La violencia como método espectacular de control. Las ejecuciones públicas como advertencias de que quebrantar la ley acarrea la muerte. Y en tiempos más modernos, de que el horror de la violencia gráfica  se ha enfocado en sitios más alejados físicamente de uno, pero aun así siempre presente. Lugares como cárceles, barrios en nuestra Venezuela, películas u otros medios de entrenamiento nos siguen recordando que ese factor siempre está ahí.

En la obra cinematográfica de Tarkovski, y poniendo hincapié en su película Andrei Rubliov, podemos encontrar una lectura que se puede contrastar con estas dos anteriores: la violencia cristiana, ascética tal vez, purificadora, necesaria para obrar como buen cristiano.

Emular los dolores de Cristo para poder ser como él en su cenit. Un hombre perfecto. El hijo de Dios.

Esto es indispensable en el camino personal que toma Andrei Rublev como artista sacro: imitar a su musa. Citando la guía de estudio Exilio interior: el alma rusa en el cine de Andrei Tarkovski.

La segunda es que esto era indispensable (la violencia) para nuestro tema: los horores que vió Andrei Rublev. Y en la medida en que nuestro relato es muy realista, no podíamos limitar al plano solamente los sufrimientos de Rublev y mostrar el reflejo en su ánimo de las pruebas sufridas.

Esto es, en efecto necesario para demostrar en celuloide la transformación de Rublev en artista de lo sacro. Una especie de pasión de Cristo en la cual Rublev es el mártir de su destino. Los hechos que presencia, tales como las invasiones de los tártaros o el arresto del culto pagano son necesarios para que reflexione sobre la naturaleza de la violencia como vehículo de expiación en su arte.

Puesto nuestra civilización es una necesariamente cristiana, ya que tanto nuestra historia como la rusa han sido marcadas por la aparición de Jesús en la historia humana, la de Rublev es una cruza que podemos ver en nuestro día a día, y de nuevo sacando a colación Vigilar y castigar de Michel Foucault, podemos ver cómo de una sociedad marcada de sangre como la rusa –Recordemos personajes como Iván el Terrible, o del siglo pasado como Iosiv Stalin– y las nuestras de Occidente, no hay demasiada diferencia.

La intención de Andrei de retratar una sociedad medieval, es decir, una sociedad necesariamente violenta, es también apegarse a una honestidad histórica e incluso tal vez intelectual y psicológica, ya que la violencia, como se ha apuntado más atrás en este mismo trabajo, realmente no ha desaparecido: solo ha cambiado de sitio y sintonía. Ya no vemos masacres en nuestra realidad espacial. Ahora se han cambiado a los medios de comunicación masiva, y no con el objetivo único de amedrentar y controlar.

Ahora se usa la violencia como marca de entretenimiento. La ruta del artista asceta ha sido banalizada.