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José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

La verdad de la mentira

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Mario Vargas Llosa en un ensayo sobre James Joyce llamó a la clase media “la clase sin héroes por excelencia”. A lo que se refiere con esta afirmación es que el sándwich sociológico llamado “pequeña burguesía” por el marxismo ortodoxo es un grupo sin grandes héroes valerosos. Los héroes siempre vienen de las altas esferas –Ulises, Aquiles, el rey Merlín– o de las clases bajas –Robin Hood, Oliver Twist, Jean Valjean–. En el medio, siempre está el hombre común (el del medio), el que sufre por la monotonía y se deja llevar o por sus demonios o por sus fantasías.

Ejemplos del primero pueden contarse a los grises antihéroes como Raskolnikov o Mersault: tipos carcomidos por sus propias conciencias. No son batallas dialécticas contra monstruos o por poder –como en las historias de los héroes nobles– ni contra la injusticia y el mal –como los héroes de las clases–. Son simples luchas contra sí mismos.

El héroe que encapsula por excelencia este sentir es Alonso Quijano, vuelto Don Quijote por un exceso de lecturas de caballerías. No da rienda suelta a su ser a través del tormento: lo hace a través de las fantasías que suponen las aventuras que se inventa en su propia cabeza. Y es que aquí entra el meollo del asunto. El Quijote a primera vista vive una mentira. Es parte del pacto ficcional que nos hace firmar Cervantes a nosotros sus lectores.

Don Quijote es víctima de un revés epistemológico: el solipsismo radical. Solo lo que percibe su mente es real, ipso facto. Aunado esto a una desconexión dialéctica con la realidad palpable, Don Quijote ha cortado toda facción con la realidad palpable y se ha encerrado en un mundo meramente metafísico. Pienso, y nada más. Existir es secundario en este caso.

La realidad del Quijote es una metarrealidad: una realidad dentro de otra. Es la deformación de un mundo en la mente de su protagonista. Los avatares –por llamarlos de algún modo– que sujetan el mudo ficcional de Miguel de Cervantes en la España medieval son sus adversarios y amigos (salvando a Sancho Panza).

El Quijote es (meta)irónico porque dentro de su realidad vive algo palpable en el mundo real. Es a la larga una batalla contra sí mismo. Es una burla al género y también al hombre feudal de su época, el protoburgués luego convertido en clase media. El héroe “bueno” que tiene la clase media –contextualizado a la época– es uno al que siempre le va terriblemente mal. Pero al menos, en su realidad, no está tan mal todo.