• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

Yo seguía órdenes

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Somos un país enamorado de los militares. De Páez para abajo. Porque nos gusta un hombre fuerte. Un tipo rudo. Alguien que comande, que ordene, que arrincone, que mandonee y sea agresivo en todo momento, a cada rato. Un cuatriboliado. Alguien que ponga orden. ¡Orden por todos lados! Porque si no fue Páez deteniendo revoluciones e intentonas de golpe de Estado él mismo, fueron entonces todos los demás, que bañados en la gloria propia del milico, se envalentonaron de frases-moralejas y se pusieron sus botas para recorrer un país fragmentado e incomunicado.

Un país que en su nacimiento, devastado por la guerra y el hambre, se encontró sin modo de aferrarse a su tierra que en un monolito: Bolívar, claro está. Pero más allá del hombre, se encontraron acaudalados en batalla tras batalla, y hoy por hoy, así seguimos.

Es difícil romper con las tradiciones. La historia es una jueza implacable, y somos todos acusados en su estrado. Porque hoy en día, el general-ministro-administrador-presidente-mandamás es tan folklórico como la danza de los diablos del yare. O el catolicismo. Somos fanáticos de los íconos. No somos sin una transferencia de poder a algo o alguien. Morimos por símbolos. Sin ellos, estamos destinados a ser errantes. O así queremos creer.

La lealtad a lo militar en este país es un axioma que no debería considerar más que unas líneas. Je suis Muchedumbre. Cuando la muchedumbre se exalta, necesita un pastor que los guíe. Porque sin dirección vertical, no somos nación, o pueblo. Somos masa. Sin la mano fuerte que nos amolde, nos fregamos.

Chile, un país de tradición conservadora (por esto Roberto Bolaño no quiso volver por largo tiempo), que treinta años atrás sufrió de la bota de Pinochet, aprobó la semana pasada la unión civil igualitaria. De tener campos de muerte, a celebrar el amor, el Estado chileno ha recorrido largo trecho.

Lo mismo en el resto de América Latina. Han roto con gran parte de su tradicionalismo –encadenado a la Iglesia, se destaca– para avanzar en derechos que deberían, por sentido común, darse por sentados.

Claro que acá, mientras la acusación que Jorge Arreaza hizo el año pasado en la XXIV Cumbre Iberoamericana de que éramos víctimas de un “robo de cerebros” –efectivamente destruyendo toda ilusión, por lo demás estúpida, de integración latinoamericana–, en el resto de la comunidad latinoamericana la gente se beneficia de leyes que los amparan de los abusos de sus Estados.

Acá, si lo que publicó la Gaceta de la semana pasada es cierto, nos gobernará la Ley del Plomo.

Evolucionar de horda a tribu no es fácil.