• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

José Ignacio Calderón

El renacer de una calamidad

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Del hombre hay de todo. Pósteres, chapas, bandas de metal olvidadas en Myspace recordando su memoria. Fanáticos de las más variadas clases. Yo mismo he hablado con tipejos de pelo largo, marihuanos confesos, alabando sus distintas obras arquitectónicas y aquella ley que lidiaba con los “vagos y maleantes” –no pude evitar dejar de escapar una risita al ver esa frase salir de su comisura, mientras el chicho de marihuana colgaba de ella–, rememorando una época que ninguno vivió, añorando de cuando el dólar era más fuerte que el bolívar –¿realmente importa tal estupidez cuando el solo hecho de cuestionar te ganaba un cable eléctrico en los testículos?–, entre otras muchas nimiedades.

Lo que yo no pensaba encontrar eran manifestaciones populares en su alabanza. El Internet me ofreció escuchar un merengue en su honor, uno cuya letra abría la canción con los versos: “Venezuela tiene un nombre que no se puede olvidar/ ese nombre se le debe a nuestro general/ con Marcos Pérez Jiménez todos debemos luchar”.

La verdad es que ese detalle sí me sorprendió. Luego encontré gaitas zulianas a su nombre. Un género reservado para la parranda, celebrando a un déspota. Típico del fascismo: apoderarse de la cultura y machacarla para darle ese toque folklórico, de “pueblo”, al dictador.

Es sorprendente encontrar que anacronismos como este encuentren eco en las personas todavía, y más aún en gente de mi edad: la generación Y, como la bautizó la revista Time. La generación de las redes sociales, de yo yoyo, ha buscado en nuestra convulsa historia política algún reflejo que los ayude a comprender el porqué, y más acuciante en un grupo de gente como el nuestro, que busca la inmediatez, ¿qué viene después?

La expresión: “Aquí se necesita mano dura” ya es común en nuestras bocas. La inseguridad personal ha despertado la supervivencia en todos: queremos algo que detenga cualquier cosa que amenace nuestra vida. Algunos, en un primer arranque de inteligencia, buscan en el pasado para ver si en un modelo, político, presidente hubo realmente eficiencia. Una parte se estanca en Marcos Pérez Jiménez, el hombre que, mediante un golpe de Estado, se atornilló en el poder político el 2 de diciembre de 1952.

Precisamente 62 años después, en nuestro año 2014, unos siete jóvenes salieron a relucirse y re-establecer su legado –plagado de horror, campos de concentración, marchas filonazis, torturadores, y un largo y doloroso etcétera– en la mesa mediática.

Y nada es más peligroso que esto.

En Europa, el año entrante, se van a celebrar 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, y, también, el período de paz más largo que haya vivido el continente jamás. Esto es, claro, si no tomamos en cuenta la guerras balcánicas de los noventa y el actual conflicto ucraniano. A pesar del esfuerzo público de conmemorar 2015 como una advertencia contra el fanatismo extremo, el auge de la ultraderecha es notorio y alarmante en la mayoría de los países de la Europa occidental –protagonistas principales de la Segunda Guerra Mundial, por cierto–. ¿El centro de esto? Marine Le Pen, presidente de Front National, y la encargada de que la verborrea clasista, racista, antisemita y homofóbica de su partido haya ganado la aceptación del público francés, por lo demás, uno del cual se podría decir que es culto y leído.

El caldo de cultivo para que esta gente pueda germinar son los problemas: inseguridad, desempleo, zozobra económica, y desconfianza en las instituciones públicas. En Europa la recesión ha golpeado a la gente, y buscan, también, respuestas contundentes de vuelta. Poco a poco, completan ese “eterno retorno” del que habló Nietzsche.

En tal  ambiente, el racialismo (nuestro país es lo primero), la xenofobia (los inmigrantes son malos), y el antiindividualismo (uno con el Estado, y nada fuera de él), aunado a un discurso incendiario que se jacta de ser antisistema y en contra del partidismo, la llamada “tercera opción” encuentra el sitio idóneo para desarrollarse paulatinamente.

Como víctimas de la globalización que somos, el fascismo-nacionalismo, ese excelente producto de exportación europeo, llega a nuestras tierras nuevamente para relucir su contenido calórico frente a los otros productos del anaquel, y muy especialmente haciéndole competencia a otro producto importado: el socialismo del siglo XXI envasado al vacío.