• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

No preguntes ni digas, ni nada

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Para ser los abanderados de los oprimidos, el chavismo –en especial sin Chávez– ha hecho un trabajo, por llamarlo de algún modo, desastroso en la reivindicación de las minorías de todo tipo. El feminismo es, por desgracia, algo así como un chiste. ¿Qué feminismo si hay un patriarca por defender? El indigenismo, un mito pisoteado por el gobierno occidentalista y su bota militar. Y es solo por mencionar dos aristas nada más.

Venezuela en general –siendo justos con la historia de este país– ha sido desgraciada con un historial de pasar por encima de los demás que no sean dignos del legado de Bolívar. Comenzando por la mutilación histórica de la que somos víctimas: no podremos nunca superar la épica de la Independencia. La seguimos arrastrando 200 años después, menos como un episodio en la construcción de la república y más como un nicho de marketing estatal que debería pasar al retiro de una vez por todas.

El mito ha persistido en todos lados, pero la diferencia de este gobierno nada más ha sido una pequeña reforma discursiva. Somos el gobierno de los pobres. Del pueblo. No está en mis ánimos disgregar qué significa pueblo exactamente en el discurso madurista, pero en definitiva no incluye a mujeres, indígenas, sindicalistas adversos, ni mucho menos homosexuales, por mucho el grupo minoritario más pisoteado, vejado, burlado y violado –sí, violado– de todos.  Empezando que ni nombre tienen en la Constitución.

Y no es solo obra del gobierno. Como seguimos en independencia, tenemos mentalidad de cabildo y la política venezolana se empeña a meter la iglesia en todos lados, que más bien ha hecho un trabajo formidable para marginar venezolanos solo porque no entran en su pequeña concepción del mundo. Chavismo e iglesia son idénticos en conservadurismo: si usted no tiene testículos, y no los usa en pos de la reproducción (como manda Dios en el Antiguo Testamento), pues ¡no hable y ya! ¿De verdad tiene algo importante que decir? No.

Ya Freddy Bernal la semana pasada, haciendo gala de una historiografía cultural formidable, informó al país que: “No es nuestra cultura” que hayan policías homosexuales. Así, pues, se cumple la teoría de la herradura: los extremos se tocan (la ignorancia también). Clinton –una mancha para los demócratas estadounidenses– había promulgado en los noventa su ley Don’t ask, Don’t tell (No preguntes, no lo digas) en la cual homosexuales podían servir en el Ejército estadounidense, siempre y cuando no hicieran gala de su orientación sexual. Yankee Go home? ¡No! Yankee come y díganos qué leyes promulgar.

Claro que no es monopolio exclusivo del chavismo o la iglesia estas lamentables situaciones (permito recordarles a Elías Sayegh, por ejemplo), pero sí se baten duro para estar de primeros en la lista. Pero bueno, es lo que los patriarcas Bolívar y Chávez hubiesen querido. Se paran derechos, soldados. Nada de quebrarse.