• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

¿La política es para los estúpidos?

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La semana pasada el cónsulo de República Dominicana en Nueva York, Eduardo Selman, acusó a Junot Díaz, escritor galardonado con el Púlitzer por su novela La maravillosa vida breve de óscar Wao –cuya lectura recomiendo con ahínco- de “antidominicano”.

¿La razón del perjurio a la patria? Denunciar que el gobierno de República Dominicana mantiene una campaña de terror y persecución étnica contra los inmigrantes haitianos y los ciudadanos dominicanos de origen haitiano.

El estado dominicano tiene una larga, rica y nada envidiable –si le tienen envidia a dicho protocolo, recomiendo visitar a un psiquiatra- tradición de persecución y exterminio contra los dominicanos desde los tiempos coloniales, y que al parecer se volvió deporte gubernamental con el ascenso al poder del dictador Leonidas Trujillo en 1930.

Junot Díaz, dominicano-americano, se reunión con la también escritora haitiana-americana EdwidgeDanticat para denunciar la crisis humanitaria que se vive entre Haití y República Dominicana ante el congreso estadounidense.

El binomio de todo buen escritor es el talento literario y el compromiso intelectual; sin el primero, se es un –sencillamente- hablador de paja. Sin el segundo, pues un onanista ególatra: el arte necesita público.

Y es el compromiso intelectual lo que precisamente necesita un mundo como el de hoy –no en el caso de Vargas Llosa, que ha hecho cosas como pedirle al ejército estadounidense que invadiese Haití en 1986-, donde se le acusa a un hombre de “antidominicano” por denunciar persecuciones étnicas, o cuando Benjamin Netanyahu en un congreso sionista –también la semana pasada- declara que el muftí de Jerusalén desde 1921,  HajjAmin al-Husayni, fue el arquitecto más prominente del holocausto judío.

Con esta simple afirmación, Netanyahu disminuyó la culpa histórica de Hitler, deformó los hechos factuales, y se apuntaló un arma contra su enemigo actual: el movimiento independentista palestino. 

El psicólogo francés Pascal de Sutter en su libro “Estos locos que nos gobiernan” ilustra muy bien la fórmula del por qué los políticos se permiten decir semejantes barbaridades: para la opinión pública, y más especialmente, para sus seguidores, el líder no puede demostrar debilidad, cueste lo que cueste. Minar su credibilidad es suicida.

Lo que nos lleva a otra cuestión: ¿La política entonces es –en una parte del tiempo- un ejercicio de estupidez? ¿Pueden los políticos decir lo que les dé la gana, como les plazca?

Pues… Si. Si pueden. Es parte del contrato democrático que conocemos como libertad de expresión.

Pero también existe el derecho a réplica. Porque una afirmación falaz merece ser refutada. Porque una idea como la de que denunciar una crisis humanitaria o de acusar a un pueblo entero de idear el holocausto son ideas estúpidas, pero ideas al fin.

Solo queda el compromiso de argumentar contra ellas.