• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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El “pensar” venezolano

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Es época difícil en este país. La intelectualidad se ha vendido al mejor postor, que en una economía que busca la centralización es la mayor empresa: el Estado venezolano. No negaré que antes no era así, pero ahora el nivel de compromiso que exigen estos tiempos –por estar en una revolución y toda la demás cháchara– es otro. Es “férreo” al parecer.

Esto no es la URSS, aun así. Ni siquiera llegamos al nivel intelectual de Cuba. Cualquier idea que se le tenga, la Cuba de Fidel ha producido tanto del lado de allá –el del Estado– como el de acá –el de los disidentes– obras y libros geniales. Guillermo Cabrera Infante, Silvio Rodríguez, Reinaldo Arenas, el propio Fidel Castro y sus primeros discursos (luego se volvieron cursis y sosos).

Es cierto que la Revolución cubana nos lleva más de cuarenta años de ventaja, pero para sus primeros quince, esta ya se dignaba de tener algo de producción cultural, disidente o no. En Venezuela, al parecer, nos ahogamos en petróleo, y nada más.

El uso del intelectual para pulir imágenes de gobiernos no es nuevo de gobiernos latinoamericanos: es una práctica que consiguió su auge en la primera mitad del siglo XX, junto con el nacimiento de los medios de comunicación masificados. Los Estados totalitarios como el nazi o el estalinista no eran estúpidos: sabían que la mejor manera de doblegar conciencias era con la pleitesía a la autoridad.

Y como decía Baudelaire, solo hay tres tipos de hombres que valen la pena para esto: los sacerdotes, los poetas, y los soldados. Es imperativo tener buenas relaciones con estas tres aristas para gobernar a las anchas.

Son trágicas las consecuencias de todo debacle político, evidentemente, cuyo final usual es el exilio, práctica compartida por intelectuales disidentes de sus gobiernos de origen como Einstein, Robert Oppenheimer o el cubano Guillermo Cabrera Infante.

Hay otros que se quedan en su país para alimentarse de los delirios diarios, como los también cubanos Pedro Juan Gutiérrez y Leonardo Padura. Sea cual sea su lado del espectro, el compromiso con la creación –la vida, entonces– es total y unívoco.

No es el caso con la masa intelectual venezolana. Es casi obligación de todo gobierno revolucionario el transformar las artes, pero el bolivariano no ha hecho nada para ello. No hay gran movimiento estético, ni cinematográfico, ni poético. Aparte de frases cursis como la de Luis Alberto Crespo al coronar al fallecido presidente Hugo Chávez como el “poeta más grande de Venezuela”, no vemos más allá del horizonte creativo.

Tampoco del lado “de acá”. El gran tema recurrente en las artes venezolanas –que por su tema máximo parece dominado por la clase media– es el exilio. Un tópico milenario, épico como el viaje de retorno de Ulises a su natal Ítaca.

Pero el manejo del tema no es sublime o épico. Son plañideras sobre la tierra abandonada: el Ávila, la arepa, Caracas. Referencias superficiales que no tocan la vena telúrica que debería unir al protagonista con la tierra que abandonó. Son simples llorantinas.

Es alarmista decir que la cultura peligra: distamos de eso. El Internet ha masificado la distribución del saber. Pero la producción del mismo podría ser más ambiciosa. Y mejor.