• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Mi país (y de nadie más)

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Porque soy masoquista (o un imbécil, no sé) me puse a escuchar el “Noticiero de la verdad” del gobierno, esa pantomima orwelliana-huxleyana sacada de lo más recóndito de la literatura y el mal totalitario, una pesadilla que ni Georges Batailles, experto en estudiar el mal en el hombre, podría haber vislumbrado y que solo Roberto Bolaño pudo visualizar al rechazar ser jurado del Premio Rómulo Gallegos en su edición de 2001 y declarar al régimen chavista como un puñado “de neoestalinistas de…” (Sírvase de buscar el resto de la cita en la entrevista a Roberto Bolaño de Playboy México).

En mi retorcido dolor psíquico escuché al presidente Maduro hablar de unas bravuconerías al estilo de: “Santos me va a decir a mi qué hacer a mí, ¿en mi país?”, para luego corregirse un momento después y añadir, un poco más tímido: “...¿Nuestro país?”.

No se le presta mucha atención a los detalles de la lengua porque nuestro esqueleto cultural es capitalista: de transacciones –no lo digo yo, lo dice alguien más polémico: Michel Houellebecq–.

Nuestro lenguaje es económico. Decimos las cosas rápido y nada más. No nos molestamos en explayarnos, alargarnos, explicarnos o decir nada más que lo importante: Venezuela no tiene tiempo para eso. Tenemos centros comerciales que visitar (por cierto que, si se dan cuenta, la arquitectura urbana de Caracas es más capitalista que un mall of America. Esta ciudad es tan poco amigable que es mejor irse a un centro comercial) y precios por los cuales suspirar.

Sea como sea, la corrección del adjetivo posesivo, de la primera persona del singular a la primera persona del plural es horrorosamente preocupante. No creo que nadie se haya detenido a darse cuenta de esto –y francamente no los culpo; quién se va a poner a escuchar los discursos presidenciales por motivación intrínseca–, ya que en los últimos 15 años nos han caído a metrallas verbales, con nuestro antiguo presidente-comandante.

La gente que aprecia el silencio y la reflexión sabe de lo que estoy hablando: esas personas que no se callan, que hablan, hablan, taponean todo momento de pensamiento con opiniones, peroratas, cuando ya es imposible pensar ni siquiera en largarse del sitio en cuestión.

Pero el ruido no es lo importante. Si no podemos escapar de él, hay que enfrentarlo. El discurso de Maduro, en particular el “mi país” (y ya saben a lo que se refiere el presidente con esa afirmación) es una vuelta a la tortilla discursiva del fallecido Hugo Chávez. El Comandante Supremo de la revolución no escondía sus ansias de identificar al pueblo consigo mismo: Chávez corazón del pueblo, Chávez es pueblo… Incluso después de su muerte: Todos somos Chávez, Chávez no murió, se multiplicó, etcétera, etcétera.

A mucha gente no le agrada eso de compartir logros –o fracasos– con millones de compatriotas que nada tuvieron que ver con dicha proeza –o desastre–. Cuando tal o cual persona, banda, equipo, lo que sea, hace algo fuera de las fronteras artificiosas de nuestra patria, inmediatamente, en los entes públicos y privados, se empieza a vociferar ¡orgullo venezolano!, tendencia masificada al trillón con la política chavista y su afán de identificar todo y a todos con el proceso revolucionario.

Lo gracioso es que el delfín de Chávez, en –tal vez– un desliz lingüístico, haya obliterado todo esos esfuerzos de propaganda estatal por hacer que el pueblo, la patria, el país, el Estado, la cultura venezolana, todo, todo, se identifique con el proceso revolucionario, en una especie de plano cartesiano horroroso.

Maduro no tuvo tapujos en decirlo: este país no es nuestro, ni del proceso, ni de Chávez si quiera. Este país no es de la revolución. Yo no busco que el pueblo se identifique con el país, ni con el proceso, ni con el comandante. Ni siquiera conmigo mismo.

Este es mi país. Y de nadie más.