• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

El mundo según Julius

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Julius Streicher fue, sin duda, un producto de su tiempo.

Nacido en 1885 en el reino de Bavaria, se vio crecer entre los escombros recientes –20 años nada más– de las guerras austro-prusianas de su tiempo. La familia de Julius era de estirpe católica, y férreamente practicante. De estas creencias –creced y multiplicaos– salieron nueve hijos, entre ellos, nuestro virulento periodista.

Aunque no lo fue al principio de su vida. Streicher respondió al llamado de su patria real y se alistó en el Ejército alemán en 1914. Fue hombre valeroso: sus batallas contra los ingleses le valieron la cruz de hierro. Condecorado, viendo a una Alemania destruida firmar el Tratado de Versalles, se retiró de la vida militar y se volcó en la política de su país, arrasado por la guerra y carcomido por la inestabilidad económica.

Julius vio a un imperio caer, y de aquel desastre político surgir, tambaleante, la frágil República de Weimar. Para ese momento, los ánimos estaban a millón: comunistas intentando impulsar una revolución inspirada en el alzamiento de los bolcheviques en Rusia, nacionalistas arengando contra la república y los sionistas, y en medio de todos, socialdemócratas pujando para tratar de que todos convivieran en paz en la nueva república liberal.

Julius en un principio militó en el demokratische Partei de su padre, en el cual se vio envuelto por primera vez con aquella minoría étnica que, en medio de todo aquel desastre alemán, parecían vivir bien, después de todo: los judíos.
Julius, buscando respuestas rápidas a las injusticias que sufría el pueblo alemán, vio en los judíos –tipos raros, vestidos de negro, de barbas largas y espesas, con esposas que usaban pelucas y pañuelos en la cabeza– el factor final para su simple ecuación. Judíos más república liberal igual a penurias para el pueblo.
Julius Streicher por fin vio la luz. Y con ello, empezó a trabajar. Arengando en contra de los judíos, culpándolos de una conspiración internacional, de querer acabar con las costumbres alemanas, de tener en mente matar a niños cristianos para hacer matzos con su sangre, de poner a los goyim como sus esclavos sumisos, Streicher se ganó una fanaticada de miles de seguidores. En 1920 creó el Deutsch-Sozialistische Partei –el Partido Ssocialista Alemán– en Nuremberg.
En 1921, atraído por los rumores de un orador magnífico, que sabía captar el dolor de un pueblo, viajó a Munich y por fin lo conoció: Adolf Hitler y Julius se dieron la mano por primera vez. 
Julius propuso mezclar el Partido Nacionalsocialista de Hitler con el suyo propio, y así unir fuerzas contra el enemigo común: los hebreos.
Hitler, viendo la brutalidad oratoria de Julius al percatarse de la cantidad de gente que lo seguía, lo apuntaló como propagandista del partido, cargo que Julius aceptó.
Tres años después de ese encuentro, Der StürmerEl Atacante– era fundado. Un semanario que para el año de su fundación tenía un tiraje de 5.000 ejemplares semanales. ¿El objetivo de Der Stürmer? Satirizar –luego se deformaría a difamar y odiar– a los enemigos del pueblo, a la minoría étnica y religiosa que eran los judíos. Un periódico que desde el principio recibió una calurosa recibida por lo divertido de sus chistes: los judíos eran, de verdad, como los retrataba Julius en sus columnas semanales.
Gordos, sebosos, con calvicie incipiente, labios como salchichas, nariz enorme y ganchuda, el pelo rizado, la sonrisa macabra, frotándose las manos, pensando en dinero, agarrándose a las mujeres alemanas para sí mismos.
Ya en 1925 Julius, a través del trabajo de Philipp Rupprecht (o Fips, como firmaba sus dibujos), un pintor que había conocido en un mitin del partido nazi, caricaturizaba a los judíos como potenciales violadores y desviados sexuales.
Para 1927, con una Alemania tambaleante e hiperinflada, el tiraje de Der Sturner había aumentado a 27.000 copias por semana. Para esta época, Julius y Philip publicaban cosas como partidarios nazis matando judíos, y servidores públicos alemanes como Chrichsen Monseowitz (de confesión judía) engatusando y –esta vez en el acto– violando alemanas.
Para 1928 el discurso era más mordaz. En la última edición del año, Der Sturmer publicó al Ángel de la Navidad –aleman, claro– siendo atada y amordazada por un banquero judío. Acto seguido, este se roba la Navidad. Muy festivo.
Recordemos, eso sí, que los nazis todavía no estaban en el poder para esa esos tiempos. 
Ya para 1934, cuando Hitler se declaró Führer de Alemania, Julius había transformado a Der Stürner en un periódico cuyo capital editorial era el antisemitismo, elevado ya a política de Estado. Una caricatura de mayo de este año, firmada por Philip, muestra a los judíos asesinando infantes alemanes para utilizar su sangre en “ritos judíos”.
Entrando a 1935, ya Der Stürner tenía un tiraje de 480.000 ejemplares semanales. 
En la primera mitad de la década de los cuarenta, y mientras Alemania va perdiendo la guerra, Der Stürmer agota con rapidez todos los estereotipos posibles y recurre a la simple difamación. Se vuelven caricaturas sosas, estúpidas, pero eso sí, nunca exentas de odio.
Banqueros judíos matando, violando, haciendo rituales con sangre infantil, robando dinero, conspirando contra el mundo, los alemanes, el Estado, y todos los enemigos imaginables por Philipp Rupprecht y Julius.
Con la derrota y capitulación de Alemania en mayo de 1945, tanto Julius como Fipsson juzgados en Nuremberg por crímenes de guerra. Fips, el caricaturista, es afortunado: cinco años de labores forzadas como sentencia por parte del juzgado. Julius no corre con la misma suerte: es condenado a muerte por la horca.
Julius, el editor y jefe de Fips, fue colgado por esas caricaturas antisemitas. 

Ante un periodista del periódico Turkish Press, Norman Finkelstein, un politólogo estadounidense de confesión judía, se preguntó a sí mismo: “Digamos… Si en medio de tanta destrucción  y muerte, dos jóvenes judíos se hubiesen metido en las oficinas editoriales de Der Stürmer, y hubiesen matado al equipo editorial que los humilló, degradó, demonizó, e insultó… ¿Cómo reaccionaría yo ante tal hecho?”.