• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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Los monstruos

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Felipe González, expresidente del gobierno español, visitó nuestro país la semana pasada para irse a las 48 en un avión de la Fuerza Aérea colombiana. Su paso por Venezuela ya había levantado rencores en el alto mando del chavismo, que lo reflejó en sus bases, pero el haberse ido en un avión colombiano fue, al parecer, el horror materializado.

En las redes sociales la xenofobia salió a flote –de nuevo, además– entre los seguidores del fallecido presidente Hugo Chávez. Sugerencias como el cierre de fronteras, el cese de las relaciones diplomáticas, incluso la deportación, fueron las estrategias políticas que algunos laureados “analistas” lanzaron al ejecutivo.

El anticolombianismo es un sentimiento que (pensamos) se quedó enterrado en el siglo XIX con Páez. Tales cosas se presumían taras anormales en la psique del venezolano: somos un país mestizo –lugar común de los sociólogos– y abierto a la inmigración. Y es cierto. Aparte de un pogrom  ocurrido en 1855 contra los judíos sefarditas radicados en Coro, Venezuela no había sufrido brotes de racismo o xenofobia luego de su guerra independentista. Por ser una nación joven en un continente joven, nos creímos inmunes a tales enfermedades, reservadas a sociedades más ancianas como la europea o la asiática.

Pero en política todo se vale. Capitalizar el odio es importante. Según Marx, la lucha de clases es el motor de la historia, después de todo. El superfluo sentimiento del odio es fácil de canalizar, más si es contra agentes externos. Es parte de prácticas políticas vistas en los grandes –por sus proporciones, no por sus acciones– jefes de Estado del siglo XX. Hitler contra toda minoría. Stalin contra ucranianos, chechenos, judíos, liberales –cualquiera que no le cayera bien, la verdad–. Castro contra los homosexuales y cualquiera que corrompiera su “moral revolucionaria” (conceptos agobiantemente ambiguos como estos son los que dan pie a muchísimas estupideces).

Y no son los colombianos las únicas víctimas de la propaganda estatal. Desde que Chávez asumió el poder, otro grupo étnico ha sido centro de ataques por parte de la maquinaria gubernamental: los judíos.

Las palabras son maleables, se pueden malinterpretar: es por esto que la oratoria es poderosa, y peligrosa a la vez. La retórica antisionista del presidente –que en su momento no se molestó en explicar la diferencia entre ser antisionista y ser antisemita– caló hondo en sus seguidores y resultó en varios asaltos a sinagogas de la capital, además de pintarrajadas en varias paredes capitalinas  (Mi favorita personal por evidenciar el nivel de estupidez de su autor: Váyanse a Alemania judíos de mierda. Visto por Las Palmas).

Un problema que en 100 años de historia venezolana no se había visto, se exacerbó hasta niveles francamente horrorosos en tan solo 15 años de gobierno. Se han levantado cortinas de odio contra colombianos (cuyos números en el país rondan los 2 millones) y judíos (de número más reducido: 7.000 o tal vez menos incluso). Todo por elevar un enemigo, ya que es bastante evidente, para que toda revolución esté bien engrasada, hace falta llenar el motor de la misma con algo. Y la historia ha probado incontables veces que la xenofobia es más que suficiente.