• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

La mejor herramienta de reflexión

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En la época (pos)moderna en la que se desarrolla este planeta plagado de humanos de distintos credos éticos, morales y políticos, es cada vez más difícil reflexionar acerca de la condición de vivir entre tantos problemas.

La tecnología, el gran motor de cambio en la vida de los hombres, ha traído detrás de sí grandes innovaciones: la democratización de la información gracias al Internet, el cierre de la brecha entre la alta y la baja cultura, e incluso un posible alargamiento en la longevidad humana. La Edad Media acabó cuando se erradicó la lepra para Michel Foucault. Tal vez el (pos)modernismo termine cuando acabemos con el cáncer y el VIH.

La rapidez con la que fluye la información ha traído el desdén de muchos intelectuales, que miran con desconfianza e incluso asco herramientas por el Internet. Se vanaglorian de ser los últimos mohicanos. Esta desconfianza ha llevado a muchos a no comprender del todo los procesos de cambio que está sufriendo la cultura –por lo menos, para no ser tan magnánimos, la occidental–.

Escritores y pensadores tratan de comprender la nueva dicotomía: el hombre contra las máquinas. Lo que no han logrado es salir de esa relación bilateral, y por ende, muchos académicos se han quedado estancados.

Lo que se ha ignorado –hasta cierto punto– es que dentro del mercado del entretenimiento ha surgido una nueva faceta que invita al espectador a reflejarse a sí mismo en los chistes (que como sabemos, siempre encierran algo de verdad): el stand-up comedy.

Política, economía, racismo, muerte, soledad… La mismísima condición humana: nada escapa de las garras del stand-Up comedy. El stand-up es visceral y real por dos razones: es un comediante en completa retroalimentación con una audiencia: está solo contra una bestia hambrienta, y es un público que se siente reflejado en las vivencias de –casi siempre– un ser en sumo, solitario y altamente inteligente.

El stand-up comedy es una forma de reflexión crítica tan válida como la filosofía porque las experiencias personales del comediante (piedra angular del stand-up) excedan su propia vivencia y alcance vigencia colectiva. Tal como la buena literatura, las historias de los buenos comediantes como Bill Hicks, Luois C. K., Doug Stanhope o Bill Burr –sí, los norteamericanos llevan la batuta del género– tienen la potestad de alcanzar relevancia universal.

En nuestro país, como todo producto globalizado, el stand-up todavía es joven. Pero como todo puberto, es ambicioso. ¿El único problema? El monolítico tema de la política. El venezolano, propenso a ignorar a sus propios filósofos, tiene en el stand-up una forma de pensar que no se atañe a la camisa de fuerza de la academia.

Y como todo buen escritor sabe: es más difícil escribir comedia que drama.