• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

El fútbol es política

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El autor de este artículo tiene una confesión que realizar a modo de prólogo: No veo fútbol. No me sé muy bien los múltiples campeonatos, ni cuándo son, ni quiénes son los jugadores más cotizados. Me suenan los nombres de Cristiano Ronaldo y Leo Messi, claro.

Lo que me parece más interesante –y apremiante– del juego no es su ejecución en dos tiempos, sino sus consecuencias fuera del estadio. Hay gente que habla de un “ambiente deportivo” a la hora que inicia cualquier encuentro entre dos selecciones nacionales. Esto es un eufemismo, puesto ningún juego está exento de, al menos, su pequeña cuota de xenofobia.

El fútbol es político porque fuerza a los jugadores a ser piezas de un tablero más grande que el estadio donde están: el diplomático. ¿Por qué?

En el partido entre Venezuela y Colombia de hace una semana, un grupo de gente izó una pancarta que rezaba: “Liberen a los presos políticos”. Días después, La Iguana, portal de noticias estatal, publicó una nota alegando que se había dado con los responsables de dicha pancarta, contando con sus “nombres y apellidos”.

La Iguana acusó a los asistentes con la pancarta de empañar el “ambiente deportivo” del lugar.  Dicha descripción es una falacia. No existe un “ambiente deportivo” esterilizado en un juego entre dos países. No desde que el deporte se hizo política de Estado en la Grecia prerromana.

¿Qué hay de un juego de fútbol entonces, como el que se dio entre los judíos presos en Therezin Stadt y las SS que los tenía en aquel campo de concentración contra su voluntad? El partido se utilizó como propaganda del Reich para demostrarle a la Cruz Roja internacional que todo estaba bien, al menos en 1942.

También que Videla y su junta militar lograran obtener la sede del Mundial de 1978. Oportunidad perfecta para demostrarle al mundo que Jorge Rafael Videla y sus amigos eran unos demócratas de carta cabal, y que su país, Argentina, iba viento en popa, y no era para nada la horrenda dictadura militar que tanto se rumoreaba.

El fútbol es político porque puede poner a prueba lazos de amistad entre estados-naciones, darle nombre a naciones sin estado, o romper definitivamente lazos de hermandad étnica. ¿Qué hay que decir de eventos deportivos –ya saliéndose del fútbol– como los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972? ¿O la participación de Corea del Sur como República de Corea y Corea del Norte como República Popular de Corea en los juegos de 1948 de Alemania, como naciones separadas?

También los juegos de 1988 en Corea, que vieron a la URSS y a Alemania Oriental participar por última vez como países existentes en el tablero político mundial.

El fútbol, y extendiendo a otras disciplinas, el deporte, es político porque pone a prueba las relaciones entre países en un controlado ambiente de armonía y (¿falsa? Tal vez) tolerancia entre los países que compiten.

Más bien, hay que tener cuidado de que el deporte pierda su cariz política, porque, si no, se volverá nada más una plataforma de consumo corporativo, y no el taburete en el que tantos países han aprovechado para pedir una voz en el escenario político mundial.