• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Contra la felicidad

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En estos días, a la gente no le queda más obligación individual, colectiva, y cultural que cumplir con el imperativo de “ser felices”. Es una imposición del mercado y de los medios de comunicación. Desde la psicosis colectiva de los habitantes de Corea del Norte hasta el cierre de la primera temporada de True Detective, no importa la gravedad del asunto, qué tan profundo en el abismo estés:

Tienes que seguir la orden de “desfrutar de ti mismo y de la vida” como señala el filósofo esloveno Slavoj Žižek. Es una orden del mercado de consumo y de los demás. Al momento de salirte de esa arista, eres un elemento subversivo.

La imposición de la felicidad por encima de todas las cosas es una amenaza muy real, por decir lo menos. Su burocratización por parte del Estado venezolano es repugnante (quién recuerda esa pantomima del “Ministerio de la Suprema Felicidad”, por ejemplo). La felicidad como monolito eterno ha sido sujeta como enemigo en dos de las más grandes advertencias contra los sistemas totalitarios del siglo XX: 1984 de George Orwell y Un mundo feliz  de Aldous Huxley –¡qué otro signo de peligro que el propio título del libro en español!–.

En estas dos obras maestras se demuestra la tesis que incomoda a cualquier sistema cuya piedra angular es la sociopática imposición de la felicidad sí o sí: que cualquiera que no sonría 24/7 es un elemento subversivo, alguien que eliminar, o en su defecto, asimilar. Sentimientos humanos como la tristeza  o la ira son vistos con asco, y en un terrible reflejo, lo vemos como algo alienígeno, malvado, indeseable –¿quién quiere estar triste o molesto un solo segundo?–.

Es que como dice Pharrell Williams en su famosísimo single “Happy”: Happiness is the norm (La felicidad es la norma).

Hace una semana Jacqueline Faría instó a los habitantes de la parroquia Macarao, en el municipio Libertador de la ciudad de Caracas, a “hacer sus colas felices” y “gozarlas”. La imposición de la felicidad por sobre todas las cosas, en casos así, ya no se vuelve una meta deseable, sino un cruel acto de cinismo y prepotencia.

La felicidad obligada es una droga. No solo son los gobiernos en su propaganda de dar a mostrar a sus habitantes como un montón de autómatas con sonrisas clavadas en la cara, es también el sistema de consumo que desea (por nuestro bien, al parecer) nuestra eterna dicha en una burbuja donde todo estará bien.

La estirpe de la felicidad hace daño porque nos convierte en idiotas babeantes: seres carentes de pensamiento crítico. Seres vacíos, incapaces de distinguir qué está bien o está mal, en qué momento estar molesto, o triste, o llorar inconsolablemente. Estas son reacciones desagradables, indeseables (nadie quiere verte llorar en público. Pero reír, ¡claro que sí! Ríe con nosotros amig@).

¿Cómo podemos saber qué está mal o qué está bien si todo es color rosa, si no podemos utilizar nuestras emociones de modo sano para reflejar lo que está mal en este mundo, si todos debemos ser felices?

Esta semana tuve la suerte de ver al escritor español Javier Cercas en un evento de Cultura Chacao. Una de las frases más impactantes de su conversatorio con el escritor venezolano Carlos Sandoval fue esta: Inventamos mentiras porque la verdad es desagradable.

Es desagradable pelear contra los demonios. Preferimos no pensar en ellos, ver una película, escuchar “Happy” de Pharrell, hacer nuestras colas felices, bailar salsa, apreciar nuestra viveza criolla… El Caribe no acepta tristezas.

¿Dónde, entonces, encontrar refugio contra la tiranía de la felicidad?