• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

En contra de la élite

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Un año atrás me compré el último ensayo escrito por el ganador del Nobel Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo. El título, como se puede inferir, es un préstamo del excelente libro La sociedad del espectáculo, escrito por el genial situacionista francés Guy Debord, en quien podemos ver su relevancia a en eventos tan diversos como el estreno de la película The Matrix o su influencia intelectual en el Mayo francés.

Ambos hombres hoy en día no podrían estar más alejados ideológicamente. Debord fue un marxista a ultranza, y Vargas Llosa es, francamente, un predicador del liberalismo. Pero en ambos libros los dos pensadores confluyen en un punto: en su crítica hacia una sociedad que cada vez más se hunde en un consumismo pueril y superficial.

En la civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa se queja de los “males” que azotan a nuestra cultura. El Nobel peruano va tan lejos como llamar a la cultura de hoy La Revista Hola y de señalar a Shakira y los paparazzi como una gran parte de los males que nos aquejan hoy. Uno lee pocas cosas tan pacatas y reduccionistas. Pero es que la verdad vivimos en una época sumamente democrática en cuanto a arte y cultura se refiere. Jamás se han leído tantos libros. En toda la historia humana escrita se han publicado tantos autores y escritores. Hoy en día hay más orquestas y conciertos de música clásica que en la época de oro de Beethoven.

Y es que la belleza de la democracia (aquella que Vargas Llosa defiende a capa y espada) está en elegir de qué pozo cultural puede uno beber. Tanto si uno lee a Víctor Hugo como a J. K. Rowling se está ejerciendo el irrestricto derecho como individuo a escoger. Pero es que el autor de la Casa Verde es defensor de una vieja definición de cultura, aquella que se queda con el polvo de los libros viejos y no necesariamente con su contenido.

Mario Vargas Llosa es un irrestricto soldado de lo sublime, un hombre que quiere defender su trono como faro de las artes, para decirnos a la masa, aquella misma que lo lee y lo catapultó a la fama, qué leer, cómo leerlo, y por qué. Pero el Nobel, tristemente, se ha quedado atrás. Es uno de los últimos de su especie.

En una parte de su ensayo, La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa señala que Shakira puede llenar un estadio de Fútbol mientras que un concierto de música clásica no podría hacer lo mismo. Este argumento me recordó una anécdota que leí en un artículo sobre música. La cosa va así: una sala de concierto en Europa es arrasada por miles de mujeres histéricas que arrancan ropa, mechones de cabello, e incluso cuerdas al instrumento del músico que estaba frente a ellas. Pero esto no son los años sesenta, ni son los Rolling Stones; es 1839 y el hombre que volvía locas a las mujeres de toda la alta Europa era un pianista húngaro y compositor de música académica. ¿Su nombre? Franz Liszt.

La cultura no es atalaya de élites: es arma de millones para racionalizar sus distintas realidades. El capital, en todo caso, es lo que ha visto en estas interpretaciones de nuestro mundo un jugoso manjar para producir dinero.

¿Quién tiene la culpa de la susodicha estupidización entonces?