• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

Del dolor (y II)

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La noticia está plagada de tragedias. Unas columnas atrás, había hecho notar ese detalle: que sin la desgracia, no es posible que el grueso humano sea relevante para el resto de nosotros. La guerra civil siria, que no parece tener fin. Germanwings y Andreas Lubitz que en un aparente arrebato suicida se llevó consigo 150 vidas en un desastre aéreo que recuerda al 11 de septiembre. Los bombardeos de Arabia Saudita a Yemen para acallar al nuevo régimen imperante en la nación vecina de los saudíes.

Noticias que debajo de su tinta tienen como pulsión un sentimiento básico pero importantísimo tanto para la ciencia médica como para la literatura y el arte, fuentes del amor humano mismo: el dolor.

¿Qué entendemos por dolor? Una aversión física más que todo. Una conexión neurológica-sináptica. El dolor como concepto biológico es fácil de apuntar y descifrar. Pero, ¿qué hay del dolor filosófico? De aquel dolor que no puede medirse, solo a través de burdas palabras, cárceles lingüísticas que no ayudan, solo limitan el conocimiento del dolor fuera del plano físico.

Podemos saber que el dolor es presente. Que es solitario –no se puede compartir dolor, porque este es único e irrepetible, una condición humana inherente del que la sufre, y de nadie más–. Que motiva. Que es introvertido. Que cambia. Que modifica.

¿Pero, por qué sufrir? ¿No hay otras maneras de avanzar? El dolor, siempre presente, maquinando.

El sufrimiento, no el suicidio camusiano, como pregunta filosófica. ¿Por qué sufrimos?

No es fácil responder dicha cuestión. Innumerables reportes se han hecho al respecto. Desde la premisa básica –celebrada esta Semana Santa pasada, por cierto– de que el dolor nos acerca a Dios, y más allá de nuestras fronteras occidentales, de que el dolor debe ser abandonado para llegar a la paz (mantra básico del budismo), hasta que el dolor es innecesario y lo que hace es interrumpir nuestro progreso hacia la perfección.

Ciertamente, la invención de la anestesia quirúrgica en el siglo XIX trajo innumerables alivios a las víctimas (pacientes es eufemístico) de los médicos de la época. Ser curado sin dolor trajo dos cosas: revolución, y su inevitable reacción. Era un atentado contra los preceptos de Dios el eliminar el sufrimiento: este nos acercaba más a él y nos recordaba el castigo por haberle desobedecido y nuestra posterior expulsión del Paraíso. Pero es que al parecer, el dolor físico es hasta inútil, pensarán algunos. ¿Sufrir, por qué? Es mejor vivir sin ninguna carga innecesaria.

Se vuelve incesante la pregunta expresada más arriba ¿por qué sufrimos? ¿Para ser enderezados? ¿Para recordar nuestro camino? ¿Para vender más titulares? ¿Para ponderarnos estas preguntas, una y otra vez? Somos todas las naciones experimentadas en este tema.

En Venezuela, de modo reciente, se trata de pintar el dolor, propio y ajeno de tal o cual color. Craso error. Es motivo, más que cualquier cosa, de reflexión. Porque se lo debemos, por respeto, a tanta insensatez. Por mero respeto, se debe dejar de banalizar. No somos bóvedas vacías, después de todo.