• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

El derecho a la tristeza

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La semana pasada ocurrieron dos muertes que sacudieron a las redes sociales del país: la de Cotufa, una poodle, en supuestas manos de una peluquería canina, y al asesinato del doctor Jesús Reyes, esta sí a manos del hampa.

Ambos son casos lamentables y que causan indignación infinita: el primero por ser un animal indefenso que murió en circunstancias extrañas, en un establecimiento dedicado al cuidado de animales, ni más ni menos, y el segundo por ser un doctor dedicado al cuidado de niños con cáncer que fue asesinado por el hampa desbordada en una ciudad ya militarizada incluso, pero en la cual no se ven resultados por ningún lado.

Pero es cuestión de prioridades, comentan algunos: ¿Por qué la muerte de un animal sacude más a las redes sociales –al parecer el único barómetro visible en cuanto a medir compases morales se refiere–  que la de un médico dedicado a luchar contra el cáncer infantil?

Situaciones similares se han presentado antes en este país. Con la muerte de Canserbero, algunos se quejaron de que a nadie le “importara” la muerte del también músico Carlos Molnar, antes de quitarse la vida –cosa que está en entredicho: la policía científica volvió a abrir el caso–.

También no se olvida el desdén con que la gente desechó el Goya de Azul y no tan rosa (que no es de todo mi agrado la película, siendo honesto) por decir que ¿a quién le importa un Goya cuando no tenemos papel o estamos en dictadura?

Toda esta dicotomía es, de modo evidente, una manera maniquea e irracional de ver las cosas. Menos cuando los problemas son más complicados de lo que parecen.

En esta misma columna se ha discutido acerca de lo injusto de la tiranía de la difusión de las noticias e información. Un poblado en medio de la nada tiene la única posibilidad de ser noticia si es azotado por la catástrofe. No es lo mismo ser Madonna cayéndose  en unos premios de música que Nepal luego de ser azotado por un terremoto mortal.

Pero en la cuestión de la muerte, el asunto se vuelve turbio. Jerarquizar suicidios, catástrofes y asesinatos en función de la resonancia que tienen en las redes sociales es nauseabundo, por decir poco. Además, la gente tiene derecho a dispensar sus lágrimas como mejor le parezca. Es parte de nuestra inalienable libertad. La de sentarse un rato y dejar que la tristeza lo embargue a uno, por el motivo que le parezca adecuado.