• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

La cultura bajo acoso… de los flojos

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La cultura es uno de los –utilizando el lenguaje belicista del Estado venezolano actual– frentes de combate más importantes a la hora de desmontar un modelo e instaurar otro. Se ha visto en muchas revoluciones socialistas: la cubana, la nicaragüense, la soviética. Todas trataron de desvincular al arte de un “vicio burgués” a una herramienta al servicio del pueblo y la revolución; la bohemia y el malditismo dandy no tenían cabida en el nuevo paradigma cultural de estos estados revolucionarios.

Más allá de estar de acuerdo o no con estos movimientos, al menos relegaron a la historia procesos artísticos dignos de recordar. El caso de la URSS es el que más brilla. Desde el arte del realismo socialista, hasta el cine soviético, alma de la propaganda –y la belleza– eslava, con exponentes como Serguei Eisenstein y su heredero artístico,  Andrei Tarkovski. Más cerca de nuestras tierras, en Cuba se ha forjado la trova cubana como punto fuerte de exportación cultural cubano-comunista. Son manifestaciones, si bien tal vez un poco artificiosas, dignas de ser admiradas.

No es el caso, sin embargo, con la revolución bolivariana. Como con todo lo que ha pregonado desde su concepción, la gestión se ha estancado en la masificación de la literatura oficialista (o la que se ajuste a la ideología del Estado) y la recuperación de espacios abandonados. Si bien son actos que se agradecen, más que verdadera innovación, es un simple reformismo de la cartera cultural del Estado.

Ni que hablar de los intelectuales apegados al proceso actual. Sin promover ningún movimiento cultural, aglutinando tanto a gente como Roque Valero, otrora cantautor pop vuelto una suerte de Alí Primera edulcorado, como a escritores laureados como el fallecido Carlos Nogueras (mis respetos personales, por cierto), ninguno de estos cultores del arte ha propuesto ningún movimiento, en ninguna de sus manifestaciones. No ha habido grupos literarios, ni artísticos, ni teatrales, ni nada. Si acaso declaraciones incendiarias y aduladoras como la de Luis Alberto Crespo al declarar a Hugo Chávez el “poeta de Venezuela”.

Y es que en el proceso bolivariano la cultura y sus artífices se ha relegado a dos cosas: a la imprenta masiva y a la adulación mediante la firma de innumerables cartas de apoyo al proceso. Sintiéndose como Jean Paul Sartre y Mario Vargas Llosa firmando para apoyar a la naciente revolución cubana en los años sesenta, los escritores y pensadores adeptos al proceso se han conformado con firmar y firmar listas, sin proponer ninguna innovación estética en cambio. Es que es más fácil dedicarse a la burocracia oficial que tratar de emular algo parecido al cine socialista de Eisenstein.

Más allá de rayar en lo gracioso que puedan sonar estos intelectuales, la verdad es que no promueven nada más que lo que en yiddish alemán se llamó Kitsch: el gusto por lo ridículo, y el mal gusto. Ni realismo socialista, ni cine de envergadura, ni poesía que se pueda repartir como el pan, que es de todos, como dijo el poeta salvadoreño Roque Dalton. Lo único que se reparten son firmas y cartas. El resto, que lo haga alguien más.