• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Los cuadros

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Fue noticia la semana pasada que Mauricio Macri, presidente de Argentina, sacó los cuadros de Hugo Chávez, el Che Guevara y el ex presidente de ese país, Néstor Kirchner, de la Casa Rosada. En situaciones parecidas a las de nuestro país, retiró dichas pinturas del palacio de gobierno, ora como gesto de venganza, ora como bien necesario –la Casa Rosada no es un centro partidista.

Los acontecimientos en Buenos Aires fueron mucho menos traumáticos que acá en Venezuela, puesto que el clan Kirchner no tuvo el tiempo ni las ganas de montar una iglesia a su alrededor. El electorado argentino no fue convencido por Daniel Scioli, candidato por el peronismo, orador flojo y aburrido, y optó por Macri, férreo opositor al kirchnerismo y gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Macri, en su discurso inaugural ante el Senado argentino, prometió no tener jueces macristas ni parcialidades políticas al ejercer su cargo, que por lo  demás es imposible: todos los gobernantes, evidentemente, tienen parcialidades políticas.

Más allá de la tautología, ha estado llevando a cabo una serie de cambios bastante cuestionables, por decir lo menos, como la expulsión de 50 mil trabajadores públicos (y privados) de sus empleos. En tan solo un mes de macrismo, 50.000 despedidos. No se dice fácil.

También le ha quitado el subsidio a la luz de un golpe, y ahora se espera que suba, debido al shock, 300%. Todas estas son medidas “necesarias”, según, para acabar con el déficit fiscal.

Macri es popular en Venezuela. Su reticencia a plegarse a los autoritarismos del chavismo han hecho eco entre la oposición. Sin embargo, entre sus acciones que más han calado en toda América Latina fue desmontar unos cuadros, igual que en la Asamblea Nacional de nuestra república.

Emil Cioran declaró en una entrevista que él sentía que los pueblos de Europa Oriental eran antihistóricos: odiaban la historia. ¿Por qué exactamente? Pues por ser víctimas de ellas. Centurias de opresión ante otros países, de ser los perdedores, los manipulados.

En Latinoamérica, aunque pueda ser un comentario audaz, estoy seguro de que sufrimos del mismo mal. Nos gusta rescribir nuestra historia, como mencioné un par de artículos atrás. Es herencia indígena, cuya filosofía no daba cabida a los lastres del pasado, si eran contraproducentes. Desmontar unos cuadros es simbólico, naturalmente, pero inútil si se ven las formas detrás de tal acción: demagogia al revés, destrucción de aparatos productivos, despidos masivos, pisoteos a las clases menos pudientes.

No obstante, como es evidente, esta es la sociedad de la imagen, del espectáculo. Más importan los cuadros, aquí y allá.