• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

El caballero reaccionario:
Batman como metáfora del criptofascismo

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En sus lindes por controlarlo todo, ciertos Estados en sus historias se han valido de personas o grupos para alcanzar aquellos sitios que la legalidad no puede tocar –o castigar–. La Alemania nazi y sus SS, la Italia fascista y sus Camisas Negras, y la URSS y su Guardia Revolucionaria.

En los Estados modernos esto no es tan preponderante, pero a veces el uso de vigilantes ideológicos es usado por ciertos gobiernos autoritarios. En el terreno de la cultura popular, Batman es uno de los héroes más fascistas que se pueden encontrar.

Bruce Wayne –la personalidad pública de Batman– es un hombre que lo tiene todo: mujeres, dinero, propiedades, carisma y atractivo físico. Su persona pública es la de un playboy, interpreta el papel de excéntrico millonario y se ve a sí mismo como el hombre más deseado de ciudad gótica. Wayne juega entonces un papel preponderante en la vida de la clase alta de su ciudad.

Batman se considera un vigilante en toda la palabra. Un hombre que va más allá de lo que la ley tradicional alcanza. Batman trabaja fuera de las instituciones para llevar justicia con su propia mano. Su inmenso tiempo libre y su fortuna infinita le permiten realizar estas cosas, aunado también a un trauma infantil (la muerte de sus padres a manos de un criminal) que ahondó en su rígido compás moral.

Batman en sus métodos contra el crimen cuenta con tecnología secreta y desarrollada para sus objetivos personales, con alto entrenamiento en artes marciales, y con lo más importante: un conservadurismo que raya en lo reaccionario.  

Pero, ¿qué es el conservadurismo? En simples palabras, es mantener el orden social y conservar las instituciones (Dios, Estado, sociedad, nación), evitando alguna perversión de estas a manos del progreso.

Batman llega donde el Estado no puede. Limitantes que se han impuesto como el gobierno, la Constitución, y el respeto de los derechos humanos, tales como el derecho a la privacidad o a la libre reunión. El único derecho contra el que Batman parece no atentar es el derecho a la vida, probablemente por alguna fuerte carga cristiana que sus padres, blancos, ricos y conservadores, impusieron en él cuando era niño.

Pero en su respeto a la vida es que Batman se vuelve el artífice perfecto del Estado; su arma secreta, su arma perfecta. Aquí entonces se ve la evolución de la ley, como Michel Foucault exhibió en su libro Vigilar y castigar. La ley antes contemplaba el castigo físico como satisfactorio para ejercer su poder entre las masas. Hoy, pues, la fastuosidad de los castigos físicos y públicos ha sido erradicada casi por completo en la sociedad occidental. El sistema ahora demanda una transformación holística del individuo en espacios sobrios y alejados del público general, para ser reinsertados en sociedad. ¿En qué se ve esto en Batman?

En dos cosas: en su pervivencia como un ente alejado de las leyes y, por lo tanto, ideológicamente invisible, puesto que actúa fuera del control del Estado, y en su ciega e inquebrantable fe en las instituciones de rigor que controlan a las masas. Su insistencia en encerrar criminales en cárceles o sanatorios mentales (perfectos entes de supresión de cualquier irreverencia) en vez de ¿por qué no? matarlos para que dejen de ser un estorbo. Irónicamente, aquí de nuevo se ve el punto de quiebre entre el tradicionalismo de Batman y el de otros héroes, dentro o fuera de su universo, por ejemplo, The Punisher o el Castigador, que sí no tiene problemas en asesinar a los villanos. Su apego irrestricto a la ley escrita por la democracia liberal que representa Estados Unidos ahonda aún más en su inquebrantable continuismo reaccionario.

En su vigilancia también Batman representa un concepto terrible de control: el panópticon. El panópticon fue una estructura desarrollada por el arquitecto inglés Jeremy Bentham: una cárcel que proponía control total en los prisioneros con un número mínimo de policías o vigilantes. Y el número óptimo para esto era el siempre absoluto y solitario uno.

Batman, en su uso del miedo como método de pelea contra los que pervierten la ley, planea sobre la ciudad y liderando el ranking en métodos histéricos para controlar; es el hombre que en cierto modo todo lo ve.

En la segunda película de la trilogía de Christopher Nolan, The Dark Knight, se ven en acción todos estos elementos: su apego a la ley a pesar de la ironía de que este actúe fuera de ella, su derechismo, su fe en el sistema, y su posición como arma perfecta de control estatal. Añadido, pues, a este cóctel vemos un hombre que puede, si se le da una lectura adecuada, personificar la verdad: el guasón.

A medida que avanza la película, y luego de que Batman cometa ciertos errores que nos recuerdan a la administración Obama, como espiar a todos los ciudadanos de Gótica con sus señales telefónicas (hola, ¿alguien recuerda a Edward Snowden aún?) se ve en estos dos personajes una pelea: la del Guasón por hacer que la verdad (las instituciones no sirven, todo es una mentira, la corrupción es rampante, el sistema está podrido y se necesita otro nuevo) salga a trasluz por encima de la mentira que Batman representa (las leyes nos amparan, el Estado nos protege, el control a través de las cárceles y sanatorios es posible). En el éxtasis, cuando el Guasón lograr pervertir el ícono legal que es Harvey Dent y lo vuelve un asesino, Batman chantajea la situación y vuelve a Harvey un héroe dentro del marco de las leyes y a sí mismo como autor de las muertes que ocasionó Dent en su locura asesina.

Batman entonces eleva la mentira como arma para mantener en orden todo lo que representa la disciplina que mantiene el Estado dentro de Ciudad Gótica y sus habitantes. Prefiere glorificar una falacia que llevarle la cruel realidad a la cara de los ciudadanos. Batman, una vez más, se ha convertido en el arma perfecta del Estado.

Alguien que actúa dentro de la ley, pero alejada de la misma. Un panópticon que se mueve y vigila incansablemente, un hombre que cree sin cesar en los centros de control, y tal vez lo peor: un hombre con pasión de censurar la verdad, por muy terrible que sea.