• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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“De todas las historias de la Historia / la más triste sin duda es la de España / porque termina mal” reza el poema Apología y petición de Jaime Gil de Biedma.

 

Son versos amargos y lapidarios. Palabras que encapsulan miles de años de errores y que terminaron –en época de Biedma– con la dictadura de Francisco Franco.

¿Pero qué queda para los bastardos de la madre patria, América Latina?

Independencia, antes que nada. Pero a un precio alto. Al de jugarle la mímica a la madre. Caudillos y militares, pestes que, por milagroso que parezca, no son originarias de nuestro continente. Herederos de malos ratos históricos, la América Latina se ha dado golpe tras otro.

No por nada Mario Vargas Llosa afirmó que no existen dos cosas tan latinoamericanas como la salsa y los golpes de Estado.

Pero siempre uno puede cambiar. Es la razón de la historia. Fuera de toda lógica occidental, también tenemos un pasado prehispano. Los incas, por ejemplo, creían en re-escribir su historia. Con la muerte de un emperador, el nuevo podría hacer lo que le viniese en gana con la historia del anterior. Esto, claro está, es bueno y malo.

Pero lo grandioso del mestizaje cultural es entremezclar ambas cosmogonías y crear algo que funcione. Esto es: aprender de nuestros errores. No ser como madre Europa y caer en guerra tras guerra, ni como madre Tahuantinsuyo y borrar el pasado cuando nos venga en gana.

Pienso, somos mejores que eso.

Las instituciones públicas están bajo acoso de una coyuntura política en este momento.

Henry David Thoreau, filósofo naturalista norteamericano, aunque anarquista antes que nada, no era un total deslastrado de la sociedad. Creía en la desobediencia civil. ¿Una de sus armas?

El voto.

Es falso que la historia solo la escriban los grandes y los ganadores. Debajo de todo ello hay siempre anónimos. Los muertos –en el pasado–. Pero hoy no estamos muertos.

Estamos vivos.