• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Viviendo en los últimos tiempos

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El apoalipsis siempre viene. Millares de profetas, sacerdotes, ideólogos comunistas y escritores conservadores lo han predicho. En forma de plagas, caídas de sistemas capitalistas, maldiciones, idiotización de las masas, decadencia de la cultura… La desgracia se ha democratizado entre tantas corrientes de pensamiento. Es, ciertamente, nuestro trato más humano: estar conscientes de que efectivamente, vamos a morir.

¿Pero qué tan pronto? ¿Cómo? ¿Seremos barridos de la civilización? ¿O como civilización en sí, entera? El escritor Alan Weissmann escribió un libro titulado “el mundo sin nosotros”. ¿Su premisa? Pues qué ocurriría si la humanidad desapareciera por completo de un día para otro de la tierra, sin dejar rastro. Aunque es pura fantasía –como le gusta afirmar a los ateos más recalcitrantes sobre los libros sagrados- es un libro que, aunque inmediatista, puede ser verdad: nuestra desaparición puede ocurrir.

La modernidad trajo consigo la revolución industrial, y con ella, la sed de justicia social. La máquina no puede estar por encima del hombre, tal como antes habían argumentado los renacentistas con Dios. Pero el hombre es autodestructivo. El hombre consume, aniquila los recursos de un sitio, y se va a otro para repetir el ciclo. El coro de voces griegas que Svletana Alexievich armó en su libro de crónicas “Voces de Chernobyl” así lo manifiesta. También el documental Human de Yan-Arthus Bertrand. El amor y el odio. Ambos sentimientos tienen una cara estrictamente humana.

Somos los únicos capaces de tales concepciones. Nuestra consciencia nos permitió labrarle el camino a hombres como Beethoven o José Martí. Como Ernesto Sábato o Max Stirner. O también como Robespierreo Iosiv Stalin.

Solo nos queda mejorar.