• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Urbe Aburrida

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“Ciudad pequeña,  pequeñas almas, sentimientos pequeños” escribió el poeta francés Charles Baudelaire sobre Bruselas, en un diario de viaje que tituló Pobre Bélgica.

Al leer estas líneas me vino inmediatamente la idea de Caracas: una urbe cuya historia como ciudad nunca ha sido la más brillante: opacada por ciudades como Lima o México DF, Caracas nunca tuvo un epíteto grandilocuente. Nunca fue la joya de la corona española, ni la ciudad de los reyes.

El privilegio de Caracas vino después, cuando Hispanoamérica empezó su revuelta contra el imperio español. Pasó a ser simple centro de operaciones de una capitanía a elevarse como la cuna del libertador: Simón Bolívar.

Este hecho cambió la psique colectiva de la ciudad (para bien o para mal). La grandilocuencia de tal hecho propulsó a caudillo tras caudillo a defender a Caracas como una suerte de El Dorado; una urbe de héroes y libertadores.

De todos modos, la cosa no duró demasiado. La topografía caraqueña paró la expansión horizontal, y la explosión demográfica, producto del descubrimiento del petróleo en la tercera década de nuestro siglo XX, volteó nuevamente la dinámica de la urbe capitalina.

En medio de una llegada masiva de campesinos del interior del país a Caracas, se habilitó una especie de pulso de sombras entre la burguesía asentada de la capital y los habitantes recién llegados.

Este pulso todavía se siente en la ciudad, aunque ya sin los competidores originales. La lucha de Caracas parece ser por cómo se suicida más rápida y –de modo paradójico- dolorosamente. Las trabas burocráticas, las funciones solapadas entre alcaldías, ministerios de transformación de la ciudad, y gobernaciones capitalinas, la negligencia política ciudadana, la mala cultura ciudadana y el crimen –gran punta de este magnánimo desastre- han golpeado a Caracas hasta dejarla en un estado francamente moribundo.

Esta ciudad se ha devaluado para ser una urbe aburrida, sosa, insegura e insípida. Los pocos espacios que el erario público se digna en recuperar son rápidamente tomados por el hampa, la alta inflación no permite que los ciudadanos disfruten en la calle, la estrangulación cultural –que ya parece política de estado- ha asfixiado todo tipo de alternativa artística…

Es tal el asunto, que ya el gran “movimiento literario” ni siquiera es escribir nada sobre la ciudad: es sobre adolescentes abandonando el país. Y no culpo a los escritores que han tomado el camino de inspirarse en el exilio (aunque sea un tema soso y balurdo).

Caracas no inspira literatura. Caracas no inspira nada, francamente. Vargas Llosa escribió en un ensayo sobre el fotógrafo peruano Martín Chambí que aquél, como muchos peruanos, prefirió irse –al menos momentáneamente- para inspirarse en otros sitios. Perú no les daba abasto artístico.

Es precisamente el problema con Caracas. Caracas ya no es Sabana Grande. Ni el cine de la Baralt. Caracas no es parques ni bulevares. Caracas es hampa, centros comerciales, reuniones en casa.

Baudelaire dijo que el belga era como el ruso. Que esconde sus heridas: que le da miedo ser estudiado.

No puede uno si no tratar de imaginarse qué pensaría el máximo dandy de la poesía sobre Caracas y sus peatones.