• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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Transformación

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La política en Venezuela siempre ha sido un oficio aburrido y machista. A caballo entre el insulto y la ineficiencia, desde que Colón pisó estas tierras en 1498, la vida pública ha sido regida por las instituciones de rigor, instituciones que vale la pena acotar siempre han sido enemigas del progreso de las minorías. La iglesia, el cabildo, los terratenientes: distintas facetas del mismo poder.

No fue hasta 1814 con la revolución popular de Boves que el tejido político del país fue desgarrado de modo definitivo, para mal del poder conservador. Mucho tiempo pasaría, sin embargo, antes de que algo de tal envergadura pasara de nuevo. Luego de la abolición de la esclavitud en 1854, pasarían pocas cosas de importancia real para las masas.

El voto a la mujer, el divorcio, y la separación estado-iglesia han sido avances importantes para poder insertar a Venezuela en el hemisferio occidental. Incluso pensaría uno –especialmente la izquierda progresista- que luego de 16 años revolución, algo igual o más radical hubiese pasado.

Pues no. En 16 años de revolución, más allá de alfabetizar al pueblo y darle dádivas de salud, nada ha pasado. La reformación de un estado burgués está lejos de ser una verdadera revolución. En países liberales, donde no se profesan mesías si no democracias de libre mercado, las minorías sexuales y étnicas han sido mejor protegidas que en Venezuela. Derecho al aborto, al matrimonio igualitario, al reconocimiento de minorías trans, todas reformas que se han llevado en lugares como Islandia o Estados Unidos pero que en Venezuela se quedan engavetadas, e incluso utilizados como armas políticas para insultar al adversario.

Pero es que no se puede esperar demasiado de una reforma enarbolada por un caudillo militar de los llanos –ya fallecido–. ¿Cierto?

Para sorpresa de todos, el CNE aceptó la semana pasada la candidatura de la abogada y activista trans Tamara Adrián, pero no como hombre –como el Estado la “reconoce”, por carecer de legislaciones de protección para minorías sexuales- si no como mujer, un hito sin precedentes en la historia política venezolana.

En una historia regida por las bolas, de Páez para abajo (como reflexionó de forma famosa el escritor venezolano Argenis Rodríguez), esto es un proceso sin parangón ni antecedentes nunca antes vislumbrados, puesto que es dato obvio para todo el público venezolano, chavista o no, que la homofobia, y por extensión, la transfobia es política no oficial de estado.

Desde hace años atacar transexuales es “deporte” –lamentable, si- mientras ejercen trabajos de prostitución en diferentes avenidas del país. La falta de protección a esta minoría, de lejos la más vulnerable, atacada y afectada por el grueso de la sociedad, ha hecho la vida de la gente trans una proeza extraordinariamente difícil de llevar a cabo. Sin ningún tipo de protección legal, sin avales en el derecho venezolano que alaben su cambio de género, las personas trans de Venezuela han vivido en penumbra desde los albores de la república.

Pero este reconocimiento a Tamara Adrián como mujer que busca un escaño en el parlamento venezolano no es un paso en una democracia malograda, regida no por un gobierno, sino por un imaginario caudillista y machista: es un acontecimiento gigante.

Michel Foucault le confió en una entreviste a Giles Deleuze en 1972 la siguiente reflexión: “No luchamos para ‘despertar conciencias’, si no para minar el poder, tomar el poder.

Puede sonar demasiado ambicioso en una primera lectura, pero luego de un acontecimiento de esta magnitud, tal vez no todo esté perdido.