• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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Silencio

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El nivel de las tragedias actuales es inmenso. Ya incluso el desastre político desbordó nuestros límites para desangrarse por dos fronteras: la del este, con Guyana, y la del oeste, con Colombia. La izquierda estatista dibuja el caos fronterizo y humanitario como una medida de soberanía económica: una manera –balurda y atrasada– de defender el flujo de capital y evitar que se filtre al paramilitarismo y otros grupos que el gobierno (en su discurso oficial) no desea financiar.

La ONU se ha pronunciado al respecto. La OEA también. Sus discursos sanitarios y estériles son los mismos: Por favor, arreglen sus problemas con diplomacia. Pero es que la diplomacia es hablar. Y hablar es proferir sonidos.

Siendo concordes con la verdad, al Estado le encanta proferir sonidos. Guturales son sus predilectos. ¿El volumen? A gritos, si se puede. Basta con ver a la diputada Ekhout manifestar su opinión en cualquier lugar que disponga de un micrófono. El habla no es un medio para el Estado: es su fin. Gritar –no hablar– para desdibujar su mensaje. La patria, la historia. Todo esto es más grande que nosotros y nada podemos hacer.

Gritar –irónicamente– tal vez para hacerse entender. Las voces, grandilocuentes, militares. Los adjetivos posesivos (nuestra patria, nuestra revolución) para apartar a los demás. El precio de los sonidos proferidos de las bocas de los representantes de los poderes.

Los humanos, al hablar, gesticulan: se mueven. La acción es importante, ciertamente. Pero también hay artes que en su haber han cultivado el congelamiento del tiempo. La pintura y la escultura, en centurias anteriores a la nuestra, y hoy día la fotografía invitan no solo a la reflexión: también al silencio.

El acto de plasmar una escena, una persona, un acontecimiento en un retablo o una fotografía convida también a matar el sonido que acompaña a dicho momento. El acto del pensar necesariamente viene acompañado del silencio. Como en el cine –cuyo nacimiento fue mudo– hay ciertos pasajes y momentos en los cuales es mejor no decir nada. Situaciones cuya mejor música es la ausencia de esta.

Lo que necesita Venezuela es hacer silencio por un momento: olvidar los gritos de sus líderes. Dejar de ver a sus políticos desgarrarse las cuerdas vocales. Olvidarse de las consignas políticas y de los jingles de reguetón. Y como en el cine de Eisenstein –que era mudo– ver el viento pasar por encima de la hierba.

Y pensar.