• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

Política divina

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Dios no es nuevo en la política venezolana. Aunque Simón Bolívar consideró como algo pacato y un ejercicio ocioso incluir la religión en las constituciones –consideraba el llamado padre de la patria el culto religioso como algo personalísimo, y no asunto público– no obstante, su deseo fue violado. 

Ya desde nuestro nacimiento como república venimos nombrando a Dios como nuestro Dios. El Acta de Independencia, firmada en 1811, comienza con el trillado estribillo: “En el nombre de Dios todopoderoso…”. Esta tendencia de meter al Supremo en la política no murió en Occidente –como me hubiese gustado a mí en lo personal, o a Nietzsche, por nombrar a alguien infinitamente más sabio que yo– con la decapitación del rey Luis XVI (el representante de Dios en la tierra) en la Revolución francesa de 1789. Más allá del afán humano de torcer el saber como una deidad y no como mero vehículo del pensamiento, la idea, pese a la violencia con la que se llevó a cabo, estaba bien. ¿Por qué Dios tiene que estar en la política?

Alguna vez escribió Juan Vicente Gómez: “A mí me cuidan Dios y la patria”. El Divino hizo un buen trabajo: Juan Vicente duró 27 años gobernando la patria, al cuidado de Dios. Esto no se acaba con la dictadura, claro. Dios ha favorecido a todos los gobernantes, desde Medina Angarita para arriba. Y al parecer, tiene un gusto denotado por los autoritarismos, nuestro Dios criollo: también Marcos Pérez Jiménez y sus esbirros, luego de declarar ilegales las elecciones de 1952, que perdieron además, afirmaron que el suyo no era un régimen cualquiera: era uno cristiano.

Más allá de nuestras fronteras, Dios ha sabido jugar sus cartas. Empezando por el káiser Guillermo II, que desde el inicio de la Primera Guerra Mundial,  entonó como eslogan el tristemente famoso Gottmituns o “Dios con nosotros” en alemán. Adolf Hitler hizo lo mismo con su partido: en las hebillas de las correa de los SS, estaba inscrito Gottmituns.

Dios no apostó por esos caballos.

Y es que la idea de que Dios esté entre tantos partidos tan dispares, apoyando discursivamente a gente como Marcos Pérez Jiménez o  Rafael Caldera –que no es secreto para nadie su extrema cercanía a la Iglesia católica– es peligrosa en sí. No es una creencia personal, nuestro amigo Dios, es un arma política. Una que, si la usas de modo adecuado, sales invicto. Porque no puedes discutir con ideas divinas. Dios no es una propuesta política. No es una idea sujeta a debate. Por su naturaleza tautológica, Dios es irrebatible y divino. ¿Qué cosa más peligrosa para la política venezolana que semejante argumento?

El invocar a Dios es una pisoteada bien dada al republicanismo laico que –supuestamente– es la base de nuestro país. Pero es que es peor: ya no es invocar a Dios como un comodín político, o una vacuna que inmunice contra toda crítica adversa. Dios es una excusa ahora. Dios sabe lo que hace. El tiempo de Dios es perfecto. O la peor. La que supura de la boca de un presidente cuando no sabe qué hacer, al ver el barril de petróleo derrumbarse, y en consecuencia, a una economía dependiente también. Cuando estos factores se revuelven en las manos de una camarilla de hombres que no saben qué decirle a un país expectante ante sus líderes, no hay nada más fácil que recurrir al argumento divino. El que no se puede rebatir. El que ha llenado urnas, y sumado militancia a tantos partidos políticos, por tanto tiempo. Basta con nombrar al Creador, y nada más.

Dios proveerá. Y todo estará bien.