• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Lecturas de un bachaqueo

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Sin ánimos de entrar en conceptos borgianos de letras y lecturas infinitas –que las hay-, todo venezolano a pie, normal, común, de 99% como dicen los estadounidenses del Occupy Wall Street, tiene que hacer sus colas, que son más eternas (si tal comparativo es posible) que las bibliotecas hexagonales del argentino Jorge Luis.

Ya lo dijo Pessoa: La eternidad es un horror, pero más horrendo es el pensar. Preferimos o tener la mente en blanco, o pelear cuando estamos bachaqueando la leche y el papel higiénico. Pero para aquellas colas de 8 o 10 horas, aquellos ejercicios de paciencia que dejarían al Sísifo de Camus exhausto de tanta jornada repetitiva, les propongo a mis pobres y agobiados compatriotas una actividad que si bien no es pensar en si –no me vaya a pegar un filósofo por esto- es algo parecido:

Leer.

Las colas venezolanas son como un euroboros: circulares, eternas, sin fin. La burocracia, como el castigo de Prometeo encadenado: doloroso, sangriento, y también infinito. ¿Qué podemos hacer con tanto tiempo libre en nuestras manos? Leer un poco pues.

Tal vez un libro como Trópico de capricornio de Henry Miller, cuyo epígrafe dice mucho:

(…)Por eso, como yo también he conocido el consuelo proporcionado por la conversación con alguien que fue testigo de ellas, me propongo ahora escribir sobre los sufrimientos provocados por mis desventuras para quien, aun estando ausente, siempre sabe consolar. Lo hago para que, al comparar tus penas con las mías, descubras que las tuyas no son nada en verdad, o a lo sumo de poca monta, y puedas llegar a soportarlas mejor.

 

Es muy probable que Miller haya tenido que bachaquear harina de algún comerciante ruso durante su estancia en la París de entreguerra, así que podemos estar seguros de que sabía de lo que estaba hablando –no hay peor pena que bachaquear, obviamente-.

O los cantos de Maldoror, cuyo protagonista homónimo, una especie de ángel exterminador, hace comparaciones entre la profundidad del mar y la oscuridad del corazón del hombre. Casi tan oscuro como las 4 AM, aquella hora en que nos ha tocado pararnos para ponernos en fila y ver si llega leche o qué exactamente.

Y claro está, Los Miserables, de Victor Hugo, cuya radiografía de la Francia victoriana es también un retablo del sufrimiento humano, casi tan conmovedor como que te reboten después de ocho horas de cola porque se acabó la pasta y la harina pan.

El filósofo rumano Emil Cioran afirmaba que no leía ficción porque la realidad ya era lo suficientemente insoportable como para enfrascarse en dramas de mentira. Y después de preguntar cuánto costaba una caja de hojillas de afeitar pa’ que me dijeran mil bolívares, puedo decir con resignación, que lo entiendo perfectamente, señor Cioran.